Opinión

Ni el voto nulo ni la abstención cambian nada / Enrique F. Pasillas en LJA

Ante una nueva jornada electoral local, se sostiene que aun a pesar de las graves deficiencias democráticas del régimen de partidos en México y en Aguascalientes, es necesario votar, en este caso en la elección a gobernador, once alcaldes y sus respectivos cabildos y diputados locales; puesto que un creciente número de ciudadanos nos planteamos cada vez más la manera más efectiva de hacer llegar a la clase política nuestro rechazo, hartazgo y descontento, traducido en el conocido como “voto de castigo”.

Una opción entre las existentes es el voto en blanco, que consiste en depositar en la urna las papeletas sin marcar. Generalmente se interpreta el voto en blanco como el de la persona que querría apoyar a algún partido o candidato, pero donde ninguno de los que se presentaron le convenció.

Otra alternativa es el voto nulo, que es cuando las papeletas llegan a la urna con muchas marcas, tachadas, enmendadas o rotas o bien contienen algún elemento añadido. Ni el voto en blanco ni el voto nulo se consideran en el recuento ni en el reparto de escaños, de modo que no tienen consecuencias electorales directas, pero se entienden ambos como votos “de protesta”.

La abstención es otra posición política que consiste simplemente en no votar. Y aunque fuese alta o muy alta, las normas electorales considerarán legales y por tanto legítimos los resultados obtenidos: gana el que tenga más votos, aunque sean pocos. De la abstención se pueden decir y deducir muchas cosas, ya que una persona puede haber no ejercido su derecho al voto por indiferencia, descontento, despiste o enfermedad.

Es el caso mexicano. Varias mediciones y los propios resultados electorales recientes, han demostrado que los ciudadanos somos ahora abstencionistas y anulistas (Pasillas, E. Abstencionistas, anulistas e independientes, LJA, 22 de junio de 2015). Ante el profundo descrédito del régimen político entero, gana la abstención por un amplísimo margen, que ha rozado en algunas elecciones y entidades federativas como Baja California Chihuahua o Aguascalientes, hasta el 70 por ciento del padrón electoral. ¿De qué representatividad o legitimidad pública gozan entonces los cargos públicos así elegidos? Es una buena pregunta que se suele responder hablando del creciente déficit democrático y la baja calidad de la democracia mexicana, pero el llamado anulismo se consolida como auténtica tendencia, con un creciente porcentaje del total de los sufragios emitidos.

Es claro que absteniéndose, anulando o votando en blanco, pierde legitimidad el régimen de partidos, pero perdemos también los muchos ciudadanos que apostamos por cambios sociales pacíficos. Aunque sea cierto que vivimos en un régimen con un sistema político agotado y plagado de vicios, que convence a cada vez menos ciudadanos y que se caracteriza por su baja calidad democrática, por su corrupción y por su autoritarismo a pesar de la alternancia partidaria.

Los resultados de estos procesos electorales se dan en varios planos: por una parte tenemos una clara fragmentación política y social que rayan en la anomia. También una evidente ausencia de fuerzas reales de oposición al régimen y una nociva concentración del poder y la legitimidad política. Un país o un estado, en este caso Aguascalientes, de ciudadanos de “baja intensidad” que se abstienen o que anulan justo cuando más se requiere su participación convencida, una ciudadanía harta, insatisfecha y decepcionada ante la falta de resultados tangibles en rubros esenciales como salud, educación, empleo o seguridad pública.

Así, la numeralia electoral nos da cuenta de que Aguascalientes ha sido en pasados procesos electorales una de las tres entidades con mayor abstención en todo el país. También una de las tres con más votos nulos, con 6.83 por ciento del total, superando en la preferencia a siete partidos, que obtuvieron menos votos que los anulados.

En la pasada elección local por ejemplo, los votos nulos fueron casi el cinco por ciento, más 0.24 por ciento por candidatos no registrados, es decir, 5.24 por ciento del total emitido. O lo que es lo mismo: casi once mil personas anularon su voto en Aguascalientes.

Claro que anular votos preocupa a la clase política porque ataca precisamente a la raíz de su pretendida legitimidad democrática, pues es con base a la supuesta legitimidad obtenida en las urnas de nuestro sistema electoral, que hace y deshace sin preguntar ni considerar a los ciudadanos. Y ejemplos sobran.

Es necesario pues, como ya sucede en otros sistemas electorales, que ante determinado porcentaje de votos nulos, se sancione al sistema de partidos en su conjunto, anulando la elección y volviendo a convocarla por ejemplo, a efecto de que los ganadores obtengan un mínimo de legitimidad electoral. Es evidente que a nuestro sistema de partidos le faltan muchos atributos democráticos: transparencia y rendición de cuentas en partidos, órganos electorales, congresos y asambleas; candidatos sin partido, financiamiento público, revocación de mandato, referéndum, plebiscito, iniciativa popular y reelección legislativa. Queda claro entonces que hace falta introducir cambios en las normas electorales que establezcan consecuencias jurídicas al voto nulo, a la abstención o a los votos por candidatos no registrados. Y que penalicen a todos los partidos en contienda, como atinadamente se ha propuesto ya a nivel local. Pero hacen falta también muchas otras reformas de corte democrático. Eliminación de la prevalencia del ejecutivo sobre los otros poderes, segunda vuelta electoral, simplificación de las reglas para abrir las candidaturas sin partido, fiscalías para delitos electorales autónomas del poder, otro INE y sus correlativos locales sin cuotas ni cuates, y por supuesto que una justicia electoral limpia e imparcial.

Votar puede ser en estos tiempos una mera formalidad que convalida regímenes autoritarios o semi-autoritarios, pero también es un derecho y un deber ciudadano que perjudica al voto duro y corporativo que es movilizado por unos y otros el día de la jornada electoral para ganar. Se dirá que es muy poco el poder decisorio del voto ante los ingentes retos que encara la sociedad de Aguascalientes en los años que vienen, pero por algo se empieza. Mejor hacerlo que no hacerlo, apelando a la teoría del mal menor. @efpasillas


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Enrique F. Pasillas

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