Opinión

Ciudad Juárez, sismógrafo de México / Taktika

Ciudad Juárez, Chihuahua. Año de 1966. Impulsado por su amiga Mercedes, un joven tímido y amanerado, de físico menudo, se aproxima al estrado del bar Noa-Noa. Venciendo su nerviosismo, Alberto Aguilera Valadez entona, acompañado por Los Prisioneros del Ritmo, la melodía Adoro, del cantautor yucateco Armando Manzanero.

El antro Noa-Noa, tabernáculo dedicado a Baco, Eros y Euterpe, “un lugar de ambiente donde todo es diferente”, será el criadero en donde germinara el artista que exclamará con orgullo su identidad erótica y llegará a ser conocido como El Divo de Juárez.

La escena arriba descrita sirve como prólogo al presente artículo, el cual pretende explicar por qué Ciudad Juárez, la patria adoptiva de Alberto Aguilera Valadez, ha sido el sismógrafo de México.

Para el diccionario Larousse, sismógrafo es “un aparato muy sensible destinado a registrar la hora, duración y amplitud de los sismos”. La primera vez que Ciudad Juárez devino en el sismógrafo de México ocurrió durante la Intervención Francesa.

Tras la victoria del 5 de mayo de 1862 y de la defensa numantina que hiciera, en la primavera de 1863, el Ejército de Oriente de la ciudad de Puebla, el presidente de la República, Benito Juárez, ordenó trasladar los poderes de la Unión al interior del país. Después de vagar por San Luis Potosí, Monterrey, Durango y Chihuahua, Juárez, acosado como un animal salvaje por los franceses y los traidores, ordenó trasladarse al último jirón de territorio nacional: Paso del Norte.

Tras atravesar los médanos de Samalayuca, el Gobierno de la República arribó a Paso del Norte, en donde estableció la sede del Poder Ejecutivo. Este evento motivó la difusión de rumores respecto a que Juárez había cruzado la frontera con la Unión Americana, abandonando el territorio nacional. Para su gloria eterna, el Benemérito rechazó esa opción.

Después, gracias a la resistencia de los patriotas como Porfirio Díaz, Mariano Escobedo, Vicente Riva Palacio, entre otros, y el cambio en el entorno internacional, Juárez abandonó Paso del Norte para dirigirse al centro del país y bajar el telón de esa epopeya, que fue la Intervención Francesa, en el Cerro de las Campanas.

El presidente de la República Porfirio Díaz,  decretó, queriendo honrar la gesta del zapoteca de rostro pétreo que llevaba a México en aquel mítico carruaje negro, en 1888 que Paso del Norte se convirtiera, con justicia, en Ciudad Juárez.

Ciudad Juárez volvería a su condición de sismógrafo de la vida nacional en 1911, cuando las fuerzas revolucionarias de Francisco I. Madero sitiaron la urbe. El 10 de mayo de 1911, los maderistas, acaudillados por Pascual Orozco y Francisco Villa, lograron el primer gran triunfo de la revolución. La debacle obligará a Díaz a negociar con Madero. Fruto de ellos serán los Tratados de Ciudad Juárez, mediante los cuales Díaz renunció al poder, terminando así al régimen que había gobernado desde 1876.

En la segunda mitad de la década de 1960, Antonio J. Bermúdez, exalcalde de Ciudad Juárez, tuvo la visión de industrializar a la frontera mediante la maquila, el sistema de producción que requiere del trabajo manual. En la periodo de 1970 a 1980, la industria maquiladora en Juárez empleaba a 36 mil personas, cifra que alcanzó el cuarto de millón al término del siglo XX.

Curiosamente, fue un estadounidense: el escritor Charles Bowden quien se convertiría en el bardo de Ciudad Juárez. Para Bowden, la urbe fronteriza significaba que “la globalización está aquí desde hace 30 años”.

El sismógrafo juarense detectó un movimiento telúrico que habría de conmocionar y horrorizar a México y al mundo: en enero de 1993 empezaron a ser encontradas los cuerpos de mujeres jóvenes, las cuales parecían haber sido sometidas a una liturgia perversa: el seno derecho seccionado y el pezón izquierdo extirpado a dentelladas.

Pronto una mezcla tóxica de: la industria maquiladora, el machismo, la negligencia gubernamental,  los rituales satánicos, el tráfico de drogas y el crimen organizado hizo que lo ocurrido en Ciudad Juárez fuera “un aviso de la barbarie que estaba a punto de cernirse sobre esta ciudad, y profecía de lo que luego ocurriría en el país entero.”1.

Si bien el narcotráfico en Ciudad Juárez data de la tercera década del siglo XX, esta práctica delictiva alcanzó su cúspide con Amado Carrillo Fuentes, El Señor de los Cielos, líder del Cártel de Juárez, responsable de introducir más del 70 por ciento de la cocaína consumida al norte del río Bravo.

Ya durante la primera década del siglo XXI, Ciudad Juárez se convirtió en uno de los puntos álgidos de la llamada “Guerra contra las drogas” emprendida por el belicoso Felipe Calderón. En el caso de la urbe fronteriza, el episodio más doloroso fue la masacre de Villas de Salvárcar, en donde 16 estudiantes fueron ejecutados.

Para Charles Bowden, Ciudad Juárez se metamorfoseó en el “gran fracaso de Occidente”; para el poeta Javier Sicilia, fue el “epicentro del dolor”.

Ciudad Juárez, el sismógrafo de México, es mucho más que Alberto Aguilera Valadez, uno de nuestros artistas más grandes, y, sin embargo, fue su hijo adoptivo quien siempre se enorgulleció y promovió a su patria chica, pues “me gusta mucho estar en la frontera, porque la gente es más sencilla y más sincera… aquí es todo diferente… en la frontera, en la frontera, en la frontera”.

Aide-Mémoire.- ¿Cuál fue el quid pro quo entre los Estados Unidos y Turquía?

 

  1. – Raphael, Ricardo. El Otro México: un viaje hacia el país de las historias extraordinarias. Editorial Planeta Mexicana, México, D.F., 2011, p. 493-494

                                                                                                                                                      


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Soren de Velasco Galván

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