Opinión

Nieva en el Casillero del Diablo mientras canta Jorge Negrete y Vidal levanta la copa / Esencias viajeras

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No pensé tan pronto tener un encuentro con el diablo, mucho menos en el valle de Santiago y ni siquiera pensar que este me invitara a tomar una copa de su mejor vino, después partir a esquiar a la montaña, escuchar en el subsuelo del Palacio de la Moneda cantar a Jorge Negrete y ver campeón a la marea roja.

Esta serie de curiosos acontecimientos comenzaron, como toda buena historia, desatados por la curiosidad y la falta de brújula, a veces estar perdido hace que uno no trace ruta y eso te lleva por curiosidades que ni programadas se hubieran conectado. Un punto básico en Chile es conocer sus maravillosos viñedos -después, por supuesto, de probar incansablemente sus fascinantes vinos- y uno de los lugares más famosos es el legendario viñedo Concha y Toro, es uno de los más antiguos y representa al país siendo una de las diez mayores compañías de vino en el mundo. El viñedo se encuentra localizado en la comuna de Pirqué, aproximadamente a 58 kilómetros al suroeste de Santiago.

El lugar se ha convertido en un punto recurrido por los turistas que son atraídos por la fama de los vinos y por la mítica leyenda que surgió en una oscura y polvorienta bodega. El Cabernet Sauvignon del Casillero del Diablo es la cepa más famosa de la marca, de intensos aromas a cerezas, ciruelas y toques a vainilla y tostado, su origen es del Valle Central de ladera de cerros, lomajes y ribera, este vino se guarda en pequeñas barricas de roble americano por nueve meses, en donde adquiere un color rojo rubí intenso y profundo más un aroma con notas de cerezas, grosellas y ciruelas negras con un sabor de un cuerpo medio de taninos sedosos y firmes. Su cosecha 2005 fue premiada por Decanter como la mejor del planeta. La industria vinícola chilena es consumida por unas  mil 800 millones de personas en el mundo, es la cuarta exportadora mundial de vino embotellado, solo detrás de Italia, Francia y España; sin embargo, el consumo de vino en Chile ha disminuido, en 1972 los chilenos consumían por persona 52 litros frente a los trece que beben en la actualidad.

Después de recorrer los viñedos, la hacienda y tener algunas degustaciones posteriores a una pequeña clase de cómo catar un vino, entre a las modernas bodegas en donde se controla la temperatura ambiente, la humedad y la luz entre otros factores, después de la explicación -de la cual recuerdo muy poco- nuestra guía en turno indicó bajar al subsuelo, al sótano legendario que arriba de la robusta puerta de madera anuncia con letras forjadas en metal “Casillero del Diablo”, la única puerta de acceso a esta bodega se abrió apenas iluminando a decenas de barricas que contienen algunos de los mejores vinos del mundo, el espacio se mantiene intacto de cómo fue edificado originalmente en el siglo XVIII, hecho de “Cal y Canto” construcción típica en Chile en los siglos pasados -mezcla de cal, arena y clara de huevo, algo de sangre-, arcos interiores dan estabilidad a la construcción que se encuentra catorce metros debajo de suelo y la cual ha resistido temblores y terremotos. Con el piso de tierra la temperatura apenas varía, catorce grados en invierno y 16 en verano, cada semana se riega el suelo de maicillo para conservar alta la humedad. Ahí llegué a un punto mítico, entre barricas de roble, tierra y ladrillos a media luz estaba de pronto en el mismísimo Casillero del Diablo, las reservas más exclusivas de la marca se encontraban detrás de unos barrotes de cobre oxidados y un viejo candado. Ahí el vidrio de las botellas relucía discretamente en la oscuridad, al fondo una silueta me observaba fijamente. La oscuridad fue total y la sensación intensa.

Cuenta la leyenda que Don Melchor Concha y Toro inició en 1883 la producción de vinos de alta calidad, asesorado por expertos franceses y trayendo cepas desde Burdeos, Francia, las que en conjunto con las tierras del valle darían vino de inigualable sabor en el mundo. Don Melchor mandó a construir dentro de la bodega un pequeño, oscuro y recóndito casillero personal en donde guardaría siempre bajo llave sus mejores vinos para compartir en ocasiones especiales o degustar sólo esporádicamente, la excelencia del viñedo y su producción se hizo rápidamente famosa y también el rumor de aquel casillero especial. Una noche algunos despabilados pilluelos lograron entrar por el viejo y peligroso ascensor de la bodega y de ahí a la reserva especial, lo más lógico supongo es que después de probar estas delicias no te queda otra opción que repetir la hazaña, y así fue, varias veces Don Melchor se dio cuenta del hurto a su casillero de reserva especial. Un día Melchor Concha y Toro difundió maquiavélicamente entre los trabajadores de la viña y la población del pueblo que en esa bodega y en ese casillero el diablo aparecía. El rumor se propagó como el fuego: “Yo lo he visto” afirmaban los campesinos y los pobladores temerosos, la bodega se preño de una aura de temor y de misterio, nadie pudo confirmar el rumor acerca del guardián de las bodegas y del casillero, hoy la leyenda sigue viva y sé de primera mano que el guardián continúa haciendo su trabajo.

Mi siguiente aventura después de estar en el infierno era subir al cielo, de la oscuridad a la luz, del valle a la montaña, de la tierra a la nieve. El invierno en nuestro hemisferio sur comenzó el 21 de junio y acaba el 20 de septiembre por lo cual las temperaturas son muy frías y en Santiago las mínimas son de tres grados y máximas de 14, pero en la alta montaña es donde la nieve cae y anuncia la entrada de la estación, ahora me dirigí al oriente de la ciudad a unos cincuenta kilómetros donde se encuentra La Parva, un centro de esquí enclavado en la cordillera de los Andes a dos mil 750 metros sobre el nivel del mar. Desde aquí la vista es impresionante, la cordillera inmensamente blanca te replantea de golpe tu humanidad y la magnitud de la naturaleza, al fondo y de manera minúscula se aprecia la ciudad de Santiago que desde acá parece una maquetita. Al llegar después de subir más de 40 curvas -señalizadas- el aire se respira diferente, tranquilo y vasto, lejos del apretado aire citadino del congestionado Santiago de recurrente preemergencia ambiental.

La Parva es cercano a otros centros de esquí como El Colorado, Farellones y Valle Nevado, en cada uno se puede esquiar o hacer snowboard. Acá arriba el universo es otro, el ambiente dividido entre el turismo y los parroquianos habituales que suben por esta temporada a perfeccionar su técnica o llevar a sus pequeños hijos a aprender este deporte, vi más niños llorando con los esquís puestos y los padres levantándolos a regañadientes que niños jugando con la nieve y padres haciendo muñecos con narices de zanahoria, pareciera que ahí el tiempo no se puede perder jugando. El equipo es costoso, los boletos de ingreso y una posible estadía son inaccesibles para la mayoría de la sociedad chilena, aun así los centros están llenos con muy pocos. Chile ha logrado desarrollar tímidamente una industria con base en el turismo de invierno que se centra primordialmente en esquiar, así muchos europeos deciden huir del calor veraniego de sus países y venir a practicar durante sus vacaciones, comentan que los precios casi resultan igual que muchos centros europeos y en algunas partes mayor a ellos. Sin embargo, para un esquiador -según me cuentan- la emoción está en conocer y dominar nuevas montañas, recorrer nuevas pistas que se dividen en cumbre, mitad y base. También para mi agrado observé mucho turista brasileño y turista chileno, sobre todo del norte del país, donde nunca nieva y siempre es desierto, creo que nos reconocemos fácilmente porque tocamos la nieve, nos tiramos sobre ella y sonreímos como idiotas viendo la montaña -al menos así fue de mi parte-.

Y si ya había tenido un encuentro con el diablo, era hora de tener un encuentro con dios, me las arregle como aquellos pilluelos para calzarme un equipo de esquí, entre casco, gafas, ropa especial, botas, esquís y bastones tomé mi primera clase, aprendí a bajar rápido -ese no es el problema- lo que me costó varios golpes fue frenar. Perdí la poca dignidad y vergüenza que me quedaba en aquella montaña mientras trataba inútilmente de levantarme en una alejada y solitaria pendiente, lo cual era mi único consuelo, hasta que de reojo con las gafas atascadas en la nieve veo una figura blanca que desciende de lo alto de la montaña velozmente mientras los rayos del sol solo me permiten ver su silueta, ahí pensé que verdaderamente mi encuentro con el todopoderoso había llegado o al menos mi encuentro temporal con un silla de ruedas, para mi sorpresa después de sacar la cabeza y medio cuerpo de la nieve fue ver un pequeño niño de no más de ocho años que se dirigió a mí de la manera mas educada posible preguntando con un tono de voz serio, alarmado y sarcástico; ¿señor, se encuentra usted bien?.

Ya experimentada la sensación divina del más allá, decidí hacer algo que no implicara tanto riesgo, no aventurarme ni al infierno ni al cielo, estar en un limbo, en otro tiempo y en otro espacio en donde el protagonista de las aventuras sea otro, mientras yo lo observo como en un desdoblamiento cósmico, dispuse ir al cine. Asistí caminando -milagrosamente-  al Centro Cultural La Moneda, mi sorpresa fue ver en un espectacular una cara conocida, era Jorge Negrete en cartelera, sí, el charro cantor en pleno corazón de Chile. La Cinetecas Nacionales de Chile y México conmemoran la mítica visita de Negrete al país hace 70 años, esto enmarcado con un ciclo de sus grandes clásicos cinematográficos.

Comentan los asistentes que no hay recuerdo en Chile de un recibimiento más grande y esperado que el de aquel 26 de Junio de 1946, proveniente de Buenos Aires llegaría el mexicano a la entonces funcional estación de trenes Mapocho, ubicada a un costado del río del mismo nombre y que ahora es un centro cultural, lo recibirían más de cinco mil admiradores, por supuesto la mayoría chilenas que enloquecían con la voz y el porte del charro cantor, me cuentan que se hospedó en el Hotel Carrera y realizó un itinerario de conciertos y presentaciones. Tal acontecimiento hace 70 años marcó a la sociedad chilena de la época que pocas veces ha recibido así a un personaje extranjero generando un ídolo popular, muestra de ello es que la sala se encontraba llena para ver ¡Ay Jalisco…no te rajes! (1941), protagonizada por Negrete y dirigida por Joselito Rodríguez.

Al otro día entre mis cavilaciones pensaba en lo que hacemos los humanos para pasar el tiempo, en la fugacidad de la vida, la tendencia del hombre por acompañarse, estaba a punto de descifrar una verdad absoluta cuando de golpe me irrumpen los pensamientos el estruendo de una marea roja en pleno punto neuronal de Santiago, Plaza Italia lugar donde se celebran los triunfos de la selección nacional de futbol, ahí con miles de personas que festejaban y gritaban ¡Viva Chile! pasé una agridulce madrugada entre abrazos y algarabía desbordante.

1 Comment

  1. Rod

    30/07/2016 at 13:25

    Me podrian asesorar cuanto cuesta un concha y toro cosecha 1972 en optimas condiciones y en dolares?

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