Opinión

¡Pinche aguascalentense! / Esencias viajeras

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La noche está fría, camino por la Alameda serpenteando el escueto río, aquí voy con un paso vagabundo entre adoquines, árboles y bancas donde algunos enamorados demuestran fervorosamente sus instintos más carnales, huyen del frío. Paso el puente Pío Nono, camino cada vez más rápido tratando de quitarme este maldito frío que se obstina en entumirme y engarrotarme, pienso que necesito algo urgentemente caliente, un refugio y una bebida, con esta idea en la cabeza acelero el paso y cruzo rápidamente por Bellas Artes, atravieso el Mercado Central, solo, desolado, oscuro, su reloj marca cinco minutos antes de la medianoche en Santiago. A unos cuantos pasos el escenario cambia, unas pequeñas bombillas que brillan en la oscuridad como seductoras luciérnagas me anuncian algo, creo que es un espejismo, un espejismo incitado por el frío, un oasis de frío; ahí a lo lejos veo figuras extrañas que se contornean en la pared, se tiran al piso, se aproximan entre sí, al acércame compruebo lo que temía, son figuras humanas, pero quién puede estar con este maldito frío a estas horas afuera de un lugar si se puede estar adentro. Se sale a orinar, a pelear, a irse o simplemente a vomitar, más tarde lo sabría.

Arriba de la puerta un rótulo trazado a mano anuncia el nombre del lugar La Piojera, es un lugar de mala muerte pienso rápidamente, su pasillo de entrada lo hace parecer todavía más enigmático y aun no he dado ni siquiera un par de pasos, atravesado el umbral escucho música, es una cuequita chilena. A paso titubeante voy entrando, unos tipos malencarados me miran, me escupen con los ojos, menos mal que los ojos no escupen, acelero mi paso y llego a un patio central, rápido sé que estoy en malas manos y por eso decido quedarme. Una barra destartalada como en todo bar, cantina, congal o lugar de perdición que se digne de serlo es el epicentro, ahí se preparan los brebajes mágicos que convertirán a los sapos en gusanos y a las brujas en hadas, varios salones acorralan el patio y los adobes asoman en los muros, pero que mierdas hago describiendo el trazo o las formas del lugar, yo vine aquí a buscar calor, es lo malo de sentirse un poco cobijado, uno se aburguesa y empieza a pensar estupideces. Como bien dije, vine a buscar calor, pero debido a mi constante miedo a la locura asociada a la sífilis, claro está que no ese tipo de calor, al menos no esta vez.

Si bien el lugar no está vacío, tampoco está lleno, en algunas mesas parroquianos, en otras entusiastas jóvenes con bebidas extrañas, claramente observo extranjeros tomando fotos a sus platos y a sus bebidas y rápidamente moviendo los dedos sobre ese rectángulo que los tiene embebidos, ¡aquí no me voy a sentar!, volteo a los salones y me dirijo a un par, me vuelvo a encontrar a esos tipos que me habían bañado de asquerosa saliva imaginaria, no estaban solos, los acompañaban otros tipos y algunas mujeres no del todo agraciadas, me doy rápidamente la media vuelta y solo me queda sentarme en la barra. Acto seguido pido la carta, ¡pero si soy un idiota!, como se ocurre pedir la carta en este lugar, el tipo detrás de la barra me mira con una displicencia digna de cualquier político, no me siento mal, me siento un intelectual, ahí una voz grave y baja me dice, “eres de México”, volteo y veo un viejo recargado sobre la barra, es un viejo, intento calcularle rápidamente la edad pero no logro ponerle un número, tiene unos ojos negros profundos y caídos, no tristes, cansados, arrugas le tasajean la cara como si se tratara de surcos en una tierra árida, canas en las cejas, canas en una mala rasurada barba y canas que se asoman debajo de esa boina color azul cobalto que le cubre la cabeza, lo tapa un abrigo negro pesado y gastado por el sol, “eres de México” repite esta vez más fuerte, salgo de mi observación y respondo, sí, señor, soy de México, “lo supe, ese tono de ustedes no pasa desapercibido”, el tipo detrás de la barra al cual no voy a llamar barman por respeto, ya que sería una mariconada me dice si ya he decido que beber, estoy por responder cuando el viejo le contesta pausadamente “Ramón, tráele un terremoto aquí al charro”.

¿Quién es este viejo y que ha pedido por mi?, disculpe señor, cuál es su nombre, suelta inmediatamente una carcajada “pinches mexicanos, siempre disculpándose por todo y siempre tan educados, mi nombre no importa, me importa de dónde eres, escuincle, así se dice ¿verdad? escuincle, es un vocablo náhuatl ¿lo sabías?”, con estas palabras supe que ese viejo era alguien con el que tenía que tomarme esa bebida que acaba de llegar, un fuerte olor a alcohol y arriba de este algo similar a un helado, ¡es helado!, “este es el Terremoto chamaco, así se dice verdad chamaco, el Terremoto es nuestra bebida hecha con pipeño y eso de ahí arriba es helado de piña, algunos llevan Fernet, granadina y menta, mézclalo y dale un buen sorbo, a ver si tan macho”, de nuevo soltó la carcajada, parece que mi simple presencia le divierte, le estimula. “Pero no me has dicho de dónde eres”, le comento que nací en la gran Tenochtitlan pero que Aguascalientes, un pequeño estado del país, es mi segundo hogar, ahí vuelve su mirada hacia mí después de estar perdido en el Terremoto. “¡No la chingues!, de Aguascalientes, del lugar de la gente buena y la tierra…, ¡puta esta memoria!, de la tierra…”, de la tierra buena, contesto, “ah qué aguascalentenses” acto seguido otra carcajada. Tímidamente pregunto si conoce la ciudad, si ha estado en ella, me interrogo por este personaje en este lugar lisérgico.

“¡Ay, fiesta bonita, hasta el alma grita, viva Aguascalientes, que su feria es un primor!” canta con la voz en alto en mitad de La Piojera, la gente voltea a la barra, me palmea la espalda y me dice retadoramente con la malicia que da el alcohol, “conozco más de Aguascalientes que tú”, sentenció. Encarga otra ronda de Terremotos, le pide a Ramón un pernil -muslo de cerdo con papas cocidas- yo no lo pruebo. “¿Esta noche quieres hablar o quieres escuchar?, si quieres escuchar te cuento solo con una condición, mientras dure la historia durarán los Terremotos que tú pagarás al final de la noche”, acepto. “Yo conocí aquí en La Piojera a Juan Santiago Garrido, los dos nacimos en el hermoso puerto de Valparaíso, yo muchos años después, ¿no sabes quién es Juan Garrido verdad?” me mira con actitud alegre y tranquila como intuyendo que vendrá una noche llena de historias que mi ignorancia le cederá. “Juan S. Garrido Vargas fue el compositor de La pelea de Gallos, ese himno que ustedes allá tienen, sí, el compositor de la canción es chileno, Juan se fue a vivir a México como a los treinta años y allá se hizo famoso, fue el locutor de aquel programa La hora del aficionado en la XEW, en eso tan bonito que ustedes tuvieron y que nos gusto tanto acá, ¿cómo le llamaron?, ah sí, la Época de Oro”. Permanezco en silencio y con la boca cerrada, ¿quién es este personaje? Le doy un par de sorbos intensos al brebaje con helado, como algo de pernil.

“Te decía, Juan Garrido es muy conocido allá en tu tierra, bueno, por los expertos, la vieja guardia pues, de aquellos hermosos años 50, hasta conoció a Agustín Lara, el Hombre de Oro”, lo corrijo, el Flaco de Oro querrá usted decir, “¡dije el Flaco de Oro!” refunfuña y da otro sorbo, molesto, pero con una mirada complaciente continua, “quedamos que no me interrumpirás. Al maestro Garrido lo nacionalizó mexicano Miguel Alemán, escribió un libro de la música popular de tu país, pero lo más interesante al menos para mí es que le compró un piano a Agustín Lara o este se lo regalo no me lo recuerdo del todo, se conocieron en Veracruz ya que Garrido compuso también aquel maravilloso bolerito Noche de luna en Xalapa, que bonitos versos, noche de luna que huele a jazmín, cuando del pecho se escapa una queja para ti, allá en Jalapa una calle lleva su nombre, en la capital del país un parque, ¿en Aguascalientes que lleva su nombre?”, no supe contestarle, ni siquiera había escuchado antes esto, dudé por un instante de que un chileno compusiera La pelea de gallos, pero su seguridad es tal que no me queda más remedio que aceptarla, nada lleva su nombre, respondí, “qué ignorancia, qué lástima”, sorbió su trago, lo imite quedando mudo.

“¿Y como aguascalentense debes conocer a Oswaldo Barra Cunningham?”, vuelvo a otro sorbo, otra carcajada esta vez la más sonora inunda la barra, Ramón me ve, el viejo ve a Ramón y después a mí, “si está todo bien, nada más que aquí mi amigo mexicano, bueno de Aguascalientes, ni siquiera conoce a uno de los artistas chilenos más importantes que exportó este país, el gran Oswaldo Barra, el pintor de los murales del Palacio de Gobierno de tu ciudad, donde pinta los murales de La Feria de San Marcos, Aguascalientes en la historia, La Convención y La nopalera o algo así, otro maestro también amigo mío de aquí de esta piojera, mi querido Barra nació en Concepción, trabajo allá en México con Diego Rivera, le ayudó con los murales de Palacio Nacional y fue uno de sus aprendices, bueno yo digo colaborador más brillante hasta los últimos días del Sapo, el Sapo, ¿así le decían verdad?”, asiento con la cabeza.

“Ah qué mi escuincle aguascalentense, no sabe ni quién pintó aquellos bellos murales que en su época los mojigatos de esa ciudad querían borrar, por que Oswaldo había pintado unas putas o algo así, pues pintó el jolgorio de la feria, en donde los mojigatos se olvidan de rezar y se ponen a coger, ¿sigue igual la cosa?”, yo levanto expresivamente la cejas, “pinches, no saben de arte pero eso sí de cogedera, a mí Oswaldo me contó que hasta marchas hubo para borrar el mural, que los curitas fueron con las autoridades acompañados de los feligreses de buenas costumbres, los conservadores, que el mural los ofendía y que si no es por los críticos de arte de la capital que lo defendieron de los intolerantes e ignorantes que había en Aguascalientes, los murales los hubieran borrado, ¿ya no existe esa gente verdad?, Oswaldo me trajo un día un dibujito que me dijo hizo Rivera, el Sapo lo conoció acá en Chile en Lota, donde Oswaldo, de familia de mineros, ya era un artista importante, por esa época Rivera acababa de ilustrar el libro Canto General de Pablo Neruda, época difícil mijo” me ve paternalmente y apoya su mano en mi hombro, “época difícil aquella de mi querida Unidad Popular, ¡malditos cerdos fascistas!”, un odio y una profunda tristeza a la vez salieron de ese escupitajo que mandó al suelo de tierra, “pero sigamos, mi querido Oswaldo Barra pintó el Palacio de Gobierno de Aguascalientes, a mí me dijo que quería como los grandes muralistas hacer ahí en ese Palacio un arte al alcance público, con contenido humanista y didáctico, crear un arte socialmente comprometido, ¿cómo están los espacios de arte en Aguascalientes, se logró ese precepto de mi amigo?” volví a dar un sorbo, estoy por contestar cuando interrumpe “porque gracias a ese gran poeta que ustedes tienen, Víctor Sandoval, es que Oswaldo llegó allá, ¿cómo está el poeta?”. Murió, respondo secamente, me mira y vuelve la mirada al vaso lleno ya de puro pipeño. Quedamos en silencio largo tiempo, suspira, levanta el vaso y grita a viva voz, ronca y dura, “¡Por Juan S. Garrido, por Oswaldo Barra, por Aguascalientes!”, todos en el lugar bebimos al unísono.

La Piojera a quedado vacía, deben de haber pasado varias horas desde mi entrada ya que alguien comienza a barrerla, al viejo y a mí nadie nos ha echado, Ramón se acerca con reverencia y respeto digno de un prócer al viejo y le dice “Don José, le pido el taxi de siempre”, ahí conozco su nombre, Don José responde “sírveme otra ronda que me falta ilustrar más a este pinche aguascalentense”.

4 Comments

  1. Eduardo

    26/08/2016 at 16:11

    ESTUPENDO ARTICULO CABALLERO , MUY AGRADECIDO !

  2. tenamaxtle

    28/08/2016 at 23:19

    Que mal articulo mis jefes son del df y yo hidrocalido y me siento muy orgulloso de mi ciudad no la cambiaria cuna del nacionalismo musical y pictórico con Manuel m ponce y saturnino herran y poesía de Zacatecas con Ramón López Velarde eso es crear un movimiento no copiar lo que hacen los demás como el prd el que lea entienda

    • Marco

      10/09/2017 at 19:32

      No le haga caso al autor “Millenial” de éste dizque artículo, que por culpa de su ignorancia y mediocridad anda poniendo en mal a nuestra ciudad, con esos
      bueyes hay que arar…

  3. Marco

    10/09/2017 at 19:29

    Néstor, de seguro eres un chavo de esos “Millenial” que le hacen el periodismo pero ni idea tienes de lo que escribes. El consuelo para mediocres e ignorantes como tú es ser meramente descriptivos, lástima…

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