Opinión

Stranger things: nostalgia por los buenos / Cinefilia con derecho

 

Ya se ha dicho que hay una larga lista de referencias ochenteras con las cuales Stranger things entabla un diálogo, todos los días aparece una nueva, casi siempre correlacionada a la cultura pop norteamericana, la que más llama mi atención es su vinculación con ese clásico de clásicos Twin Peaks, esa icónica serie de David Lynch: la idea del pueblito quieto, donde todos se conocen, los crímenes prácticamente no existen, hasta que sucede uno, inusitado, aislado, que deriva en un fenómeno paranormal, además de toda la parte onírica.

Los cinco niños protagonistas, secuaces, nerds por antonomasia, forman una peculiar banda cuya fisonomía especial juega algo más que un papel en la trama por sus personales extrañezas. Pensemos, por ejemplo, en el pequeño Dustin Henderson que padece de una enfermedad en los dientes que le hace hablar de forma singular acentuando la ese (simpatizo mucho por mi personal fonética) cuando lo vemos arengando contra sus enemigos, con violencia, pero a la vez la ternura de su ceceo, no podemos sino esbozar una larga sonrisa. Todas las ricas y hermosas evocaciones al pasado, nos trasladan definitivamente a la infancia (es una maravilla cuando Ce, enciende la tv y proyectan He-Man) y en este mismo sentido a la necesidad imperiosa de que ganen los buenos, va más allá de la simple aventura donde deseamos que todo salga bien, se convierte en un deseo innato del ser humano de tender hacia lo que es justo, creo que esa idea niñez-justicia es la base del éxito de este producto de Netflix. Y es que las series que más sonadas de los últimos tiempos, carecen justamente de esto, de ideas concretas de la bondad y de la maldad.

Verbi gratia, las historias de narcos, primero todas tratan el tema de la víctima de forma aséptica, prácticamente no existe, es muy difícil que se haga algún acercamiento al viacrucis que deriva de la violencia en las personas inocentes. Por otra parte, los criminales son matizados y generalmente existe un motivo para que el espectador simpatice con ellos, ya por su justicia social (Pablo Escobar haciendo casas para el pueblo en El Patrón del Mal) o por su hermosa forma de retratarlos (el atlético Aurelio Casillas y la guapa Mónica Robles). Hay otro conjunto de series donde el bien y el mal son aún más ambiguos, ni con dios ni con el diablo, ya sea el que vende drogas para pagar su tratamiento del cáncer (Breaking Bad) o el policía que, después del holocausto zombi, no teme en asesinar a cualquier persona, sin importar los motivos, ni siquiera la legítima defensa (The walking dead). Peor aún, a medida que avanzamos en Juego de Tronos, definitivamente perdemos toda posibilidad de matizar conductas o definir bandos.  

En cambio, de estos pequeños niños que abrevan de los Goonies y E.T. (bicicletas y teléfonos por doquier) no podemos quedarnos con el simple maniqueísmo disfrazado de los conceptos occidentales del bien y del mal, en esta edad es justamente donde aún queda una tendencia hacia la justicia, y no me refiero tanto a la lucha que hacen en contra del monstruo (el demogorgon) sino de los seres humanos malévolos, claro que ayuda la forma en que se les pinta, son la clara tesis del villano por antonomasia: no basta con que encierren a una niña lejos de su mamá o que liberen a fuerzas malignas de otros universos, son miembros de esa casta maldita del gobierno oculto (los hombres de negro de EUA) a la que por supuesto se opone el policía pueblerino que, pase lo que pase, está dispuesto a dar su vida por lo que es equitativo.

Supongo que es el simple transcurso de los años el que nos hace exclamar el trillado “lo de antes siempre fue mejor”, por eso todos brincamos de gusto en pensar en la consola conmemorativa del NES, por eso nos maravilla el soundtrack de Stranger Things, o la aventura de esa pequeña pandilla con la que todos, por haber tenido una similar algún día, nos identificamos, tal vez también son las decenas de guiños a los villanos y cintas de fantasía y ultratumba de todos los tiempos (Freddy Krueger, Alien, Hellraiser, Poltergeist y un largo etcétera) o, como yo sostengo, la necesidad o tendencia a que por fin los buenos ganen; lo cierto es que definitivamente Netflix, una vez más, vuelve a darnos algo de calidad y, dicho sea de paso, asestar otro golpe a la tradicional forma de ver y hacer televisión.
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Rubén Díaz López

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