Cultura

Nada ejemplifica más las tragedias que impone el capitalismo que la migración

  • Entrevista a Emiliano Monge acerca de Las tierras arrasadas
  • Para lograr que funcione la ficción tiene que renunciar, tiene que oponerse a cosas que la realidad no permite

 

El drama que los migrantes viven para atravesar nuestro país en su búsqueda de llegar al llamado “sueño americano” ha sido tratado, retratado y rescatado desde diferentes ángulos literarios en los últimos años desde crónica, novela o poesía. Diferentes artistas y escritores se han acercado al profundo pozo de este camino realizado por miles de personas todos los años, que se ha convertido en lo más cercano al camino al infierno, como nos refiere el escritor mexicano Emiliano Monge al conversar sobre su más reciente novela Las tierras arrasadas (Literatura Random House, 2015), novela que inicia con el secuestro de un grupo de migrantes por parte del grupo de polleros encabezado por Epitafio y Estela.

Una novela intensa, definida como una road novel que va llevando al lector por los oscuros designios de este grupo de secuestradores, seres heridos, llenos de rencores y odios, que han convertido su forma de vida en un constante aplastar y aprovecharse del otro, de ese otro venido del sur que no tiene apoyos o amigos, y que su único deseo, su única esperanza, es cruzar lo más sano y salvo posible este país de carreteras oscuras, de caminos dominados por las mafias, por los hombres armados, que han perdido la humanidad hace mucho tiempo.

Novela que nos muestra con increíble fidelidad el horror que estas miles de personas, los “sin voz”, “los sin nombre”, “los sin dios”, como los van definiendo el narrador, sufren para intentar cruzar al otro lado, a ese lugar que se les ofrece como el punto final para este periplo lleno de vejámenes, de violencia, de tortura, en la que muchos de ellos se pierden.

“Creo que una de las funciones que tiene la literatura en circunstancias como la que estamos viviendo, es sacar a la luz temas y situaciones que tanto las sociedades como los gobierno tratan de mantener oculto y el tema de la migración siempre me interesó, me parece que es el tema angular que demuestra todas las contradicciones del capitalismo, no hay nada que ejemplifique más las tragedias que impone el capitalismo a la gente que el tema de la migración, por la violencia y el desarraigo con que lo impone, no existe una sola frontera entre el primer y el tercer mundo que no tenga un problema de migración. El Mediterráneo es una tumba, es un tema que me ha interesado y que no había tenido oportunidad de trabajar, así que cuando terminé de trabajar mi novela anterior, El cielo árido, que habla sobre los procesos de violencia en México durante el siglo XX, quería volver a hablar de la violencia, pero actual y fue ahí en donde vi que podría tomar el tema de la migración, que es el que más me impacta, más me duele, e intenté en un principio que se tratará de una obra de teatro que contaba la historia de unos migrantes y sus captores, pero después de un rato de estarla trabajando, me di cuenta de que no cabía en una obra lo que yo quería hacer, que en realidad lo que yo necesitaba hacer era una novela, pero ese antecedente de obra explica mucho de lo que términos de la novela, pues es la primera vez que trabajo con tanta realidad, con tantos diálogos, que son herencia de la fallida obra que intente hacer.” Nos comentó en entrevista el autor de los libros de relatos Arrastrar esa sombra (2008), finalista del Premio Antonin Artaud, y de las novelas Morirse de memoria y El cielo árido (2012), ganadora del XXVIII Premio Jaén de Novela y del V Premio Otras Voces, Otros Ámbitos, sobre su más reciente novela.

Javier Moro Hernández (JMH): Los escenarios en los que transcurre la novela son un elemento esencial para entender el viaje de los secuestrados y de sus captores, escenarios comprimidos que nos hablan de un viaje sin retorno.

Emiliano Monge (EM): Para lograr que funcione la ficción tiene que renunciar, tiene que oponerse a cosas que la realidad no permite, me interesaba concentrar diferentes geografías del camino que siguen los migrantes, es por eso que se siente mucho más concentrado, mucho más apretado, hay selva, hay desierto, hay bosque, es también una metáfora de lo largo del camino, pero también tiene que ver con que creo que la violencia es un escenario, no es un personaje, no es una forma de relación, es un escenario en el que están atrapados los personajes, es un lugar en el que suceden formas de relación, y que ese escenario de violencia puede ser mucho más de lo que pensamos.

JMH: La oralidad de tus personajes es un elemento que permite la acción, es un detonador y un enlace entre las diferentes acciones que están sucediendo simultáneamente en la novela, nos enlazan con lo que están haciendo los jefes de los secuestradores, Estela y Epitafio, dándole un ritmo muy interesante a la misma novela.

EM: La oralidad permite cambiar de escenarios, y en una novela con escenarios que están cambiando todo el tiempo, el hecho de que las voces estén tan presentes, te permiten cambiar la estructura, yo cambiaba de escenarios o de circunstancias así porque, a pesar de que es una historia muy potente y muy clara, muy terminada como historia, tampoco me había enfrentado a esto anteriormente, siempre me preocupaba más la forma, y ahora intenté empatar la forma con el fondo, a pesar de que la historia es muy poderosa, yo quería que la historia no fuera solo ella, quería encontrar una forma de contarla, siempre me ha parecido que lo más importante de contar una historia es precisamente el cómo lo cuentas, y en ese sentido, también es la primera vez que decido contar una historia lineal, son veinticuatro horas en la que vas acompañando a los personajes, me interesaba mucho que hubiera una forma de romper la arquitectura de la novela, y si no iba a ser de una manera lineal, hacerlo a través de los escenarios, entonces aquí no cambias la temporalidad, no vas de atrás para adelante, como había hecho regularmente, pero vas de una historia a otra que están transcurriendo simultáneamente, eso lo permite porque los personajes irrumpen con mucha facilidad a través de su oralidad, y eso me permite que en ese lapso de veinticuatro horas que dura la novela de repente acompañamos una hora el camino de Epitafio y en otra hora estamos acompañando a Estela o a los chicos de la selva, y eso se va entrelazando estas líneas que van conduciendo la novela, para romper así la linealidad.

JMH: La oralidad también la encontramos en las historias que los migrantes nos van contando entre las otras tres historias que nos van relatando Epitafio, Estela y los chicos de la selva.

EM: Los migrantes funcionan literalmente como los coros y eso es una herencia directa de la obra de teatro, porque cuando yo empecé a escribirla, pensé que la única manera de escribir la obra de teatro sobre este tema, que como te decía trágico, me parece el holocausto moderno, era hacerla con la estructura de la tragedia clásica, con todo y sus coros, lo primero que pierde un migrante es su identidad, lo segundo que pierden es la voz. Ningún migrante, salvo los que se vuelven personajes porque alcanzaron a llegar al otro lado, mantienen la individualidad, entonces yo quería que estas pérdidas estuvieran representando de esta manera, no quería individualizarlos, no quería que todos tuvieran una voz individual, quería tener una voz que los conjuntara en una sola voz, y así funcionaba perfecto el coro, como la pérdida de identidad. Después me di cuenta que eso también funcionaba como la posibilidad de recuperar la identidad de esos migrantes, entonces las voces que aparecen como las voces del coro son testimonios textuales de miles de migrantes que han pasado por México que recuperé de distintas investigaciones retomadas. Eso, además, se contrapuntea muy bien con las voces de los personajes ficcionales que son completamente opuestos a los migrantes.

JMH: Los nombres con los que vas definiendo a los migrantes secuestrados por Epitafio y Estela, nos hablan precisamente de esas pérdidas de las que hablas.

EM: Tiene que ver con todo lo que van perdiendo. Por ejemplo, el primer nombre que se les da en la novela es los “sin voz”, que es lo primero que pierden, después se les llama “los sin dios” porque se va perdiendo la esperanza, es decir se van sucediendo las pérdidas, “los sin”, que al final de la novela ves cómo van perdiendo todo, y los nombres de los secuestradores tiene que ver hacia donde se van metiendo los migrantes, porque al final el viaje de los migrantes es el viaje más parecido a los infiernos, donde no queda más que la sepultura, por eso todos los nombres de los secuestradores o de la gente que tiene que ver con ellos son nombres que tienen que ver con lo sepulcral: Osamenta, Osaria, Epitafio, Cementeria, el padre Nicho, Estela misma.

JMH: El centro de la novela es una historia de amor entre Epitafio y Estela, o la imposibilidad de este amor, pero a estos enamorados no le importa nada lo que están haciendo con los migrantes, es decir, la falta de moralidad de estos personajes asusta, porque es algo que vemos todos los días, la falta de preocupación o de simpatía hacia el otro es brutal, alarmante.

EM: En el caso de estos personajes es su manera de sobrevivir, tienen que romper con el horror para poder sobrevivir, en esos escenarios de violencia de los que hablamos la violencia es el escenario y pueden existir miles de historias, de amor, de fraternidad, de odio y quería trabajar una historia de amor en medio del horror, evidentemente una historia de amor muy marcado por el horror, porque de algún modo el amor que sienten Epitafio y Estela es un amor marcado por la violencia, es una consecuencia de la misma violencia, o por lo menos de las consecuencia de la que los escenarios de la violencia infringen en las personas, porque Epitafio y Estela son dos personajes cuya mayor miedo es a mostrarse vulnerables, por eso son tan cabrones, por eso no muestran sentimientos o remordimientos a lo que están haciendo, eso demostraría que son vulnerables, pero al mismo tiempo en su relación de amor no se dejan ir por completo porque no se quieren mostrar vulnerable ante el otro, si uno lo piensa todos sus miedos están marcados por mostrarse vulnerables ante el otro y ante ellos mismos, aquello en que sus sentimientos de amor los puedan convertir, es decir, tienen la solución a la mano pero a la larga no se van a sentir bien ante lo que están haciendo, cómo se están mostrando ante los otros, reconocerse vulnerables, y es lo que pasa con los chicos de la selva, que son jóvenes obligados a ser adultos, uno de ellos, el mayor, está arrastrando a su hermano menor a un mundo que sabe que lo va a destruir, pero al mismo tiempo trata de salvarlo, trata de salvarlo de ciertos aspectos que son peores, de ciertos actos que lo convertirán en peor persona, entonces es lo mismo, es el miedo a perder la inocencia y al miedo a la vulnerabilidad. La incapacidad a comunicarse no responde más que al miedo a comunicarse, porque ese acto de comunicación sería abrir puertas que no son capaces de abrir o que no quieren abrir.

JMH: En este horror en el que habitamos se nos olvida que estos seres, estos hombres y mujeres que ocupan los lugares de los verdugos también son seres humanos, también tienen historias detrás de ellos que los ubican al final dentro de estos escenarios macabros.

EM: Una de las reglas que me puse es que la novela no tuviera ni un juicio de valor, fue una regla a la que mantuve en todo momento, porque los juicios de valor desaparecen los tenues y los grises de las historias, esta es una historia que tenía que habitar los grises. La inmensa mayoría de las personas se niegan a ver la tragedia de los migrantes, pero también entre aquellos que han decidido verla hay una tendencia, que me parece muy patética, de creer que todos los migrantes son buenos, eso es muy naive, porque dentro de los migrantes hay todo tipo de personas, hay gente que se pliegan del lado de los secuestradores, que se reconvierten muy rápidamente, pero es un asunto de mera sobrevivencia que es muy difícil de enjuiciarlos y ahí también hay grises, porque el camino del migrante está lleno de esos claroscuros.

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Javier Moro Hernández

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