Opinión

Masiosare / Ciudadanía económica 

 

 

Durante la segunda mitad de este año se desarrollan simultáneamente varios eventos de gran trascendencia global que tendrán como resultado una total modificación de los ejes socioeconómico y geopolítico del mundo.

En los escenarios factibles, cabe una posible derrota de la carta fuerte de los poderes en la sombra para la elección presidencial de los EUA. Estos no las tienen todas consigo; Europa ya no desea seguir manteniendo a la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte, creada por requerimiento de los EUA y con fuerte cargo al erario europeo). Tampoco continuar recibiendo a los refugiados que huyen de las guerras provocadas por los yanquis. Ya Turquía se ha pasado al lado de Rusia y China amenaza hacer efectivos los miles de millones de dólares norteamericanos que tiene en reserva antes de que no valgan ni siquiera por el papel en que están impresos. El mundo observa con asombro cómo la tecnología y estrategia militar de la renacida potencia ahora conocida como Federación Rusa, humilla a la armada estadounidense en el Mar Negro y a su ejército en el frente sirio.

A todas luces el equilibrio cambia y la economía global cambiará muy pronto. En México la población podría no continuar creyendo en las promesas neoliberales de quienes han mostrado estar más comprometidos con el poder económico allende nuestras fronteras que con el bienestar del pueblo.

En el mundo del siglo XXI el armamento nuclear está ya tan extendido entre tantos y tan opuestos países que si se estos decidieron utilizarlo en una guerra, se aniquilaría a todo el planeta. Es poco razonable para cualquiera de las partes utilizar su más avanzada tecnología militar en acciones ofensivas y de avance sobre territorios en disputa. Para ello las guerras modernas se sustentan en acciones de orden económico, de control de recursos y de inteligencia, comunicación e información. En estas condiciones globales, un país como México, con enormes reservas de recursos naturales y envidiable posición geopolítica, resultaría un muy apetitoso bocado a engullir por cualquiera de los grandes bloques en caso de no contar con una firme política internacional y sólidos principios de identidad nacional.

La situación política actual hacia lo interno en México, con tantos asuntos pendientes y temas altamente abiertamente impopulares en curso abiertos, repercute en una inusitada pérdida de confianza y falta de aceptación del gobierno establecido. Esto debilita la posición nacional en el actual entorno de cambios a nivel internacional. Incluso si los problemas que enfrenta el gobierno de Enrique Peña Nieto no fuesen por incapacidad propia sino inducidos por aviesos intereses de los poderes en la sombra desde el extranjero, requerimos urgentemente un nuevo enfoque de identidad nacional con alcance hemisférico.

Desde mediados del siglo XIX la política mexicana ha sido envenenada por poderosos intereses económicos desde el norte de nuestra frontera. La sujeción a degradantes condiciones de sumisión a cambio de reconocimiento -y provisión de armamento- para caudillos golpistas y presidentes espurios se extiende mucho más allá de los multicitados tratados de Mclane-Ocampo o de Bucareli. La historia patria alguna vez recogerá los acuerdos “en lo oscurito” que han tenido lugar en años más recientes, incluso en al actual siglo. Para no pocos es cuestionable la facilidad con que -en lo que va de la presente centuria- se han incorporado a nuestro marco legal tantas reformas y tantos cambios abiertamente favorables a los intereses industriales, comerciales y financieros de un muy reducido grupo de empresas internacionales.

El “más si osare” de la heroica frase de nuestro Himno Nacional ya no es un planteamiento condicional. Ya ha osado ese extraño enemigo profanar con su planta nuestro suelo y subsuelo. Incluso, a lo mejor no es tan extraño ni extranjero.

Nos es dable en este siglo adoptar el romanticismo decimonónico de hacer retumbar con cañones los centros de la tierra, ni ofrendar la sangre de los hijos de nuestra patria convertidos en soldados. La opción militar, por lo dicho antes, no está en nuestras manos. Tampoco nos servirá a los mexicanos destrozar en las redes sociales, azuzados por algún medio de comunicación, la reputación de nuestros políticos, por más encumbrados que hoy se encuentren en la pirámide del poder local.

De nada sirve en cualquier país cambiar gobernantes mientras no se modifique de fondo el sistema. Los tentáculos del omnímodo e impersonal poder tras la sombra que controla los monopolios internacionales, incluidos el de la banca y los energéticos, puede sustituir al manipulado capataz que vuelva a poner al servicio del Nuevo Orden Mundial (NWO) a cualquier gobierno después de que el coraje popular se haya desahogado destrozando a algún títere destronado.

Ante el cambio mundial que se avecina, la mejor opción que pudiera presentarse a nuestro país es la de ejercer, de una vez por todas, nuestra ciudadanía económica.

El primer paso sería dejar de hacer caso a los medios de comunicación oficiales y oficialistas a base de la cooptación presupuestal así como a la publicidad de tantos proveedores de bienes de consumo masivo que ni nos dejan bienestar económico ni, a menudo, nos benefician en cuanto a salud física, mental y emocional. El segundo, consumir lo nuestro: con tu consumo votas diariamente.

Nuestro nacionalismo se evidenció apoyando a deportistas en los pasados Juegos Olímpicos; nos emocionamos junto con ellos en sus esfuerzos y penurias por alcanzar la gloria olímpica. ¿No podríamos hacer algo similar por los millones de micro y pequeños productores que se esmeran por sacar adelante su emprendimiento junto con su familia? Nada nos cuesta apostar por lo propio. Y haciéndolo así, seamos mucho más críticos con la oferta política de los partidos. Tal vez así, antes del año 2018, podamos impulsar y fortalecer una opción más afín al interés nacional.

ciudadania.econom[email protected] | @jlgutierrez


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José Luis Gutiérrez Lozano

José Luis Gutiérrez Lozano

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