Opinión

Hitchcock: el caso Paradine / Cinefilia con derecho

 

Como apuntan muchas críticas, es cierto que El caso Paradine (The Paradine case, 1947) no fue una de las mejores cintas de Alfred Hitchcock, pero hasta una obra menor de un cineasta de la altura del autor de la mítica Psicosis (1960) es una obra digna de admirarse, máxime cuando tiene visos de thriller judicial mezclado con una historia de amor tórrido, la señora Paradine, mujer de alcurnia en Londres, es acusada del asesinato de su marido, lo que sigue es netamente hitchcockiano: intriga, traición, surgimiento de amor entre el abogado y la viuda, la actriz de inconmensurable Alida Valli, italiana del cine de mediados del siglo pasado.

Hitchcock, dentro de su vasta cinematografía, trata en múltiples ocasiones los temas judiciales, como si el maestro del suspenso comprendiera el terror que provoca en el hombre común y corriente el proceso judicial, sobretodo tratándose de causas relacionadas con el mayor poder del Estado, la posibilidad de recurrir a la pena corporal, privar de la libertad a través de un proceso penal. Explota, en este sentido, las más posibles situaciones de estrés, miedo y en general todos los estados de ánimo relacionados con la posibilidad de terminar en la cárcel, siendo sus favoritas dos situaciones, ya el inocente que es perseguido por un crimen que no cometió (Sabotaje, 1942; Para atrapar al Ladrón, 1955 y Falso culpable, 1956) o asesinos que buscan las coartadas perfectas, siempre con la única finalidad de salir impunes y limpios de todos los crímenes que cometieron (La sombra de una duda, 1943 y Crimen perfecto, 1954).

Esos dos extremos analizan la miseria humana, más centrada a la conciencia que con la verdadera posibilidad de estar en prisión, de facto, en la mayoría de las cintas del autor serán pocas las veces que el hombre se enfrente con los tribunales, al director inglés le encanta jugar con el azar y las posibilidades de triunfo de los malos, con el resquicio del culpable para escapar; nunca veremos en sus cintas algún fracasado que se sienta de antemano condenado, todos encuentran una salida, un estratagema siempre vinculado con el engaño de todos los involucrados, ya sea la defensa, los testigos, el juez e incluso el propio protagonista, que llega a creer que es inocente. Reconoce a la perfección que el aparato judicial no es instrumento subjetivo de justicia, sino una aplicación objetiva de los hechos demostrados, y las normas que les son aplicables, así es la justicia de los hombres, por ello la conciencia, pero sobretodo el estrés del criminal, asumen un papel relevante a la hora del juicio. Subrayamos que sólo son los hechos demostrados, de esta suerte el cine norteamericano, y en general el sistema de justicia que ellos adoptan, asumen una visión que aísla al tribunal y al juez, después de todo, ellos sólo tendrán que hacer caso de la verdad histórica.

“¿Voy a seguir oyendo frases de estúpida conmiseración hacia todos los canallas hombres o mujeres?”  le dice el Juez a su esposa cuando, al enterarse del caso Paradine, intercede por la viuda “La compadezco -le insiste- ¿Quién necesita de compasión más que la que ha pecado?”. Responde el juez: “¿Olvidas siempre que el castigo es la consecuencia del delito y absolutamente necesario?” y la mujer remata: “Ya nos castiga bastante la vida ¿no crees?” Este debate entre la moral y el derecho ejemplifica perfectamente este aislamiento entre la justicia de los hombres, vinculada estrictamente a lo que se demuestra en el sumario, y la verdadera justicia, aquella que hurga en lo moral y que tanto se debate en este país ¿Hasta dónde podemos castigar a un criminal que toda su vida sufrió en la pobreza, la violencia y la injusticia?

Si de forma directa los procesos judiciales aparecen en unos cuantos de los filmes de Hitchcock, los efectos omnipresentes del poder punitivo del estado lo estarán siempre, como la espada de Damocles, oscilando en la cabeza de los protagonistas, en su mayoría criminales, los ajustes de cuentas siempre estarán ahí, como en Sabotaje, donde el inocente atrapa al criminal justo en la cima de la Estatua de la Libertad, como si libertad no pudiera separarse del sistema punitivo.
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Rubén Díaz López

Rubén Díaz López

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