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El uso del dolor y la desigualdad a conveniencia / Piel curtida

Durante los últimos tres años el matrimonio igualitario fue reconocido en Francia y Estados Unidos, mientras que en países como México y Alemania, las uniones civiles entre personas del mismo sexo se han aceptado bajo condicionantes de procesos particulares o amparos, lo cual aunado a otros temas como la implementación de la Perspectiva de Género, la mejora de las condiciones laborales y la seguridad social universal ha reunificado a los sectores conservadores alrededor del mundo; justo esta semana Le monde diplomatique publicó un artículo en prospectiva sobre el retorno de un periodo de las “derechas”, que más allá de partidos refiere a la muestra de poder de los grupos privilegiados y normativos.

Durante la última contienda electoral, los grupos conservadores, a pesar de ser minoría cuantitativa (como las clases privilegiadas), hicieron evidente su capacidad de articulación para posicionar como tema de campaña el impedir el matrimonio igualitario, esto frente a la propuesta del ejecutivo federal de una reforma para dar cabida a esta figura civil y otras como el reconocimiento de identidad de género. Aunque esta movilización de los grupos Pro-vida no es algo sorprendente ni excepcional, ante la derrota del PRI la lucha por el Estado laico parece presentarse como simplemente un recurso de combate postelectoral, sin considerar que las reformas estructurales del gobierno federal, en especial la fiscal, el alza al precio de la gasolina y los múltiples sucesos de violencia, particularmente en Veracruz e Iguala, en Guerrero, fueron elementos para orientar la alternancia en el consolidado bipartidismo mexicano; y esto es algo por analizar, pues la desigualdad y la violencia contra las personas no heterosexuales se presentan como utensilios que pueden ser empleados a la carta, más que una verdadera búsqueda por asegurar el Estado de derecho y la protección de los derechos humanos.

Esta semana una persona se comunicó para argumentar que el evitar el reconocimiento del matrimonio igualitario no era un acto de homofobia, sino un acto de amor por los niños, previniendo el futuro derecho de adopción por parejas del mismo sexo. El menoscabar el derecho de voluntad, fundamental para las leyes civiles, e imposibilitar el desarrollo de cada individuo es un acto de discriminación, pero además los argumentos ocultan un cúmulo de estereotipos y violencia contra las personas fuera de las normas de la heterosexualidad. Lo que se busca es la oportunidad de protección mutua del patrimonio y de la pareja ante situaciones de enfermedad, mientras que la adopción es permitir la conformación de una familia como unidad de desarrollo personal y social. En ocasiones se manifiesta que los hijos de este tipo de uniones simplemente sería violentados, acosados y menospreciados, pero estos actos serían impulsados por las mismas personas que consideran que las orientaciones e identidades sexuales distintas a lo heterosexual son “anormales”, “antinaturales”, ¿acaso se busca evitar las prácticas de odio latente que podrían ejercer? Otro de los argumentos es que las y los niños necesitan de una figura materna y otra paterna que engloben y sean ejemplo de la feminidad y la masculinidad respectivamente, sin embargo, estos imaginarios simplemente reducen a los humanos a una condicionante sexual, lo cual no debería determinar funciones o actividades, pues justo eso ha promovido la violencia contra las mujeres. El negar la posibilidad de las familias homoparentales simplemente es apreciarse por encima de los otros, los “anormales”, los “patológicos”, que no cuentan con las mismas capacidades y oportunidades. El sólo permitir este tipo de uniones a través de amparos y querer darle vuelta a la página como un asunto terminado es asumir un privilegio frente a los demás, permitir una falta de justicia.

Los Pro vida, el llamado Frente Nacional por la Familia y las asociaciones afines a México es Uno por los Niños, realizaron publicaciones en medios sociales para condenar el acto de violencia perpetrado en un club gay en Orlando, Florida, sin embargo esto se debió al discurso norteamericano que ha buscado exhibir el suceso como un acto terrorista más que un crimen de odio, y es que el combate contra el terrorismo es políticamente correcto para Occidente a diferencia de la denuncia de los delitos por homofobia, xenofobia o racismo; lo cual también es una muestra del uso del dolor a conveniencia. Lo que los grupos conservadores no reconocen es que uno de los detonantes para el agresor fue el ver a dos hombres besándose, justo por lo cual se alarmaron en Aguascalientes ante un espectacular de una campaña de salud a nivel federal.

Aunque se ha identificado al agresor del bar Pulse como un simpatizante del fundamentalismo islámico e ISIS se ha adjudicado el atentado, de acuerdo a la información disponible se puede observar un acto de odio individual, impulsado por una ideología religiosa extremista, por homofobia, por evitar que los niños observaran como natural que dos hombres se besaran. Sin embargo, es más fácil que ante el proceso electoral en Estados Unidos se pueda exponer el suceso como un acto terrorista contra la nación, pues un crimen de odio racista u homofóbico no podría ser tan capitalizado frente al fortalecido voto conservador. Esto sin considerar la falta de control de armas en la nación norteamericana. Sólo basta recordar que la balacera en un bar gay de Xalapa, Veracruz, no consiguió la misma atención mediática en nuestro país.

El crimen de odio en Orlando ha sido resignificado con el hashtag #LoveisLove (amor es amor), pero también ha despertado comentarios que sólo ratifican la violencia al interior de la sociedad, por un lado algunos fanáticos religiosos han señalado el suceso como un castigo divino y algunas personas han justificado el acto diciendo que era un hombre que buscaba proteger la “inocencia” de los niños, e incluso el secretario de Desarrollo e Integración Social de Jalisco publicó “Lástima q solo fueron 50 y no 100”, lo cual causó su despido.

Regresando a México, el tiroteo en Estados Unidos ha incrementado el debate sobre los matrimonios igualitarios, el Estado laico, el poder eclesiástico y la capacidad de movilización de los grupos Provida en el país, lo cual podría ser una gran oportunidad para avanzar hacia el reconocimiento de los derechos humanos, atender las necesidades y resolver las condiciones de desigualdad de los grupos minoritarios –en el sentido político y social–, sin embargo, también se han presentado estas discusiones como un simple recurso electoral de lucha entre los partidos de primera fuerza. ¿Será que aquellos que están en las periferias del poder sólo tienen oportunidad de ser visibles, ya sea para bien o para mal, durante elecciones? Si lo que se desea es deslindar responsabilidades por promover el odio o hacer proselitismo, ¿no sería más congruente investigar y juzgar la acción de pastores, ministros de culto, líderes de organizaciones civiles del conservadurismo, e incluso las decisiones del Estado que han doblado las manos ante prejuicios sociales en vez de responder a políticas transversales en favor de la equidad de género, la igualdad, los derechos humanos, sexuales y reproductivos?

 

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Juan Luis Montoya Acevez

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