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Señora corrida en Aguascalientes / Análisis de lo cotidiano

La madre de un amigo tenía una divertida costumbre. Leía los encabezados de las notas del diario y sin terminar de leer el texto comenzaba a hacer comentarios y reflexiones. Claro que con frecuencia externaba opiniones que no venían al caso del asunto que se trataba en el escrito. En cierta ocasión, leyó el encabezado “Señora corrida en Aguascalientes” y de inmediato comenzó a hacer sus conjeturas : “pobre mujer pues qué habrá hecho para que la corran de la ciudad”, “yo creo que aunque haya hecho algo muy malo, pues no tienen derecho a correrla de su casa, menos de la ciudad”, “digo yo pues ni que fueran dueños de toda la ciudad”, y así sucesivamente. El esposo y los hijos después de reírse un buen rato, le hicieron la aclaración de que la nota se refería a una gran corrida de toros que había ocurrido el día anterior. Solo que en la realidad el tema no resulta tan divertido. En ciertos grupos sociales de nuestro estado (seguramente también en todo el país, pero hablemos de nosotros) sobre todo en los sectores de nivel socioeconómico medio bajo y bajo, existe la costumbre de que el hombre de la casa “corre” a la mujer y a los hijos. No importa el tamaño de la falta, ni las justificaciones, si al señor no le gustó la comida por su calidad o cantidad, le dice a la pareja “te me largas”, si el hijo llega tarde de la escuela, si la chica adolescente tiene novio, o si no hacen nada, pero el hombre llegó borracho, también esa es una buena razón para “te me largas”. Por razones antropológicas de rancia estirpe, lo que hacen la mujer y los hijos es que efectivamente salen corridos de la casa y van a refugiarse con vecinos o familiares. Una variedad del caso es cuando los muchachos púberes o adolescentes son recriminados por su conducta, falta de amor al estudio, incumplimiento de alguna tarea, son insultados o golpeados por el padre, y entonces se sienten corridos y ellos solos toman la puerta. En la gran mayoría de los casos, los corridos vuelven. Unos días o semanas después todos vuelven, ya sea porque simplemente regresan o porque el expulsador les pide que vuelvan. La conducta se vuelve entonces un juego perverso. Desde el momento en que el hecho de correr al otro es un acto impulsivo, obnubilado por el alcohol o las drogas, entonces no es una acción correctiva, ni justiciera, ni siquiera malévola, ya que días después todo olvidado. El expulsado regresa y sigue la vida como antes. Fíjese muy bien que no digo que sigue la fiesta en paz, sino que sigue igual que antes con violencia, malos tratos, recriminaciones, falta de amor y en el momento menos pensado otra corrida. La expresión “te me largas” siempre está en la punta de la lengua lista para ser usada a la menor provocación. Claro que hay casos más graves, si la hija resulta embarazada o la esposa es descubierta en infidelidad, el corrimiento suele ser definitivo. Desde luego no es lo mismo con los caballeros. Si el embarazador es el hijo, la novia preñada sí puede entrar a la casa y es recibida como un miembro más de la familia. Si el infiel es el señor de la casa, lo más probable es que no pase nada. Ya sé que a estas alturas de la lectura, algunas personas estarán pensando que las cosas ya no son así. Estamos en la segunda década del siglo XXI y tenemos leyes. Lamento decirles que la realidad supera cualquier legislación, ya no digamos ficción. No existe un instrumento legal que de una manera definitiva termine con las “Señoras corridas en Aguascalientes”. Con la honrosa excepción de Mujer Contemporánea.

 

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Héctor Grijalva

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