Opinión

Río 2016, el suspiro mexicano de agonía / Piel curtida

 

Los juegos olímpicos no sólo son una justa deportiva internacional, sino que también una competencia de poderes, tan simbólica que logra exaltar los sentimientos de las naciones, algunos cuestionables y otros de orgullo; por ejemplo el oro obtenido por la judoca Majlinda Kelmendi no sólo fue la primera medalla de la historia de Kosovo, sino que representó un mensaje político pues hasta este año 2016 fue aceptada su participación como Estado independiente por el Comité Olímpico Internacional, a pesar de que su autonomía sólo es aceptada por menos del 60% de los países integrantes de la ONU. Y México no está exento de este marco de carga simbólica que más allá del deporte ha expuesto el suspiro de una población que se manifiesta a través de la esperanza desangelada, el odio y algunos tantos por medio de la banalidad, pero que sin duda hablan de un contexto social, cultural y político particular.

En cada justa olímpica surge el orgullo mexicano, el “vamos a ganar” o el “vamos con todo”, en primer persona del plural: nosotros, adheridos; la decepción o la tristeza por la derrota; la crítica a los cuerpos. Alexa Moreno no es la primera persona objeto de críticas, basta recordar los cuestionamientos contra las medallistas Soraya Jiménez y Ana Gabriela Guevara. Sin embargo, en estos Juegos Olímpicos Río 2016 la opinión pública se nutrió en especial de tres tipos de discurso, tal vez por el mayor acceso a medios sociales como Facebook y Twitter, pero que al final hablan de mensajes más profundos que deben ser considerados.

 

El discurso separatista.

De los 120 deportistas mexicanos en 29 disciplinas, hasta el momento sólo se ha logrado asegurar -por lo menos- la medalla de bronce por Misael Rodríguez en boxeo; ante ello algunos han expresado su enojo o decepción, calificando a las y los competidores como incapaces de hacer frente a otras naciones. En este mismo sentido se pueden agrupar los comentarios despectivos en medios sociales contra Alexa Moreno, que no sólo evaluaron la supuesta belleza hegemónica con la que no cumplía su corporalidad, sino que además pretendían dar razón de su falta de ascenso en la tabla de posiciones, sin considerar el incremento de la competitividad entre los propios jugadores con el paso de los años e incluso el desarrollo de diferentes tecnologías para su aplicación en prácticas de entrenamiento. Aunque también podemos englobar en esta categoría a las expresiones de respaldo a la administración del director de la Comisión Nacional del Deporte (Conade), Alfredo Castillo, lo cual da pie para hablar de un segundo tipo de discurso muy latente y que requiere reflexión particular.

 

El discurso estatista.

Meses antes de que iniciaran los Juegos Olímpicos Río 2016 se compartían videos y fotografías de diferentes deportistas que buscaban recaudar fondos para solventar los gastos que les permitiera viajar a Brasil, mientras que se informaba sobre nepotismo en la Conade, la falta de apoyo financiero y en especie para diferentes disciplinas deportivas, así como un alto pago de publicidad para Televisa y Tv Azteca, quienes al final se quedaron sin la oportunidad de capitalizar las olimpiadas debido a que Claro Sports, una compañía de Carlos Slim, logró tener el dominio de transmisión en México y donó señales para diferentes televisoras culturales y universitarias alrededor del país.

Este panorama impulsó un alto cuestionamiento contra el Estado, y aunque siempre ha estado presente, en estos Juegos Olímpicos es un reflejo del escenario mexicano en el cual las instituciones tienen cada vez menos credibilidad, aunado a los diferentes casos en los que la familia presidencial, gobernadores y funcionarios públicos son puestos en tela de juicio por gastos, viajes y compras de lujo.

Si bien es cierto que en naciones como Estados Unidos el entrenamiento, equipo y uniformes de deportistas es pagado por los mismos, con el auspicio de la iniciativa privada; también hay otros países como China que absorben casi en su totalidad las prácticas deportivas de alto rendimiento e incluso mantiene internados; o Rusia, cuya federación eroga completamente los apoyos para competidores con trayectoria y la iniciación deportiva en niñas, niños y adolescentes.

Aunque debe reconocerse que los compatriotas deportistas no sólo destinan tiempo para sus entrenamientos y actividades cotidianas, sino que también realizan la gestión de recursos, vale la pena cuestionarse al interior de la ciudadanía su verdadera pasión, su interés en la promoción del deporte, que sólo surge cada cuatro años de manera diversificada en cada una de las olimpiadas y de manera unificada en un sola disciplina durante los mundiales de fútbol, al cual llamo –tal vez equivocadamente– como el opio para el pueblo mexicano.

El discurso negado

A pesar de que los comentarios durante los juegos olímpicos parecen ser oposiciones binarias, entre quienes exigen o culpan el desempeño de los competidores y los que fustigan al Estado por su mal financiamiento, también existe un fenómeno que requiere ser expuesto y considerado por quienes de manera individual o como organización manifiestan su interés por impulsar el deporte mexicano: la necesidad de desarrollar públicos de manera diversificada para diferentes disciplinas deportivas.

Fuera del tiempo de las olimpiadas parece que el único deporte que captura los espacios en televisión, radio, prensa escrita y que llena los estadios es el fútbol, lo cual puede observarse de manera más clara en la llamada “provincia”, aunque comparta momentos de alta difusión con ciertos campeonatos de box. Sólo durante los juegos olímpicos la sociedad mexicana conoce y apoya a gimnastas, ciclistas, atletas, judocas, a jugadores de volibol de playa, a esgrimistas. ¿Cuántos de nosotros hemos ido a eventos deportivos locales que no sean de fútbol? Incluso en Aguascalientes se realizó una fase previa a los Juegos Olímpicos Río 2016 de Taekwondo, pero no nos sacó de clases, de la oficina… no nos reunió en los hogares, aunque también esto se debe a que algunas, la mayoría de las disciplinas deportivas, no son de interés, no son rentables, para destinar tiempo televisivo o radiofónico. A pesar del cuestionable ejercicio de recursos, tráfico de influencias y nepotismo en la Conade, ¿es ético exigir una mayor promoción, un financiamiento equitativo, cuando sólo “apasiona” el fútbol soccer?

Nunca los Juegos Olímpicos han estado tan en el centro de la atención mediática y la opinión pública como en esta edición, y no es porque nos interese más el deporte. Ante un escenario de desapariciones, violencia y una sociedad segmentada por diferentes sucesos, las olimpiadas representaban… representan, una mínima oportunidad de unificación de la población mexicana agonizante, una oportunidad para expresar ante el resto de los países que a pesar de la desesperanza y la vergüenza introyectada, México aún era bueno en algo… en alguna disciplina deportiva.

Los constantes ataques y críticas a la Conade no obedecen sólo a una exigencia por mejores resultados por parte de los deportistas, sino que son un reflejo de la sociedad mexicana que requiere de una mayor transparencia, un ejercicio presupuestal mejor distribuido y políticos que se muestren más mesurados, sensibles, ante los escenarios de inequidad persistentes.

Sin embargo, también cabe el tema de la corresponsabilidad, de la participación ciudadana, pues aunque el estado financie en su totalidad al deporte o la iniciativa privada haga donaciones, se requerirá acumular capital que sólo puede ser posible cuando el tema en cuestión es perceptible para ser objeto de publicidad, cuando el deporte es capitalizable, rentable; es así que únicamente a través del creciente interés de la sociedad, y de manera diversificada, el deporte podrá impulsarse, brillar, ser razón de competencia entre quienes tienen las grandes arcas. Tenemos excelentes deportistas, necesitan fogueo, sí, pero esto sólo es posible a través de la rentabilidad y para ello no bastan unas semanas cada cuatro años.
[email protected] | @m_acevez


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Juan Luis Montoya Acevez

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