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Los caóticos modales en el transporte público / Piel curtida

Una vez un invidente, muy reconocido en Aguascalientes, tomó como de costumbre el autobús urbano. Varias personas se encontraban de pie debido a que todos los asientos -dispuestos en par- estaban ocupados, con excepción de uno al lado de la ventanilla, cuyo acceso estaba cercado por una mujer de mediana edad. Durante el trayecto sólo pensaba en por qué la susodicha no se recorría e indicaba al discapacitado que tomara asiento -considero que usar el término “con capacidades diferentes” únicamente es un eufemismo que vela una problemática real-, aunque también por qué alguien más no lo hacía… yo, por ejemplo. A pesar de la ceguera, me imagino que total, es una persona independiente, que trabaja y se mueve por la ciudad con no más ayuda que solicitarle a algún transeúnte que le indique cuando pase la ruta de camión esperada y un celular, que según creo le indica el recorrido y el momento de timbrar para solicitar la parada del bus. Ante ese escenario también me cuestioné si cederle el asiento únicamente sería ratificar su discapacidad, el privilegio de mi corporalidad “funcional”. Y es cuando inicié a reflexionar sobre los conflictos cotidianos, tal vez absurdos, pero a fin de cuentas tan arraigados sobre los cuerpos y sus funciones en el transporte público, en la calle.

Se cree que ciertos cuerpos encarnan roles que deben ser cumplidos bajo el supuesto de que obedecen a funciones para asegurar la civilidad entre la población, sin embargo dichas asignaciones son dinámicas, se transforman como la sociedad misma. Las llamadas reglas de caballerosidad nos instruían a ceder el asiento a una mujer, especialmente cuando se trataba de embarazadas y de la tercera edad. Pero los modales se sumergen en conflictos cuando ampliamos la situación con la presencia de varones ancianos, niños, adolescentes, discapacitados. ¿En realidad puede existir un código de comportamiento, considerando que debemos convivir y ser conscientes de las necesidades del otro?

Hace unos días observé un video donde una joven es agredida con insultos y golpes por mujeres de mayor edad debido a que no cedía su asiento a otra que cargaba a un menor, el cual parecía poder ponerse de pie por sí mismo. En el transcurso de la escena, las mujeres rodean a la chica hasta obligarla a pararse, mientras los hombres sólo se muestran como espectadores pasivos. El mensaje parece ser claro, las mujeres que cargan un infante tienen una posición prioritaria en la lucha por el asiento en el transporte público, e incluso entre bromas algunas veces se ha llegado a especular si las mujeres, reconociendo este “estatus”, deliberadamente toman en brazos a sus hijos, hasta de 5 años, para únicamente sentarte… dejando incluso a la cría de pie tras la hazaña.

Si lo anterior parece tendencioso, permítame matizar un poco. En otro momento, un hombre subió al -camión- urbano con un bebé en brazos y una pañalera colgando de su hombro. Las mujeres, podríamos apuntar, jóvenes, hicieron ojos ciegos a la escena, mientras los hombres se mostraban impávidos, total: los varones son fuertes y ellas débiles. Y es que en ocasiones la caballerosidad, así como algunos “privilegios” de la feminidad sólo reproducen un sexismo oculto que en ciertas circunstancias parece revestirse de comodidad.

Cierto es que el transporte público, en muchas ciudades de México, es la continuación del martirio laboral de la clase trabajadora, ya sea para llegar a sus actividades laborales o regresar a casa, y el respiro por medio metro cuadrado de descanso vale la pena alguna que otra lucha, algunas miradas acusadoras u olvidar por un momento al otro.

La cultura trastoca los puntos más pequeños e impensables de nuestra vida, por lo que también la “civilidad” y su variantes. Por ejemplo, en el transporte público de Suiza existen asientos destinados a personas -sin consideración del sexo o género- de la tercera edad, con bebés, discapacitadas, y curiosamente, de acuerdo a la señalética, al parecer a monjes o ministros de culto. De alguna u otra forma, dichos espacios son un llamado a la convivencia, a la empatía con el otro, por lo que no es un tema banal, sino un microelemento por el cual se puede desarrollar la concordia entre los ciudadanos. Pero, ¿es posible delimitar una escala de cuerpos que requieren trato especial?

Olvidando la nociva diferencia entre hombres y mujeres considerando su nivel de “debilidad”, se podrían priorizar los espacios para personas con discapacidades, ya sean físicas, mentales -aunque esto sea muy relativo- o por edad, ya que la pérdida de fuerza motriz minimiza la capacidad de enfrentar al mundo diseñado para cuerpos “enteros”; seguido de mujeres embarazadas y personas que llevan bebés, los cuales no pueden ponerse de pie y requieren mayor protección. Esto sólo al pensar que el transporte público ofrezca el acceso a todo este tipo de corporalidad, pues en la mayoría de las entidades mexicanas tomar el autobús, la combi o el micro en una silla de ruedas es imposible. Sin embargo aún queda la cuestión, si es que se hace presente en nuestra mente, sobre cómo evitar la reproducción de discursos de victimización. Retomando el párrafo inicial: dar un trato diferencial a una persona, asumiendo su condición o circunstancia vulnerable, inferior, ¿es un acto de empatía o sólo es negar la posibilidad de independencia?

Reflexionar parece sólo meternos en problemas, pues hace aún más compleja la realidad, pero la respuesta más sencilla es el diálogo, el acuerdo. En aquella ocasión lo correcto hubiese sido levantarme, indicarle al joven invidente que podría tomar mi asiento, si no es que otra persona fatigada aprovechaba el movimiento para sentarse y terminar con ambos de pie. En realidad ¿es posible ponernos de acuerdo?, ¿ser empáticos?, y si la respuesta es negativa, ¿cómo exigir un transporte público de mayor calidad sin poner de nuestra parte? ¿Qué ocurre cuando damos por hecho una idea… las reglas de etiqueta?

 

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Juan Luis Montoya Acevez

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