Opinión

El mito del mundo interior / El peso de las razones

Al final de Blow-Up (1966), Michelangelo Antonioni nos regala una escena que ha pasado a la historia del cine: de vuelta al parque en que la intriga del film comienza, el protagonista asiste a un partido de tenis escenificado por un grupo de mimos. Jugadores y público asistente -todos mimos excepto el protagonista- siguen atentamente la ida y vuelta de una pelota invisible entre uno y otro lado de un campo de tenis. La secuencia es larga: la cámara se detiene en los gestos de los jugadores y en el ritmo de los movimientos de cabeza de los espectadores. Cuando la vista de todos se dirige fuera del campo -indicando que la pelota ha caído fuera del alcance de los jugadores-, el protagonista la recoge y se las devuelve para que el juego prosiga. La escena es muda a excepción del ruido de una pelota invisible. Varios segundos después, el fotógrafo desaparece, se hace invisible, es un objeto que se desintegra como si hubiese sido expuesto a una ampliación fotográfica.

Quizá el punto de Antonioni con la escena era mostrarnos el juego entre la apariencia y la realidad, la verdad y la fantasía, entre lo que de hecho pasa y lo que podría haber sido, lo que en realidad sucede y lo que no sucede nunca. Sin embargo, dicha escena sirve para hacer una analogía. Imaginemos un momento -junto al pensador austriaco Ludwig Wittgenstein- las diferencias entre un juego de tenis con pelota y sin pelota: «Imagina este juego. Lo llamo “tenis sin pelota”: Los jugadores se mueven en una pista de tenis justamente como en el tenis, e incluso tienen raquetas, pero pelota no. Cada uno reacciona ante el golpe del otro como si, o más o menos, una pelota hubiese causado su reacción. (Maniobra). El juez, que ha de tener buen ‘ojo’ para este juego, decide en casos dudosos si una pelota dio en la red, etc., etc. Este juego a menudo tiene gran parecido con el tenis y es, a su vez, fundamentalmente diferente». En otro lugar, Wittgenstein realiza una analogía entre el tenis sin pelota y el hablar silencioso.

Pero ¿qué es exactamente lo que Wittgenstein tiene en mente en el ejemplo citado? Pues que la diferencia entre lo que consideramos parte de nuestro mundo interno y lo que constituye al mundo externo a nuestra mente es análoga a la diferencia entre el tenis con pelota y el tenis sin pelota: dicha diferencia se puede establecer a partir de sus relaciones conceptuales. Como en el tenis sin pelota se requiere que el juez juzgue de manera distinta las acciones en la cancha (una diferencia conceptual con el tenis con pelota), se puede caracterizar una actividad interna por sus diferencias conceptuales con la misma actividad considerada externamente (e.g., la diferencia entre realizar un cálculo mentalmente y realizarlo en una hoja de papel).

Si la diferencia entre una actividad interna y una externa –e.g., hablar en voz alta y hablar con uno mismo- se da entre sus relaciones conceptuales, hemos de pensar que la significación de lo interno es conceptual, y no de otra clase, como la ha pensado la tradición. No existe como tal un mundo interno, un teatro en el que actores inmateriales juegan y representan una vida invisible a los ojos de los demás, y a la que sólo yo tengo acceso. Como el tenis sin pelota en efecto es parecido al tenis con pelota y a la vez es fundamentalmente distinto, lo interno está ligado con lo externo y a su vez es conceptualmente distinto. Llamamos “internas” a dichas actividades de manera metafórica. Por desgracia hemos creído literalmente en dicha metáfora.

Nuestra imagen ordinaria de la diferencia entre lo interno y lo externo, con respecto a lo mental, parece implicar una concepción de la mente en la que nosotros tenemos un acceso directo (y, por tanto, privilegiado) a nuestros estados mentales, mientras sólo tenemos un acceso indirecto a los estados mentales de los demás seres humanos. Es ésta una mitología depositada en nuestro lenguaje.

Pensarán que este problema es uno de aquellos que los filósofos ociosos nos hacemos y a nadie más que a nosotros interesa. No obstante, creer en un mundo interno como algo con una existencia y reglas distintas al mundo externo nos lleva a innumerables errores y confusiones en nuestra vida ordinaria y concepción del mundo; e.g., las personas no son en el fondo, en el fondo nada, las personas somos lo que hacemos y mostramos y nada más; el inconsciente de los psicoanalistas no es más que otra metáfora aun más rebuscada de nuestras acciones desatentas y nuestra memoria falible; la lógica de las y los celosos es imparable, buscan evidencias que nunca encontrarán, y las que encuentran nunca calmarán su hambre de pruebas; nada impide en principio que detectemos a los mentirosos; la comprensión entre los seres humanos es posible siempre, al menos en principio y con paciencia… Dado que el mundo interno no existe, al menos no como solemos imaginarlo, no existen las barreras, los hiatos y los muros que pensamos nos separan. Dichos muros los construimos nosotros mismos, nadie más es responsable. Vivimos en una época en la que no deberíamos olvidar que el mundo interno no es más que un mito.

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Mario Gensollen

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