Opinión

Los mensajeros embriagados / Disenso

 

Chris Buskes reporta una historia contundente: una especie de alce norteamericano tenía la cornamenta más magnífica que podemos imaginar. Desapareció en una extinción casi fulminante durante una era de hielo. Los machos murieron degollados por el peso de sus propias cornamentas.

Paso un buen tiempo de mi día en Internet. He cambiado mucho tiempo de lectura de libros o lectura de artículos, reseñas y comentarios, sobre todo por entender o tratar de entender de manera directa los fenómenos meméticos. Creo que ahí está una tarea interesantísima y una veta sin fin para sociólogos y psicólogos que quieran seguir la pista de nuestro pensamiento más o menos amalgamado por la interacción mundial de las clases medias.

Algo de teoría: estudiosos de la evolución como O. Wilson y Dawkins pensaron hace un par de décadas que podríamos aspirar a una teoría análoga sobre la evolución ya no para organismos biológicos sino culturales. Concluyeron que las tesis aplicadas a la vida: competencia, replicación y selección podrían también ceñir nuestros cambios culturales: alguien escucha una larga tanda de chistes en una fiesta, luego, seguramente recordará los más exitosos (los que más causaron gracia), y comenzará a contarlos en ocasiones posteriores, es probable que con algunos cambios -ya sea por ejecución imprecisa o por introducciones que iban generando mejores reacciones (casi ensayo/error)- los chistes empiecen a transformarse y que quien los escuche posteriormente también incorpore esos cambios. Así, la información también se somete a presión selectiva, ya que compite, es privilegiada para mantenerse y deja nueva descendencia con variantes.

Por esa misma época, Dawkins había propuesto un modelo evolutivo que en principio causó revuelo pero que, dado que tenía mayor alcance explicativo que los acercamientos del propio Darwin (sin mucha información que se gestó en el siglo XX) o de otros como Barash, terminó de a poco por incorporarse a la nueva síntesis: a saber, que no es el individuo (como pensaba Darwin) ni la especie o grupos de la especie (como pensaba Barash) sino el gen el que se selecciona y el que “lucha” a costa de lo que sea por seleccionarse (incluso de su portador): lo llamó el gen egoísta. La teoría análoga la construyó Susan Blackmore sobre los memes: para la información tampoco importa el portador, sino replicarse. Somos presa de los replicadores, tanto que estamos en el límite al nacer con cerebros muy grandes (listos para replicar información) combinados con una peligrosa indefensión y una dificultad mayor para el parto natural que otras especies (quitando las que fueron seleccionadas artificialmente).

Una confusión no poco común es la idea de que, en la evolución biológica, sobrevive el más fuerte y esto se traduce como si fuera “el mejor”. Esto es falso. Sobrevive el mejor replicador. Pero mejor consiste únicamente en qué tan rápido pueda copiarse, y repito, incluso a costa del portador. En la memética sucede lo mismo: no hay criterio moral, estético o epistémico para establecer qué meme es el mejor, la ideas que permanecen son aquellas que puedan copiarse más rápidamente. Seguimos caminando hacia una teoría que nos permita explicar por qué algunas ideas funcionan y otras no, o por qué mientras en una época algunas fueron desechadas fueron apreciadas en otras. Los diseñadores de moda, los productores musicales, los creadores de blockbusters intentan justamente lograr memes que sean óptimos en su replicación.

Vivimos la replicación de Harley Quinn, un personaje de cómic que originalmente representa a la mujer sumisa, ávida de relaciones complicadas y que hoy, de alguna forma, con sus pretensiones de bipolaridad, complejidad e histeria, es un éxito entre las jovencitas que al mismo tiempo se asumen como seductoras, incomprendidas y emancipadas. Vivimos la locura de Pokémon Go y algunos ya no tan jóvenes que siguen saliendo masivamente a las calles para una actividad que, vista con una pizca de imparcialidad, luce absolutamente infantiloide. Vivimos la moda del test de Nolan (¿en serio nos importa saber nuestra filiación política o sólo estar en donde todos están?). Vivimos la era del streaming y la llevamos al límite de aplaudir a quien “imparte justicia” humillando públicamente a ciudadanas y ciudadanos.

¿De qué estamos discutiendo y de qué replicadores nos volvemos mensajeros y portadores? La frenética sobreinformación hace que pongamos en la misma balanza un cúmulo absurdo de información que no podemos procesar ni discernir. Es cierto: tal vez ninguna generación había estado tan interesada (masivamente) en la información, tal vez ninguna generación había estado tan indignada por las injusticias de cualquier tipo, tal vez ninguna generación había expandido tanto su grito enardecido sobre las injusticias presidenciales o de otras y otros ciudadanos. Seguramente ninguna generación había sido tan rica en información, aunque al mismo tiempo nuestra generación sea más pobre que la de nuestros padres, aunque al mismo tiempo, no tengamos garantizados nuestros años de jubilación, aunque al mismo tiempo hayamos elegido la alternancia política y mantengamos o permitamos que se mantengan los vicios más viejos de los sistemas. Tengo la impresión pues de que la magnífica oportunidad de estar ultra informados y súper comunicados pierde su dimensión y su valía, cuando entendemos que el meollo del asunto es estar en la cresta de la ola. Participar del desenfreno, de la fiesta, del hashtag, sin importar si aportamos, entendimos o colaboramos en algo. Somos mensajeros embriagados de información. No tenemos tiempo de ponderar nada más. Parece que, como aquel alce majestuoso, hemos perdido la cabeza.
/aguascalientesplural

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Alejandro Vázquez Zuñiga

Alejandro Vázquez Zuñiga

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