Opinión

El plagio y el presidente / El peso de las razones

 

La mañana del domingo, Carmen Aristegui anunció una nueva investigación especial de su equipo: prometió que conoceríamos una nueva faceta de la vida de Enrique Peña Nieto, una que involucraba su vida universitaria en la Universidad Panamericana, cuando Enrique estudiaba y se graduaba de la Facultad de Derecho. Con pompa retórica, Aristegui insinuaba que desde su traspié en la Feria Internacional del Libro en Guadalajara, en la que confundiera libros y autores, y salpicara con supina ignorancia a Enrique Krauze y Carlos Fuentes, carecíamos del perfil educativo completo de Peña: un iletrado en el poder. A las diez de la noche se confirmaron las sospechas de muchísimas personas, tantas que saturaron la página del portal de noticias de la periodista: Enrique Peña plagió un porcentaje de su tesis de licenciatura, “De plagiario a presidente” rezaba el titular amarillo canario de la investigación.

Dejemos los memes, los veloces likes y el comentario bully por un momento, y preguntémonos: ¿qué es un plagio?, ¿qué significa e implica plagiar? El concepto de plagio es claro en una de sus versiones más extremas, pero inmediatamente se convierte en un concepto vago. Para el húngaro Gyorgy Boytha, en el Glosario de derecho de autor y derechos conexos de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual, el plagio es “el acto de ofrecer o presentar como propia, en su totalidad o en parte, la obra de otra persona, en una forma o contexto más o menos alterados”. Esta definición agrupa al menos dos asuntos distintos: la intención del sujeto que plagia así como el acto mismo de plagiar. Ambas son condiciones necesarias y suficientes para que exista el plagio: basta que se dé la intención y acto para que exista plagio, y si una de las dos falta no lo hay. Por ejemplo, una cita incorrecta no constituye un plagio, en tanto el sujeto no tenía la intención de presentar como propia una parte de una obra ajena; tampoco constituye plagio una presentación propia de una idea ajena, en tanto el plagio se concentra más en la forma de presentar una idea que en el contenido de la idea misma. También suelen diferenciarse dos tipos de plagio: uno denominado “servil”, en el que se copia exactamente la forma de presentar una idea en una obra ajena, sin reconocer en notas ni en bibliografía la fuente; y el denominado “inteligente”, en el que el plagiario modifica ligeramente el contexto y la presentación de la idea (muchas veces con el objetivo de no ser descubierto). Hechas estas aclaraciones, conviene situar  y analizar el plagio de Enrique Peña. Según la detallada investigación del equipo de Aristegui, 197 de 682 párrafos de la tesis El Presidencialismo Mexicano y Alvaro Obregón (así, con mal uso de mayúsculas y una tilde gráfica omitida) fueron plagiados de innumerables fuentes, entre ellas un texto del expresidente De la Madrid.  El plagio de Peña en la mayoría de los casos es “servil”: copia exactamente párrafos completos de las obras y ni siquiera reconoce algunas de la fuentes en la bibliografía. Esto excluye la posibilidad de que Peña simplemente haya citado mal, y lo refuerza el hecho de que el 28.8% de los párrafos son plagios. De igual modo, el equipo de Aristegui descubrió 51 citas incorrectas y 18 robadas. También, Enrique sabía citar, cualquier apelación a la ignorancia como excusa no tiene lugar, pues 120 citas de su tesis son correctas. El caso de plagio en la tesis de Peña Nieto es claro e inobjetable: cumple con las dos condiciones necesarias de sobra.

Ahora bien, ¿qué procede? Por ejemplo, el ministro de Defensa alemán Karl-Theodor zu Guttenberg perdió su grado de doctor después de que se descubriera plagio en su tesis, y poco después dimitió de su cargo como ministro. El plagio es grave, es quizá la peor forma de deshonestidad académica. Tenemos pruebas de la deshonestidad académica de nuestro presidente, y antes las hemos tenido sobre su deshonestidad como servidor público. Como exalumno de la Universidad Panamericana, y con todo el cariño que tengo a mi alma mater, deseo que el Dr. José Antonio Lozano, rector general, retire de inmediato el grado de licenciado a Enrique Peña. No sólo eso: que el Dr. Eduardo Alfonso Guerrero sea investigado y sancionado, pues fue bajo su tutela que el plagio se cometió. Si la Universidad Panamericana quiere seguir ostentando el prestigio académico que posee, no puede hacer otra cosa. Sería una lástima que intereses de otro tipo, y no académicos, determinen las decisiones del Dr. Lozano en este penosísimo incidente.

 

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Mario Gensollen

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2 Comments

  1. 20 de Febrero Justicia Social ONU 2007
    23/08/2016 at 21:14 — Responder

    A LA SABIDURÍA DE LOS CIUDADANOS “OPEN MIND” SIN ACTITUD TÓXICA.
    “Todo es perfecto al salir de las manos del Creador
    y todo degenera en manos de los hombres”
    El hombre ha nacido libre, y sin embargo, vive en todas partes entre cadenas.
    (Jean Jacques Rousseau

    Quien se sienta libre de pecado “Universitario-Tesis” que lance la primera piedra???

    El País de las Maravillas (Vicente Fox)… Mochos, Machos y Moches???… Maravilloso los estragos que hacen el “Hígado” y la “Matriz Invertida” de “Gente Tóxica”…

    ¿¿¿Cuantos millones de profesionistas han pasado por “El Paredón-Fusilamiento” de Tesis Universitaria a nivel nacional???

    Usted Mario Gonsollen ¿que estudio? en su caso la tesis que presento, sometala al escrutinio de Carmen Aristegui y su equipo de “Gurús” y el resultado lo publicite…

    El mundo cambia con tu ejemplo, no con tu opinión…

    Es cuanto.

    • 24/08/2016 at 15:01 — Responder

      Lo lamento. Entiendo poco su comentario. Ayudaría si tratara de ser más claro con su punto. Mi tesis de licenciatura, de maestría y de doctorado, así como los cuatro libros que he escrito están en la red, puede descargarlos y hacer el escrutinio usted mismo. Nunca he tenido nada qué esconder. Pensar que el plagio es generalizado suele hablar de la estatura moral e intelectual de quien lo piensa.

¡Participa!