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Sobre Dialéctica del naufragio de Guillermo Hurtado / El peso de las razones

Imagina por un minuto que estás frente a un pelotón de fusilamiento. En unos segundos las balas horadarán tu cuerpo y perderás la vida. Bajas la vista y ves que uno de tus zapatos está desatado. Te inclinas y abrochas sus agujetas. Acto seguido, el pelotón dispara y mueres. Imagina ahora que vas a bordo de un barco que está a punto de hundirse. Todas las cámaras están ya inundadas, así como buena parte del comedor principal, que es donde te encuentras. Tomas un pequeño vaso y empiezas a sacar agua por la ventana. Unos minutos después, el barco se hunde en el vasto océano. ¿Acaso no atar tus agujetas o sacar agua con un vaso, en estas situaciones, podrían considerarse acciones absurdas? Ahora piensa en cada elección de tu vida, desde la más nimia hasta la más trascendente: elegir un platillo del menú en un restaurante, elegir una película de la cartelera, elegir una profesión, elegir una pareja… Y aleja un poco el objetivo: no veas cada una de estas elecciones en el marco de la acción que le sigue y su consecuente satisfacción, obsérvalas en el marco completo de tu vida. Vamos a morir, nada dura. Si esto es así: ¿acaso no cada una de nuestras elecciones y acciones podrían ser consideradas absurdas? ¿Acaso no la vida misma parece carecer de sentido? ¿Acaso no somos náufragos en la isla terrible de la existencia?

Con estos problemas en mente, Guillermo Hurtado inicia el primer ensayo de su nuevo libro Dialéctica del naufragio: “Todo lo que hacemos es inútil porque tarde o temprano se convierte en polvo. Buscar el sentido de la vida sería buscar una razón para vivir que no se vea afectada por el hecho ineludible de que no hay cosa que dure. Todos los actos de nuestra vida pueden parecer absurdos, dado que el entusiasmo y la esperanza que nos impulsan son traicionados no sólo por la fugacidad y la futilidad, sino también por la simple miseria de la existencia”. Hurtado acomete el análisis crítico de cada uno de los argumentos que se han ofrecido en favor de esta conclusión aterradora, quizá esperando encontrar alguna falla en alguno de sus rincones. No obstante, aunque puede parecer que la pregunta por el sentido de la vida humana no puede abordarse con la generalidad deseada, alguien podría decir con sentido que “no hay un suceso en nuestras vidas que no sea absurdo”. “Todo pierde sentido cuando se observa desde la distancia, todo parece terroríficamente contingente”. Ningún argumento demuestra que la pregunta por el sentido de la vida sea ociosa o no significativa. Así, Hurtado se embarca en una tarea analítica: hacer distinciones y quitar la niebla de algunos de nuestros conceptos: cabe distinguir al menos dos sentidos de la vida, uno personal y uno trascendental; cabe distinguir entre el sentido y el valor de la vida, y también entre un valor personal y uno trascendental; y cabe distinguir también entre el sentido y el misterio de la vida. Hurtado huye de las conclusiones fáciles y edificantes: “Estoy convencido de que no hay un criterio objetivo que nos diga cuándo una vida vale la pena vivirse y cuándo no”, “quizá sea un error juzgar el valor de mi vida desde la perspectiva de la tercera persona”, “el valor que demos a nuestras vidas es lo único que debe importarnos”. Quizá, en última instancia, sea la indefinición de nuestra sentencia de muerte lo que permita que nuestras acciones no sean (tan) absurdas y nuestra vida no carezca a su vez (por completo) de sentido.

Cinco ensayos adicionales complementan Dialéctica del naufragio. Los dos siguientes abordan aspectos de las prácticas religiosas y la manera en que un ateo o un agnóstico se relacionan con la religión. En el segundo, Hurtado realiza una interesante crítica a la interpretación wittgensteiniana de la religión, en la cual la verdad de las creencias religiosas parece no jugar ningún papel. Para Hurtado, por el contrario: “La búsqueda de la verdad es tan profunda como la búsqueda del sentido y está íntimamente ligada a ella. Por ello, eliminar por completo el carácter veritativo de la religión tiene como efecto socavar su valor vivencial”. En el tercer ensayo, Hurtado se arriesga a la narración autobiográfica, porque “la filosofía también se puede escribir en primera persona”. En él, nos relata el paso de su ateísmo inicial -”la tranquila certidumbre de que Dios no existía”- a un agnosticismo en el que se presentan “efervescencia de juicios y emociones”: “Un estado de sospecha y trasiego”.

Los tres ensayos restantes se inscriben en la corriente del postsecularismo, en la cual se buscan recuperar algunos de los valores de la tradición judeocristiana desde las estructuras del laicismo. En el primer ensayo de esta sección, Hurtado busca iluminar algunos aspectos del diálogo entre creyentes y no creyentes, y muestra que es posible que estos se embarquen en un diálogo aventurero para abordar tanto los grandes problemas del mundo contemporáneo, como las grandes preguntas sobre la condición humana. En penúltimo ensayo del libro, Hurtado busca rehabilitar de virtud de la esperanza sin dar por supuesta una dimensión trascendente. Y es que es importante -quizá inaplazable- “reparar el significado erosionado de las palabras clave de nuestra civilización”. En el último ensayo del libro, y uno de los más interesantes, Hurtado se muestra como un demócrata convencido de los ideales de la democracia: los cuales fungen como una plataforma para el diálogo y los cuales quedan fuera del debate democrático. A su vez, nos muestra cómo las virtudes de la fe, la esperanza y la caridad pueden revitalizar a la propia democracia.

Quizá la mayor virtud de Dialéctica del naufragio sea la seriedad con la que aborda temas y problemáticas que en nuestro mundo incitan a la ironía burda y al humor edulcorado: “Se ha vuelto difícil hablar sobre Dios, el sentido de la vida, o la crisis de la civilización sin adoptar un tono irónico, indiferente. En este libro nado contra la corriente: hablo en serio y con apremio”.  

Guillermo Hurtado es hoy uno de nuestros grandes intelectuales. Un filósofo serio que, aunque alejado de la jerga técnica de buena parte de su gremio, no se aleja nunca de la claridad analítica; que, aunque siempre atento a las preguntas importantes y profundas, no sucumbe a la fácil y abigarrada retórica de los oscuros. Leer Dialéctica del naufragio es sin duda alguna un deleite.

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Mario Gensollen

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