Opinión

El qué y los cómo: a propósito del cliché y las formas. / Disenso

 

Apenas unos días después de la visita de Peña Nieto a suelo canadiense el primer ministro Justin Trudeau participó en la Marcha del Orgullo Gay. A razón de las inevitables comparaciones me puse a pensar qué sucedería si Peña Nieto hiciera lo mismo. Seguramente habría un sector, no sin recelo, que celebrara ese involucramiento presidencial, pero también un gran sector que señalara que sólo lo hace porque su popularidad va en debacle, que intenta ganar simpatía, que sigue buscando el apoyo de agendas minoritarias, algo aún mayor que lo que pasó sobre su recomendación de armonizar en todo el país los matrimonios igualitarios. Más aún: Trudeau, en la apoteosis del cliché, vistió una playera rosa y llevó una bandera de Canadá intervenida con los colores de la bandera gay. Llegué a ver, a raíz de las marchas en México, quien, incluso siendo liberal, se escandalizaba de que nuestro lábaro patrio hubiese sido modificado, seguramente porque el dios de las banderas se enoja mucho cuando alguien hace eso para mandar un mensaje.

Trudeau apreció aquí y allá en fotos y notas con su bandera gay y su camisa rosa empapada, con una sonrisa de oreja a oreja y algún titular rezó: “Disfrutó el desfile como nadie”. Pero el primer ministro canadiense no sólo marcha en desfiles de minorías con algunos de sus miembros del gabinete: canta, chancea con la prensa, está tatuado, se declara a favor de la despenalización del aborto, actuó en una serie, defiende la legalización de la marihuana, hace que los presidentes de Norteamérica se enreden las manos, se llama a sí mismo feminista, habla de procesadores cuánticos y boxea. Es como un Chávez buena onda y bastante sofisticado.

¿Qué hace que esas actitudes le den buena prensa mientras que a Peña seguro lo harían ver como populista? Un primer acercamiento tiene que ver, claro, con la realidad de los países. A pesar de la sonrisa de muchos, en México el desfile del orgullo gay aún representa una gran queja más que una celebración sin más: es cierto que los derechos han ido acrecentándose para esta comunidad, pero los números de violencia todavía son claros y dolorosos. Pasa lo mismo con el asunto del feminismo: una cosa es luchar por mejores espacios públicos para las mujeres y otra, hacerlo mientras se puja también por la supervivencia o la posibilidad de salir a la calle sin sufrir violencia abyecta.

Sin embargo, creo que la diferencia más grande está en la robustez ideológica: Trudeau puede tomarse menos en serio porque tiene una solvencia ideológica que le garantiza esa posibilidad. En cambio, nuestro presidente, lo único que tiene para ser serio es tomarse en serio a sí mismo: proviene de un partido dividido (en buena medida por él mismo), ha sido déspota, dejó unos números terribles en el Estado de México y su solvencia intelectual tiene, como dice el politólogo Alan Santacruz, la profundidad de un chapoteadero.

En estos días se suscitó, en la máxima casa de estudios de Aguascalientes, una discusión de su comunidad estudiantil, producto de una iniciativa de algún grupo de jóvenes que coordina una página de Facebook llamada “memes uaa”: quitar las 43 bancas puestas ahí hace casi dos años con motivo del asesinato de estudiantes de la normal de Ayotzinapa, porque, a su juicio, la protesta ya estaba hecha, el mensaje ya fue entregado y -cómo no- las bancas hacen que se vea fea la Universidad e impide -oh, tragedia- que los graduados se tomen su foto en la estructura que representa el símbolo de la Universidad -conocida por cierto como “los calcetines”-.

Le di muchas vueltas antes de externar mi postura pues no quería apresurarme y sonar injusto con mi juicio. De alguna manera creo que es importante que ese tipo de manifestaciones se mantengan porque, más allá de si nos parece la causa adecuada o no, la forma correcta o no, somos una comunidad más o menos aletargada en nuestra capacidad de crítica y juicio, más aún: de organización y manifestaciones colectivas. Creo también que es una pendiente resbaladiza que alguien pueda decir cuánto es tiempo suficiente para sostener una declaración de principios a partir de un símbolo como ése o cualquier otro.

También creo, sin embargo, que como comunidad no tomamos en serio -generalmente- a quienes protestan, levantan consignas o se manifiestan de éstas u otras maneras: estamos acostumbrados a tomar con recelo y ver con sospecha actividades de este tipo. Seríamos ingenuos al no reconocer que en buena medida tiene qué ver con la calidad de los movimientos que históricamente se hacen, con la forma en que se mandan los mensajes y con lo común que es que movimientos del tipo terminen cooptados por intereses partidistas u agendas personales.

Es probable que la robustez intelectual de nuestra sociedad aún no dé para que nos parezca encomiable una manifestación de este tipo, y se juzgue más bien como un momento de moda, como un afán de protagonismo, etiquetándose con el epíteto de moda: los chairos, les dicen (a mí también me han dicho).

Pero es más triste todavía que las razones que combaten esta manifestación sean tan pueriles como “la estética” de “los calcetines” o “esas bancas hacen falta en los salones”. ¿Por qué no organizarse adecuadamente para hacer un memorial? ¿Por qué no pedir a la Universidad y gestar un diálogo para tener un monumento adecuado y perenne? Fueron preguntas que escuché estos días. ¿Por qué no respetar la iniciativa de otros si ésta tiene un origen simbólico importante, aunque desconozcamos la “pureza” digamos, de la intención inicial? Pregunto yo.

Sea cual sea la respuesta seguimos siendo una comunidad cuyos argumentos en las discusiones de fondo son tan triviales y a veces simplemente vergonzosos, que nos es imposible ver más allá de las formas. Ojalá algún día incluso el cliché sea visto sin reservas, porque, aunque difiramos en los cómo sigamos estando de acuerdo en el qué o al menos, sepamos, claramente, de qué estamos hablando los unos y los otros.

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Alejandro Vázquez Zuñiga

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