Opinión

La Universidad Panamericana, el plagio y la tibieza / El peso de las razones

Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca.

Apocalipsis 3:16.

 

El domingo 28 de agosto, la página oficial de la Universidad Panamericana emitió un nuevo comunicado, lacónico como el anterior, aun más timorato, en el que se zanja el asunto del plagio de Enrique Peña Nieto. Apelando a un estricto formalismo burocrático, cercano al de muchas abogadas y abogados, aunque lejano al espíritu humanista de la institución, informa lo que ya nos había dicho el grupo de investigación periodística de Carmen Aristegui el domingo pasado: hubo plagio. Sin embargo, parecen reducir el incidente -como Eduardo Sánchez, vocero de la presidencia- a simples errores de estilo, errores cognitivos que involucran el uso de comillas, algunas ambigüedades y poco más, y no a lo que es en verdad: deshonestidad intelectual de primer orden, un yerro moral.

El martes pasado escribía en este espacio lo que eran mis expectativas y las de muchas exalumnas y exalumnos de la Universidad Panamericana, así como las de cientos de miles de ciudadanas y ciudadanos: que se investigara de manera profunda el caso, que se retirara el grado de licenciatura a Enrique Peña en caso de resultar culpable, que se investigara y sancionara al Dr. Guerrero (director de la tesis,) que todo esto se hiciera a la brevedad y que se informara de manera detallada del proceso a la opinión pública. Nuestras expectativas no se han cumplido, por lo que quisiera agregar algunos detalles a mi columna del martes pasado:

  1. Aplaudo que las autoridades de la Universidad Panamericana tomaran cartas en el asunto con la prontitud que requería el caso. No aplaudo el que muchas de sus académicas y académicos, así como algunos alumnos (en particular el presidente de la sociedad de alumnos de la Facultad de Derecho) minimizaran el asunto y cambiaran de tema. Me parece penoso que una de las facultades de Derecho que (en apariencia) toman más en serio el tema de la argumentación jurídica no fuese capaz de reconocer que el plagio va mucho más allá que problemas de calidad académica del documento que presentó para titularse Enrique Peña en 1991. También, en muchos casos, cambiaron de tema: recalcaron el amarillismo de Aristegui y su equipo antes que ocuparse decididamente de un problema grave; confundieron un problema que involucraba al ahora presidente de México, a sus asesor y a sus lectores de tesis con un ataque a los alumnos, exalumnos e investigadores de la Universidad Panamericana. Les faltó en esta semana un poco de humildad intelectual, una virtud que permite acercarnos a la verdad, ese tesoro tan preciado que la institución inculca a amar a su alumnado. También, más de alguno generalizó el plagio: el que esté libre de pecado que lance la primera piedra, leí. La respuesta pertinente de un colega no se hizo esperar: pensar que el plagio es generalizado habla más de la estatura intelectual y moral de quien así piensa que de una realidad en la que miles nos esforzamos por escribir una tesis bien pensada, estructurada y original.  
  2. El plagio cometido por Enrique Peña denota intención, no simple descuido. Este hecho nos permite distinguir entre un error cognitivo y uno moral. La diferencia es de suma importancia. Académicas y académicos que dirigimos año con año tesis de licenciatura y posgrado comprendemos con claridad prístina la diferencia: no se trata de comillas omitidas o mal colocadas. Eso nos sucede a todos, también a las editoriales que publican nuestros trabajos. Los descuidos y los errores que suscitan son humanos. El plagio es un asunto muy distinto, uno de índole moral. Es un robo, una mentira, un engaño. La autora o el autor presentan una idea, una conclusión de un experimento, una investigación, un texto en partes o completo…, ajeno como si fuese suyo. Denota pereza en el mejor de los casos; en el peor, corrupción crasa. Lo señalé la semana anterior: dada la cantidad de párrafos, así como la forma en la que están entremezclados con citas correctas e incorrectas, podemos saber con toda certeza que el joven Peña en 1991 tuvo la intención de usar párrafos de manera deshonesta de otras obras para concluir el trámite de su titulación. Quizá simple incapacidad intelectual, quizá pereza, quizá despreocupación lo motivaron. Es lo de menos. De lo que podemos estar seguros es de que Enrique Peña es un fiel reflejo del mal que viven nuestras instituciones de educación superior y nuestro país. Las primeras se han movido a un esquema empresarial que las vacía de contenidos y las aleja de su misión fundamental. Por su parte, en nuestro país se ha trivializado la tranza, el moche, la propina indebida, el tráfico de influencias, y -cómo olvidarlo- el conflicto de intereses (las Casas Blancas y los departamentos en Miami). Como señala Enrique Serna, la moral pública mexicana es laxa y permisiva con la corrupción, pero, paradójicamente, severa y pacata en cuestiones de moral familiar (la marcha del 24 de septiembre en contra del matrimonio igualitario merece una columna aparte). Con pena veo que la Universidad Panamericana también es un fiel reflejo de nuestra realidad. Que el argumento para deslindarse de retirar el grado a Peña sea que ya está titulado nos deja una lección: para la Universidad Panamericana importan ya más los criterios que el criterio, algo contrario a lo que aprendí en sus aulas. También debería dejarles otra a sus futuros egresados, en especial a los de su nueva licenciatura en Gobierno y Políticas Públicas: el problema no es ser deshonesto intelectualmente, el problema es ser detectado antes de que te entreguen el título y la cédula.
  3. Como exalumno de la Facultad de Filosofía de la Universidad Panamericana reconozco su calidad académica mientras me formé en sus aulas. Mi formación durante mi primaria y secundaria en el Centro Escolar Cedros (instituciones hermanas de la Universidad), así como en la Universidad Panamericana Preparatoria y en la Universidad Panamericana es al día de hoy un gran regalo que conservo y que día con día aprecio y recuerdo con respeto y cariño. Gracias a esa formación realicé con soltura mis estudios de maestría y doctorado en la Universidad Nacional Autónoma de México. No sólo eso: muchos de mis colegas y amigos más preciados trabajan como investigadores en dicha universidad. Todos ellos tienen y merecen el prestigio que poseen en el ámbito nacional e internacional, y este incidente no minimiza ni pone en entredicho a las personas. Por desgracia, hago en este espacio eco de las reacciones que he leído de muchas de mis compañeras y compañeros durante mi licenciatura, tanto de las entonces Facultades de Filosofía, Derecho, Pedagogía, Medicina y algunas ingenierías, todas y todos profesionistas de primer nivel: nos avergüenza hoy nuestra alma mater. Muchos de nosotros, exalumnas y exalumnos del Dr. Carlos Llano, fundador de la Universidad Panamericana, a quien ante todo le aprendimos una ética incorruptible y humana, nos preguntamos qué pensaría de las autoridades que ahora deciden en México y Roma los derroteros de la institución. ¿Por qué han actuado las autoridades de esta manera? Sólo puedo remitirlos a este excelente análisis de mi estimado colega y amigo Jorge Morales (http://goo.gl/I7HEZE), que ahora termina su doctorado en la Universidad de Columbia, en el que se pregunta si el rector José Antonio Lozano será un David o un mediocre Gatopardo. Ya sabemos la respuesta. Por desgracia pesó más el futuro económico de la institución que sus principios, ésos que tanto presumen dentro y fuera de Mixcoac. El pecado de las autoridades de la nueva Universidad Panamericana es, sin duda, la tibieza.

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1 Comment

  1. Carlos Blanco
    02/09/2016 at 21:03 — Responder

    La UA es una vergüenza, no sorprende, hoy día cualquier institución se dice de calidad, sin serlo. A pesar de que se empeñen en decir lo contrario, siempre acaba por saberse en el momento de la verdad.

    Las decepciones son muchas, difícilmente hay alguna frase que calme la sensación de traición de gobernantes, instituciones de gobierno, educación, policía, y lastimosamente nuestro ejercito que masacra ciudadanos como si esto fuera una película de terror.

    Anden pues, licenciados de “La Universidad Patitoamericana”, ya se encargara el tiempo y los mexicanos de poner en el lugar que le corresponde al Opus Dei, muy abajo.

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