Opinión

El cura de Chilpancingo / Tlacuilo

El cura de Chilpancingo se quiere deschilpancingar; el que lo deschilpancingare será un gran deschilpancingador. Este trabalenguas, que hacía desternillarse a Josefina cuando terminaba profiriendo las insolencias que tanto condenaba en los chorreados del taller mecánico que estaba frente a la puerta trasera de la casa, lo usábamos los adolescentes para enseñarles a pronunciar el español a las gringuitas que llegaban a pasar las vacaciones en el pueblo quieto que era la ciudad de Aguascalientes a la mitad del siglo XX y a la vez para burlarnos de su desconcierto cuando quienes las rodeaban prorrumpían en carcajadas.

Pero antes de continuar, aprovecho la reminiscencia del callejón para sacar a relucir una cápsula histórico-nostálgica: estaba entre las calles de José María Chávez y Colón, al oriente del mercado designado con el nombre del célebre médico y honesto político liberal Isidro Calera, a su vez entre Colón y Dr. Jesús Díaz de León; ambos, callejón y mercado se construyeron hacia 1890 sobre una bóveda colocada sobre el arroyo de Los Adoberos; le llamábamos coloquialmente “el mercadito”, para diferenciarlo del “mercado grande” que era el mercado Jesús Terán, inaugurado nueve años antes por el gobernador Rafael Arellano; hacia 1966 se demolió bóveda y mercado para entubar el arroyo con un diámetro insuficiente, razón por la cual el arroyo se apropia de la Avenida López Mateos cada vez que llueve.

Ahora sí regresemos a nuestro trabalenguas: cuando el imperio español se apoderó de la mayor parte del Continente al que le impuso el nombre de Americo Vespucio, pretendió borrar todo rastro de las culturas originales imponiendo el idioma español y la religión católica; no lo logró completamente, porque todavía cuando estuvo en esos países, había algunos en los cuales ningún ciudadano podía ser electo presidente de la República si no hablaba los idiomas autóctonos más generalizados aparte del español; por ejemplo el Quechua en Perú; el Quechua y el Aimara en Bolivia y el Guaraní en Paraguay. En México no llegamos a ese extremo, pero sí hay muchas palabras de las lenguas originarias que utilizamos hasta la fecha; una de ellas es la del trabalenguas: Chilpancingo que, según el diccionario, conforme sus raíces náhuatl significa: chilpan (de las avispas rojas) y tzinko (lugar), es decir, lugar de las avispas rojas; y en Aguascalientes no nos faltan: por ejemplo Tepezalá, de tepetl (cerro o montaña) y tsalan (lugar entre), es decir, lugar entre cerros.

El hecho es que con el trabalenguas se aprenden muchas cosas a la vez, lo cual es muy de la manera de ser del mexicano, que frecuentemente usa las palabras en dos o más sentidos; así conseguíamos, en primer término, burlarnos a costa de la ingenuidad o ignorancia de nuestras víctimas; sin embargo, en segundo término, les enseñábamos a las gringuitas a pronunciar algunas palabras en español (mediante esta útil técnica didáctica idiomática involuntariamente practicada por nosotros); en tercero, aprendían que nuestro idioma mexicano está formado, aparte del español, por otros como el náhuatl; en cuarto, aprendían también el o los significados más usuales de alguna picardía como la del verbo chingar, en la que involuntariamente caían por la dificultad del trabalenguas, lo que les permitía evitar que las siguieran sorprendiendo; y aunque sin proponérnoslo, este quinto sentido también lo conseguíamos.

Ahora bien; en esta ocasión entramos a una sexta función de este trabalenguas aprovechando la expresión el cura de Chilpancingo, el que nos introduce en el tema de moda, que es el del morbo promovido por algunos obispos:

No voy a entrar al juego de la ofensa porque no es mi estilo; ni al escatológico porque le tenga miedo, sino por respeto a su feligresía, pues me parece francamente grotesco en labios de los purpurados que se supone deberían mostrarles el camino de la perfección espiritual, pues como lo cita su libro sagrado, “Mi reino no es de este mundo”.

Sin embargo cabe aclarar que, a mi manera de entender, el problema esencial no es tanto lo que dicen, sino cómo lo dicen; pues si respetaran tanto otro mandato evangélico “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, como el constitucional que congruente con el anterior les prohíbe mezclar la política con la religión, se bajarían del púlpito y se presentarían en la plaza pública sin ínfulas, sotana, mitra, báculo ni cargos rimbombantes, pues con su simple calidad de ciudadanos tienen la libertad de expresar lo que se les antoje siempre y cuando respeten el derecho ajeno, con lo que queda claramente demostrada la mentira que han inventado en el sentido de que el Estado limita su libertad de expresión.

La doble moral de la curia que se espanta de los homosexuales que siempre han existido fuera de ella queda, como dicen los españoles, con el culo al aire cuando aparenta ignorar no solo a los homosexuales que tiene adentro sino también a los esos sí delincuentes que son sus propios pederastas.

Bien les vendría empezar por corregirse a sí mismos y reconocer los graves errores de su caduco sistema, para que sus feligreses empiecen a recuperar la confianza en ustedes. Y recuerden que no como dignatarios religiosos pero sí como ciudadanos, tienen la más amplia libertad de sugerir, proponer, criticar y exigir cuentas al gobierno, igual que todos nosotros.

“Con unidad en la diversidad, forjemos ciudadanía”

Aguascalientes, México, América Latina

2016, año de Jesús Terán y Jesús Contreras

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Netzahualcóyotl Aguilera R. E.

Netzahualcóyotl Aguilera R. E.

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