Esfera Pública

Otros partidos y otros ciudadanos

Dice la teoría política que uno de los principales logros de una democracia asentada y consolidada es la conformación y existencia de partidos que dan cauce a la expresión y demandas ciudadanas. También sabemos que no hay democracias sin ciudadanos. En el caso mexicano, no exageran quienes caracterizan al régimen como un autoritarismo sui generis o como un semiautoritarismo neoliberal que se replica a nivel local por todo el país (Lorenzo Meyer lo llama democracia autoritaria, por ejemplo). En este orden de ideas, la ciudadanía es en plena correspondencia, una de baja intensidad, dadas sus evidentes carencias y limitaciones de participación política. Círculo vicioso o cuento de nunca acabar, según se prefiera.

Lo cierto es que en 2016 parece claro que el modelo de régimen bajo el que supuestamente México transitaría por fin hacia una democracia plena, está más que agotado y que los partidos políticos que lo han usado y abusado impunemente en perjuicio de la nación entera, también lo están. El verdadero problema es que el retorno al pasado autoritario no es ya posible por muchas y buenas razones. Entre las principales, que la sociedad mexicana ya no es la que gustosamente aceptó al partido único de estado al final de la Revolución Mexicana a cambio del fin de la guerra civil, de una relativa seguridad, estabilidad y algún crecimiento económico.

Es evidente el menos que mediocre papel de los partidos en la deriva democrática del país, como Fernando Aguilera nos da buena cuenta en su texto, narrándonos los pormenores y vergüenzas de casi todos los colores del arco político, donde Aguascalientes no es ni mucho menos la excepción. El cuadro descrito lo podemos completar con un partido conocido como el de las cuatro mentiras, que en realidad es una organización familiar cuasi mafiosa autodenominada “verde”, actuando como “segunda marca” del tricolor donde y cuando se requiera; al igual que el partido “turquesa” hoy descabezado y en la orfandad política, fiel a querer y no a los tricolores propósitos que antes auspiciaron su fundación y efímero liderazgo. Quiere pintar y contar el partido llamado ahora Movimiento Ciudadano, antes Convergencia, que a veces pareciera el depósito o Cajón donde los demás partidos envían sus descartes.

Pero aun con todo, teoría e historia política parecen demostrar que los partidos son indispensables para transitar hacia cualquier cambio de régimen. Así por ejemplo, la aparición de las candidaturas llamadas “independientes” se explica desde el verdadero hartazgo popular contra los partidos, la política y los políticos. Pero los independientes no necesariamente garantizarán una mejor calidad democrática ni mejores gobiernos, como estamos viendo ya en el caso de Nuevo León.

Así las cosas, los partidos que ayer fueron vistos como parte de la solución en las sucesivas reformas políticas, hoy son percibidas por amplios sectores ciudadanos como parte esencial del problema. Allí está el evidente caso del PAN, “oposición leal” y casi testimonial durante muchas décadas, al que cuando la apertura política le permitió competir y luego gobernar; pactó sin ningún reparo su arribo al poder con lo peor del autoritarismo de tres colores, encabezando luego gobiernos regresivos y casi siempre desastrosos, que lo acercan mucho más a la praxis cotidiana de los otros partidos, de los cuales apenas se distingue hoy. Y del PRD se puede decir siendo amables casi lo mismo.

De modo que no es casualidad que los partidos sean vistos como el verdadero obstáculo para una transición genuina a la democracia. Y no faltan buenas razones en muchos casos. Buscando soluciones a este mal, se piensa en la “sociedad civil” como fuente de respuestas para todos nuestros agobios sociales. Aunque ya de suyo es un problema discernir lo que cada cual piensa cuando dice “sociedad civil” o “candidatos independientes”. Así que dejando este asunto de lado por el momento, pensemos en otras experiencias en el escenario internacional, que acreditan la utilidad de encauzar a través de otros partidos la legitimidad de las demandas y los movimientos sociales. Claro que no son recetas infalibles, sino experiencias importantes a considerar por la sociedad mexicana.

Así las cosas, creo que no existe en realidad oposición o dicotomía entre partidos y ciudadanos, porque de los partidos no se cuestiona su función social en un régimen que se pretenda democrático, sino el uso que de ellos hacen quienes se posesionan literalmente de ellos. La debacle de los partidos y del régimen en su conjunto no está en las legítimas razones de su existencia, sino en el uso espurio que de ellos se hace y en el lastre de lo que ahora representan para la urgente democratización de la vida social del país. Tal vez parte de las respuestas buscadas resida en la convergencia de diversos sectores sociales hasta convertirse en uno o varios movimientos o fuerzas políticas amplias articuladas bajo un programa político en común, que puedan competir y ganar elecciones a los partidos políticos.

A los movimientos sociales que han ingresado a la arena electoral en todas partes del mundo, se les reprocha desde la sociedad civil que tarde o temprano se acaban pareciendo y volviendo como los partidos, pero convengamos en que no puede ser de otro modo si lo que se persigue es una representación política legítima que incida en la reforma del sistema y en un cambio institucional pacífico.

Se supone que una democracia efectiva se traduce en el poder del pueblo, y que el poder se opone casi siempre al valor. ¿Qué tipo de poder que sea valioso se puede realizar entonces desde y en esta democracia que tenemos, neoliberal y autoritaria?

En síntesis: la trastabillante democracia mexicana necesita partidos, pero no cualquier partido ni necesariamente los que tiene. Si los ciudadanos necesitamos otros partidos, porque los que hay no nos sirven ni nos representan, habrá que empezar a construirlos.

@efpasillas


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Enrique F. Pasillas

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