Opinión

El amor y la política / Política For Dummies

 

 

Los amorosos se avergüenzan de toda conformación.

Jaime Sabines

Entre el amor y la política hay, para muchos, años luz de distancia. La concepción del amor interpersonal, la idea romántica del amor entregado para toda la vida, de políticos enamorados, de familias felices, de un matrimonio para siempre, resultan ser antónimas a los actores que hacen política.

Resultan ajenas porque los actores en la política conciben al amor como un estorbo, en primer lugar o como un instrumento en segundo lugar, no como una filosofía de vida o un sentimiento profundo. Por eso algunos políticos son infieles, solteros, divorciados o sin sentimientos. En todos los casos anteriores, la idea de soledad ronda por el amor, algunos políticos se encuentran en la paradoja más grande de la soledad en medio de aduladores, tragos, amistades que buscan intereses, llamadas, comidas de negocios, comidas de cumpleaños, comidas de grilla o comidas por ser comidas, pero la soledad respirando y entrando entre las rendijas de los sentimientos.

Algunos políticos, quizá podemos estar en condiciones de afirmar que los más exitosos, han llegado al éxito político y a la trascendencia de su vida profesional con la ausencia de una relación amorosa consolidada. Hay otros que logran lo mismo de la mano de esfuerzos doblemente mayores y con un matrimonio y familia fuertes. Abundan más los primeros que los últimos.

Hay quienes se encuentran en condiciones de afirmar que grandes disputas políticas, algunos afirman que la mayoría de los disgustos políticos, surgen por, como lo llaman en las cantinas y en los trascendidos: líos de faldas. No lo dudo ni lo puedo afirmar rotundamente.

Otros afirman que el amor en la política es una idea utópica, que enamorarse limita las capacidades políticas y profesionales, que los matrimonios felices no tienen cabida en las acciones públicas, que la vida política es para personas con sangre fría y no con sentimientos. Que los buenos sentimientos son hipócritas y que en la política todo son relaciones de poder, intereses y dinero.

Hay quienes juegan a enamorar a los políticos, a seducirlos, a cantarles, a hablarles al oído y provocar crisis de legitimidad y de gobernabilidad de talla internacional, como una tal Mónica Lewinsky, crucificada por la prensa de tintes machistas que encontró una víctima en la mujer y no en el presidente. Hay quienes, en esa búsqueda de enamorar a un político, juegan sus fichas para manipular y tener una posición de poder.

Hay otros que deciden que el único amor en la política es el amor al trabajo, a la adrenalina, a las campañas, a jornadas de 20 horas laborales, al ritmo truculento de las llamadas, las entrevistas y las reuniones. No hay en la vida un lugar para otro amor.

Hay otros que dicen que es ridículo el que predica una República Amorosa, que se base en el amor, en vivir con amor, gobernar con amor y crear ciudadanía con amor, creo a final de cuentas que lo que a nuestros gobiernos y gobernantes les falta es amor.

Freud afirma que el poder ordenador y apaciguador del amor es grande en la medida en que una masa no es más que el amor uniendo a muchas personas y que el malestar que persiste en la sociedad es testimonio del fracaso del amor, el hombre está destinado, entonces, según Freud, a satisfacerse con el mal, cuando el amor está ausente.

Enrique Dussel, en un fino y recomendable artículo publicado en La Jornada, afirma que el amor de solidaridad es la sustancia que unifica las voluntades y que da más poder y fuerza al poder político de un pueblo. Un pueblo que ama y se ama es un pueblo con mayor poder político.

Por último, cito a Merino:

“Si queremos vivir en un México que sea nuestro, es necesario recuperar la política, la verdadera política que está en las manos de la gente común y corriente, para darle viabilidad y sentido a la convivencia de todos los días que, negando el amor, se nos ha vuelto en contra y nos amenaza en vez de abrazarnos.”

Negando el amor, la política nos amenaza en lugar de abrazarnos. Cité a los tres autores anteriores para que este texto no fuera un grito al cielo y un desplante de locura, sino la construcción de una hipótesis: gobernar y convivir con amor genera mejores sociedades.

No apelo a que todos los gobernantes se enamoren, apelo a que en realidad amen, y amar, como he leído en algunos libros, es superar el proceso de enamoramiento inicial, donde los impulsos son emocionales por una etapa donde las decisiones racionales abunden. Usar la racionalidad para entender que el bienestar del otro es mi propio bienestar, amar a los demás porque yo estoy en los demás, como sociedad cada uno está en los demás, somos entes indivisibles, como una masa. No dejamos de ser sociedad para ser individuo.

Si los gobernantes y los ciudadanos amaramos más, tendríamos una noción distinta de la política, la política se convertiría entonces en ese lugar donde los ciudadanos aman, se respetan y consolidan el contrato social de Rousseau.

(Quizá los tres actores que cité viven o vivían en la soledad, encerrados en un escritorio como mentes brillantes, aisladas, como políticos de gira, adulados. Pero reflexionando sobre la necesidad de amar. Otra hipótesis que apela a una paradoja.)

@caguirrearias


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Carlos Aguirre

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