Opinión

“Brexit” o fuera es fuera, pero no tanto

 

Es normal que en una democracia estable y consolidada que se precia de su larga tradición como la británica, se pregunte directamente al pueblo lo que desea hacer, sea o no en clave populista (y nótese que en este caso hablamos de un gobierno conservador) o venga o no al caso. La excepción a la consulta más bien reside en otras culturas o subculturas políticas que se dicen “democráticas”, aunque en realidad sus prácticas distan mucho de serlo; donde a los ciudadanos raramente o nunca el gobierno nos pregunta o nos consulta nada, y mucho menos sus decisiones políticas o económicas más importantes. Faltaría más. Y así fue como nadie nos preguntó, por ejemplo, si deseábamos o no reformas al régimen de pensiones, al de seguridad social o laboral; o bien las llamadas “reformas estructurales”: como la “educativa” y la “energética”, solo por citar los ejemplos más evidentes.

Con qué legitimidad los gobiernos en turno cambian las decisiones políticas fundamentales de una nación sin siquiera consultarle, es muy cuestionable y materia de discusión pendiente, pero allá en los confines de Europa el gobierno del otrora poderoso imperio británico consultó a su pueblo de manera vinculante, es decir, obligatoria –y no es la primera vez- sobre la permanencia o salida de Gran Bretaña de la Unión Europea, en la consulta conocida como Brexit”.

Históricamente, los británicos ven con recelo a la Unión Europea por muchas razones, algunas fundadas y otras no tanto, como demuestran diferentes encuestas; pero tienen razón cuando acusan a las instituciones europeas de mucha burocracia y poca democracia, por ejemplo. También se quejan de que la pertenencia a la Unión Europea deprime su mercado de trabajo y contrae los salarios por la llegada masiva de inmigrantes europeos, no obstante que según los tratados europeos, los ciudadanos de otros países comunitarios tienen derecho a la libre circulación y establecimiento. La opinión de los británicos se basa en apreciaciones falsas en este sentido, porque está ya demostrado que los migrantes que en mayor cantidad llegan al Reino Unido son los de terceros países, los llamados extracomunitarios, y no los provenientes de los casi 30 países de la Unión Europea. Pero salir de la UE, sí deja en cambio a todos los británicos sin el derecho a trabajar o residir libremente en cualquiera de los 27 países de la Unión Europea.

Es así que la insensata convocatoria de un gobierno irresponsable llevó a los británicos, arrastrados por sus temores y fobias racionales e irracionales, a decidir con más víscera que razones por la salida de la Unión Europea. Y no cabe duda que la salida británica sin duda constituye un duro golpe al proyecto de integración europeo, aunque de ningún modo es una tragedia ni el principio del fin de la Unión Europea.

Reseñan muy bien algunos expertos en temas europeos desde hace años, que el Reino Unido, potencia insular extravagante, extraña y renuente a los usos y costumbres de la Europa continental, nunca ha sido en realidad un entusiasta europeísta ni un ardiente defensor del proyecto de integración o de la Unión Europea, sino que había entrado en ella por ciertos intereses muy concretos y a regañadientes; tendiendo casi siempre a hacerle el juego en el gran tablero geopolítico a su especial socio trasatlántico, Estados Unidos; fungiendo muchas veces como “esquirol” de ese país en las instituciones europeas. Por ejemplo, ya en 1973, el gobierno había preguntado a su pueblo en un referéndum si deseaba entrar o no en la Unión Europea. El resultado fue la integración, también por cierto, por estrecho margen, como ahora.

Así, el vértigo de la actual respuesta del pueblo británico a la pregunta “remain” or “leave” y el triunfo del “leave” por reducido margen, se resume en una sencilla pregunta: ¿y ahora, qué? seguramente la UE se verá obligada a improvisar sobre la marcha, y pronto habrá reuniones de emergencia que protagonizarán los presidentes de las instituciones europeas: La Comisión Europea, El Consejo, El Parlamento, y La Presidencia rotatoria o “pro tempore” de la UE. Habrá que estar muy atentos al tono, a los gestos y a cada palabra. “La reacción no será ofensiva hacia Reino Unido, sino defensiva hacia nuestro propio proyecto, en nuestro favor”, auguraba recientemente un destacado miembro del llamado “eurogrupo”.

¿Y ahora, qué? Por partes. Hasta que el Gobierno británico no informe de forma oficial a Bruselas su deseo formal de abandonar el eurogrupo, no ocurrirá absolutamente nada. De hecho, puede que la comunicación tarde días o incluso semanas o meses en función del manejo y previsible caos político que se origine en El Reino Unido con la ya anunciada dimisión inmediata del primer ministro David Cameron, quien al parecer y como dice un conocido señor de apellido González: quiso quemar la casa para conservar los muebles y ahora se quedó sin casa y sin muebles. Esa es la diferencia entre la política y los políticos de esos regímenes y los de otras latitudes: cuando se equivocan, asumen su responsabilidad y dimiten. Nadie espera nada menos.

Luego, empezará la salida real. Según el artículo 50 del Tratado de la Unión Europea, se abrirá un periodo de negociación que durará dos años y que puede ser prorrogable en principio durante otros dos. Y esto es solo para salir, porque luego queda lo complicado: negociar la nueva relación jurídica entre Reino Unido y la UE, que en un futuro podría bien asemejarse a la que tiene Noruega, que sin ser miembro pleno de la UE, participa de muchas instituciones europeas. La negociación podría prolongarse incluso una década. Durante todo este tiempo, nada cambiaría. Reino Unido sería miembro de pleno derecho, con sus poderes de voto y su capacidad ejecutiva en el club.

Así, en realidad el llamado Brexit es un mar de incógnitas. Por ejemplo: ¿qué actitud adoptará la UE ante Londres? Existen dos corrientes. La primera, sostenida por Francia y líderes como Juncker, habla de ser muy duros por varios motivos. Uno, para dar un escarmiento a los británicos por su rechazo al club. Y dos, para marcar el terreno a futuros movimientos euroescépticos. “Los desertores no serán recibidos con los brazos abiertos”, ha zanjado Juncker. “Fuera es fuera”, incidió.

Pero sin embargo, nadie espere una declaración de guerra contra Londres. Al final, el pragmatismo se impondrá. Aunque países como Francia, España o Italia aboguen por seguir ahondando en el gran principio fundacional europeo, llamado “an ever closer union” (una unión cada vez más estrecha), no habrá grandes mensajes políticos. “En el actual clima, no habrá pasos adelante históricos y dramáticos, aunque seguiremos hacia adelante”, barruntó el presidente del eurogrupo, Jeroen Dijsselbloem. “Es mejor dejar a un lado las utopías”, advirtió por su parte Donald Tusk, presidente del Consejo.

Respecto a la nueva relación del Reino Unido con la UE, existen varios escenarios posibles y ninguno parece favorable a los británicos, que como todos sabemos, ya no son lo que fueron. Así lo detalla un informe publicado por el Centre for European Reform. Los partidarios del Brexit quieren aprovecharse de los grandes beneficios del mercado común de la UE (mercado de 500 millones de consumidores), pero a su modo, sin aportar dinero a Bruselas ni someterse a sus reglas. La UE, sin embargo, no lo permitirá. Una salida “por la mala” supondría tratar al Reino Unido como un país tercero ajeno con la inmediata implantación de aranceles (y la mitad de sus exportaciones son a Europa).

Otra de las opciones es que se convierta, como se apuntaba, en otra Noruega, es decir, con mucha independencia pero con acceso al mercado único. El problema es que los británicos deberían someterse a las reglas comunitarias sin poder influir sobre ellas, como hacen ahora, y tendrían que respetar las libertades que imperan, como la libre circulación de personas y trabajadores, que es justo uno de los anatemas de los partidarios del Brexit. Quizá la alternativa más lógica, más allá de ésta respuesta inicial, sea negociar un acuerdo bilateral a medida en el que El Reino Unido logre un tratamiento especial en lo referido a las políticas comerciales a cambio del respeto a la libre circulación de personas, por ejemplo. Así que es posible que el remedio británico sea peor que la enfermedad.

La moraleja tal vez resida, una vez más, en que un gobierno, no importa de que tipo, no puede darse el lujo de gobernar de espaldas a la ciudadanía, como sin duda ha hecho el británico por años, pues corre el riesgo de llevarse sorpresas desagradables e inesperadas, que conllevan la desestabilización política y económica de un país y de toda una región.

Las consecuencias en México de ésta sacudida europea están por verse todavía. De momento el dólar camina firme hacia los 20 pesos, barrera que el euro pasó hace tiempo; y el señor Videgaray, que en un régimen realmente democrático tendría que haber renunciado o en su defecto haber sido destituido hace años dada su manifiesta incompetencia, anunció recién un recorte más al gasto público. Se sabe ya a nivel global que más recetas neoliberales no alivian las enfermedades de la recesión y la crisis, pero parece que en Hacienda no se quieren enterar.

 

Coda. Con la venia de nuestro amigo el Señor Director y de las y los pacientes lectoras y lectores, hacemos un receso para volver en agosto próximo.

@efpasillas

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Enrique F. Pasillas

Enrique F. Pasillas

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