Opinión

Populismo comunicativo / El peso de las razones

 

En uno de sus tropiezos canadienses -sí, esos que causan un poco de vergüenza ajena- Enrique Peña quedó enfrascado en una especie de debate con el presidente Obama. Como que no quiere la cosa, Obama parecía corregirle la plana con respecto a su concepción del “populismo”. No me interesa entrar en detalles del incidente particular, pues me parece que lo único que sucedió fue una combinación de trifulca lingüística (en particular un tipo de reyerta de las que no nos llevan a ningún lado; un “lindo desarreglo de epitafios”, diría Shakespeare), y una confusión oportunista: así como Obama tenía planeado atacar a los republicanos con respecto a sus eternas despreocupaciones sociales, Peña buscaba llamar la atención con respecto al peligro que él considera se avecina en 2018 (Morena y el ascenso del posicionamiento político en el ámbito nacional de Andrés Manuel López Obrador). Lo que sí me interesa es el populismo como tal, así como hacer algunas distinciones (se sabe, los filósofos amamos hacer cuantas distinciones sean posibles, mea culpa).

Se pueden considerar populistas tanto acciones no lingüísticas como acciones lingüísticas: en breve, se puede considerar populista algo que se dice o algo que sin decirse se hace. Sobre el populismo de acciones no lingüísticas, es decir sobre el populismo de políticas públicas específicas, así como sobre el populismo ejercido por las acciones de individuos concretos, pienso que no hay mucho más que decir que lo dicho por Enrique Krauze en Letras Libres: “El populismo es el uso demagógico de la democracia para acabar con ella”. Los líderes populistas, los mesías tropicales, como el propio Andrés Manuel, pero también como Hugo Chávez, Maduro e incluso el último Fidel, por mencionar algunos casos más que evidentes, terminan alentando el culto a su persona, banalizan la política y toman tan en serio su papel político que terminan olvidando la seriedad que implica guiar los derroteros de un país. Ni la izquierda ni la popularidad son de suyo populistas, aunque puedan serlo. La izquierda actual se caracteriza esencialmente por una creciente preocupación en torno a la desigualdad: “La desigualdad es una violación de la dignidad humana porque niega la posibilidad de que todos los seres humanos desarrollen sus capacidades. La desigualdad toma muchas formas y surte muchos efectos: muerte prematura, mala salud, humillación, sujeción, discriminación, exclusión del conocimiento o de la vida social predominante, pobreza, impotencia, estrés, inseguridad, angustia, falta de orgullo propio y de confianza en uno mismo, sustracción de oportunidades y de chances vitales” (Göran Therborn dixit). Tanto Obama y Trudeau, así como Bernie Sanders son de izquierda, pero no son populistas. Por otro lado, suele ser popular en algunas sociedades occidentales abanderar las causas de algunas minorías y abrazar valores progresistas. Tanto Obama, Trudeau y Sanders son progresistas, pero no son populistas. ¿Qué caracteriza entonces al populismo? Quiero pensar ahora en el populismo de las acciones lingüísticas propiamente dichas.

Cuando hablamos siempre hacemos algo. Cuando nos comunicamos no sólo ponemos etiquetas a cosas y eventos: podemos insultar, jurar, prometer, elogiar, criticar, bendecir, abjurar, claudicar, etc. En este sentido, cuando hablamos o escribimos (cuando tratamos de comunicarnos incluso sin hacerlo) decimos algo y tratamos de hacer algo con lo que decimos. Si digo a uno de mis alumnos “Hace mucho ruido fuera del aula”, ciertamente describo una situación con estas palabras, pero también puedo tratar de hacer algo: por ejemplo, solicitar que se levante y cierre la puerta del salón. Tanto digo algo, que afuera hace mucho ruido, como hago algo: pido que cierre la puerta. Hasta aquí, cuando nos comunicamos hay dos niveles: el nivel de lo que se dice y el nivel de lo que se trata de hacer con lo que se dice. Pero hay un tercer nivel: lo que se trata de causar con lo que se dice. Quizá mi alumno entiende perfectamente que le acabo de solicitar que cierre la puerta, pero le da pereza y no lo hace.

Así, con estos tres niveles comunicativos en mente, podemos señalar lo que caracteriza al populismo comunicativo. El populista sólo se interesa por el tercer nivel: no le importa mucho lo que dice, tampoco le importa mucho lo que hace cuando lo dice, le importa lo que causa con lo que dice. Para detectar al populista debemos fijarnos principalmente en los primeros dos niveles comunicativos: lo que se dice, por qué se dice, cuáles son las razones que apoyan lo que se dice y lo que se trata de hacer con lo que dice suelen estar descuidados. El populista es un maestro del pathos (de generar emociones en sus auditorios): Andrés Manuel, Trump y Maduro enardecen multitudes con discursos huecos, carentes de razones, atestados de argumentos aparentes repletos de adjetivos. Por el contrario, Sanders, Obama y Trudeau son maestros del logos y el ethos: en sus discursos no escasean los argumentos, muchos de ellos sólidos y contundentes. Eso genera ethos (confianza, empatía): eso los hace populares, no populistas. Confundir ethos con pathos nos lleva a innumerables cegueras.

Peña no es populista ni popular. Cuatro años y medio de su mandato sólo han revelado su profunda incompetencia como estadista. México necesita para 2018 una izquierda popular, que genere confianza y empatía en la ciudadanía. No obstante, no tenemos muchas opciones.

 

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Mario Gensollen

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