Opinión

Ser divergente, tener salero / Opciones y Decisiones

Y ahora, ¿con qué cara y temple afrontamos el proceso electoral?  

Ya tuvimos, recientemente, una experiencia nada agradable, con anulación parcial de la elección a causa de la judicialización del proceso. En efecto, me permito recordar, que en la elección federal precedente, 1995, las y los ciudadanos de a pie fuimos testigos de una campaña de guerra sucia, en la que fueron, literalmente, tantas las menciones y mentadas de unos contra otros que comparado con la sorpresa explosiva del cohete en el aire, se parece más a los toritos silbantes de a pie y a rastras, que serpentean y te hacen dar brincos francamente irrisorios. Afirmaba yo que los jugadores sometidos a tal posición, ya se habían cansado de parlotear y saltar como esquites en comal caliente, sin lograr posicionar para nada sus argumentos convincentes ante el gran público elector. (Ver: LJA, ¡Alto! Un pedimento singular, sábado 2 de mayo, 2015).

También pudimos observar que, apenas en la apertura de los debates políticos, se produjo un efecto paradójico que al final a todos nos dejó insatisfechos. Dado que esa fase primera de bombardeo electoral semejaba más una batalla naval, de buques a vela, cuyos mástiles principales fueran ferozmente atacados con la primera andanada, simultánea y de todos contra todos, de manera que el primer saldo obtenido fuera la anulación de la fuerza propulsora principal de todos los barcos contendientes. Escenario que dejó a todos a la deriva, con mucho parque todavía por disparar, pero sin posibilidad de maniobra; más que flotar sin control ni estrategia, dejando a sus tripulaciones paradas a la borda y mandando insultantes improperios a los de banderas contrarias, al ritmo del vaivén de las olas y de la fuerza del temporal. Quedó al azar quién choca contra quién y qué casco resiste más para permanecer en su línea de flotación. En tal estado de cosas, el espacio franco de combate se convertía en un plácido lago inmóvil; en donde se vería más agresivo el curso de las trajineras de Xochimilco en un apacible domingo de fritangas, cheves y mariachis.

Esta memoria me impulsa a evocar y sugerir un talante y una actitud mucho más constructiva y positiva para manejar el síndrome comicial y postelectoral que viene. Me refiero al tono emocional y mental que provoca el tener salero. En efecto, las caras largas, el semblante adusto, las cejas encrespadas, el ceño fruncido, los labios lívidos, la mirada fiera, los puños cerrados, la respiración entrecortada, etc., etc., no contribuyen sino a provocar una dispepsia generalizada, y todos quedamos a disgusto, malhumorados y con ganas de patear el bote electoral.

Se nos olvida que el aplomo personal se consigue más y mejor mediante el tránsito de la inteligencia emocional, que por definición es una opción intuitiva y rica en mordiente intelectual. Me refiero a la muy castellana expresión de “tener salero”. En efecto, creo que no hay mejor rompe mal humor y agresividad que mejor afronte la contrariedad o la incertidumbre, con agudeza y chispa emocional.

Voy a referir la recomendación de un gran maestro de la analogía, la parábola y la actitud empática hacia los demás. SÍ, me refiero a las enseñanzas de Jesús de Nazareth. Resulta que estando él observando a la multitud de sus paisanos del mar de Galilea, los vio tan ensimismados, maltrechos y dispersos -“como ovejas sin pastor”- que comenzó a enseñarles así: “Miren que yo los mando como ovejas entre lobos: por tanto, sean astutos como serpientes e ingenuos como palomas”. (Mateo 10, 16. Luis Alonso Schökel, Nuevo Testamento).

El sentido de este versículo tiene eco en un expresivo pasaje de Marcos 9,50b: -”Tened en vosotros mismos sal (Hbr. “Melah” = sal /prudencia) y sean pacíficos unos con otros”. Aquí entramos en materia. //En el Antiguo Testamento, la expresión “salado” cuando se aplica a una persona, tiene la connotación de “agudo”, y se entiende como intelectualmente penetrante y perceptivo; el término hebreo: “Melah”=sal, cuyo adjetivo aplicado a un comportamiento humano es “M’mulah”=salado (Hebrew Dictionary. Gesenius), evoca la muy castellana expresión de “tener salero”.

Siguiendo al reconocido intérprete escriturista Joaquim Jeremias (en su libro “Las Parábolas de Jesús”, Pp. 58 y 83.) cada parábola de Jesús contiene un “punctum”, es decir un pensamiento central que es capaz de dar vida, sentido y agudeza intelectual a todo el texto; algunos lo entenderán como “el mensaje” y otros como “la enseñanza”, pero lo cierto es que el género parabólico dista mucho de ser algo impersonal a Jesús, por el contrario podemos afirmar que se trata de un lenguaje que le es característico; su personalísima forma de expresión, contiene al mismo tiempo sencillez extrema y la más profunda percepción de la condición humana, es así como en su comunicación personal contrasta la sencillez con la profundidad y altura del mensaje.

Una manera alternativa de entender la justa significación de este “punctum” es fácilmente comprensible si la referimos al popular “chiste” (jock, plesanterie), ya que éste se construye como una narrativa en torno a un punto picante, “salado” (m’mulah), resultante en una salida chispeante o recurso que llega de sorpresa, y queda claro que sin ese elemento esencial la narración misma que lo acompaña perdería su sentido. En cambio, cuando queda bien situado en el contexto de la narración con él todo adquiere luz, colorido, chispa, sentido y… nos causa regocijo, provoca nuestra risa, despliega nuestro buen humor, agudiza nuestra inteligencia.

A nivel del conocimiento, el “punctum” marca el momento equivalente al grito emocionado del “eureka!” de los griegos ante el descubrimiento inteligente de una realidad nueva, o también al “insight” del teólogo canadiense Bernard Lonergan como punto de intelección o entendimiento profundo que acontece como el descubrimiento de una verdad, que a su vez queda formalizado dentro de un concepto fundador, desde el cual obtenemos una visión renovada de la realidad.

Resumiendo lo anterior, podemos afirmar que el “punctum” de una Parábola, es el “chiste” sin el cual toda la narración o enseñanza quedaría chata, sosa, sin agudeza, sin penetración intelectual alguna, sin la gracia del salero; en cambio con él, la imaginación creadora se agudiza, crece la expectación del receptor y éste accede casi sorpresivamente a la dimensión de un nuevo conocimiento que impacta toda su emotividad, por lo que el aprendizaje y conocimiento involucrado en el mensaje le queda profundamente grabado, penetrantemente claro y nítidamente ilustrativo de la nueva enseñanza aprehendida.

Es precisamente este contexto prefabricado de hacernos con el poder político a costa de todo, a no importa qué precio; que hemos perdido el horizonte de la razón última del bien público, aprender a vivir en paz, poniendo la base de una digna y feliz convivencia comunitaria y social.

Ante lo cual, hay que plantearnos en serio la pregunta: ¿Para qué me sirve la Política? ¿Para obtener el poder por el poder? Donde no importan las caras largas, el semblante adusto, las cejas encrespadas, el ceño fruncido, los labios lívidos, la mirada fiera, los puños cerrados, la respiración entrecortada, etc., etc.

Estoy seguro que si ponemos en práctica esta opción de talante inteligente y emocional, habremos de transitar mejor hacia nuevos estadios de ingenio humano que logren superar la necedad del ego, que nunca pierde, que siempre gana, a costa de lo que sea; al final, narcisismo puro, individualismo exclusivo, avidez de gloria y poder que excluye el gozo de avanzar, salvarse con otros y convivir compartiendo el bienestar y el desarrollo “cum sociis”/ con socios, es decir, con el resto del mundo.

 

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Francisco Javier Chávez Santillán

Francisco Javier Chávez Santillán

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