Opinión

Pluralismo y cosmopolitismo / El peso de las razones

 

 

La pluralidad es un hecho y es deseable, la homogeneización es indeseable e imposible. El origen de la pluralidad se encuentra retratado en relatos antiquísimos, así como la búsqueda de su superación. Octavio Paz bosqueja esta peculiaridad de la historia humana del siguiente modo: “En casi todas las sociedades hay un relato que, como el de Babel, explica la quiebra de la unidad original y su dispersión en multitud de lenguas y dialectos. En todas partes la pluralidad aparece como una maldición y una condenación: es la consecuencia de una falta contra el Espíritu. De ahí también que en muchas tradiciones figure, en distintas formas, la historia de un acontecimiento de signo opuesto. Para los cristianos ese acontecimiento es el descenso del Espíritu Santo sobre los apóstoles. El Pentecostés puede verse como la redención de Babel: la reconciliación de los idiomas, la reunión del otro y de los otros en la unidad del entendimiento. Y el milagro mayor es que la unidad se logra sin menoscabo de la identidad: cada uno, sin cesar de ser el mismo, es el otro”.

Como bien señala Paz, el ideal consiste en lograr la unidad sin menoscabo de la identidad. Este anhelo lo comparte John Rawls y lo denomina “pluralismo razonable”. Para Rawls, los seres humanos no son irremediablemente egoístas y dogmáticos, y no sólo están conducidos por un deseo perpetuo de poder. Por el contrario, los seres humanos también tienen la capacidad para la genuina tolerancia y el respeto mutuo. Esta capacidad brinda esperanza de que la diversidad en una sociedad democrática pueda dar origen no sólo al pluralismo, sino a un pluralismo razonable. Rawls espera que las distintas doctrinas religiosas, morales y filosóficas que los ciudadanos suscriben puedan favorecer la tolerancia y las características básicas de un régimen democrático. Así, para un individuo razonable, ninguna doctrina particular debe promover el uso del poder político coercitivo para imponerse a los no creyentes.

La defensa de un pluralismo razonable va en contra tanto de la más cruda de las homogeneizaciones  como de la fragmentación comunitaria. La pluralidad es riqueza, pero no segmentación. Los comunitaristas afirman que la sociedad preexiste al individuo, por lo cual explica sus características; así, los fines del individuo sólo pueden realizarse dentro de una comunidad, y los derechos e intereses colectivos tienen prioridad sobre los derechos e intereses individuales. Esta imagen pone a la solidaridad comunitaria como la virtud central que los individuos deben exhibir en la vida pública. A pesar de sus buenas intenciones y de su plausibilidad inicial, estas consideraciones fragmentan a la sociedad en distintos grupos. El anhelo de comunidad -tan presente en republicanos y comunitaristas- termina convirtiéndose en una búsqueda del cumplimiento de intereses grupales. El anhelo profundo de comunidad sólo puede cumplirse, por tanto, con la virtud del cosmopolitismo: una actitud que busca unión en la diversidad, sin sacrificar ni lo uno ni lo otro. Con Paz, pienso que el anhelo de comunidad tampoco se cumple con el mero pluralismo: “Así, al cosmopolitismo endemoniado de Babel, el Evangelio opone el cosmopolitismo espiritual de Jerusalén, a la confusión de lenguas el don maravilloso de hablar otras lenguas. Hablar una lengua extraña, entenderla, traducirla a la propia, es restaurar la unidad del comienzo”. Por tanto, a la homogeneización debemos oponer el pluralismo, y a la solidaridad comunitaria debemos oponer el cosmopolitismo. El cosmopolita es ciudadano del mundo no porque el mundo sea homogéneo, tampoco lo es porque el mundo tenga un régimen político y económico único (lo cual tampoco es deseable); es ciudadano del mundo porque se percata de su inmensa pluralidad y busca siempre comprender a los que le son distintos. No ve en la pluralidad un mal, sino una oportunidad: una que le llena de curiosidad y que le puede permitir su progreso moral. Quizá sea Michael Ende quien de mejor manera retratara la virtud cosmopolita: “Yo (…) me alegro de que haya otros que son diferentes de mí. Así, el mundo se vuelve para mí más rico y polícromo. A mí, todo lo ajeno me llena del mayor interés, y hasta de una casi erótica curiosidad. A las mujeres también las encuentro atrayentes no porque sean iguales a mí sino precisamente por ser distintas a mí. Ese ‘ser-diferente’ yo no quiero ‘tolerarlo’, quiero conocerlo: incluso -o, sobre todo en este caso- cuando sé a priori que nunca llegaré a comprenderlo del todo”.

La pluralidad también es permitida y fomentada por la organización misma de algunas de nuestras sociedades. El Estado es -y cuando no lo es, debe serlo- garante de la libertad de conciencia: “Una preciosa facultad interna para indagar sobre las bases éticas de la vida y sobre su sentido último” (en palabras de Martha Nussbaum). Mientras defendamos la libertad de conciencia de los individuos, el pluralismo no sólo será un bien deseable, sino un bien inevitable.

[email protected] | /gensollen | @MarioGensollen

 

The Author

Mario Gensollen

Mario Gensollen

No Comment

¡Participa!