Opinión

Al borde del colapso / El peso de las razones

En su nuevo libro, La carrera hacia ningún lugar, Giovanni Sartori menciona al inicio el problema que, a su consideración, es el más acuciante de nuestro tiempo: la superpoblación. Curiosamente, no aborda el problema en el texto. También confiesa que un título que había pensado para el libro era “Al borde del colapso”, que indica el pesimismo que siente ante la situación mundial.

A mí tampoco me interesa directamente el problema de la superpoblación, me interesa más bien uno de sus efectos: la imposibilidad de habitar ciertos espacios. La superpoblación es problemática en contexto, no en absoluto. Es problemática ante situaciones de escasez, por ejemplo. Lo es ante espacios que desborda. También lo es ante la falta de planeación a corto, mediano y largo plazo. El exceso de población genera, también en algunos contextos, la imposibilidad de habitar espacios. Los fragmenta, los diluye, los resquebraja. Una ciudad se multiplica en distintos lugares carentes de unidad: uno debe vivir cerca del trabajo, de la pareja, de los sitios que ama. Uno termina no habitando la ciudad, sino sólo uno de sus reductos, en el mejor de los casos; en el peor, uno queda reducido al hogar y sus muy cercanos alrededores.

Habitar es, ante todo, dejarse ir. Es ser uno con el espacio. Una de las pocas lecciones que se pueden extraer del oscuro y abstruso Ser y tiempo de Martin Heidegger es ésta: el ser humano es parte del mundo, siempre lo ha sido, no está fuera de él. Es falsa la letanía cristiana que nos entrona en reinas y reyes del universo. No estamos para conquistar el mundo y la naturaleza: estamos aquí, como los demás animales, para habitarlo. Y habitar es ante todo confiar. No es conocer, es simplemente pertenecer.  Eso lo sabían los románticos ingleses, Wordsworth y Coleridge; también Emerson y Thoreau, los trascendentalistas americanos.  Esta (aparente) nueva moda de amor a lo orgánico, al campo y la tierra no es nueva: indica una pasión antigua, quizá un instinto biológico que nos acerca a nuestra naturaleza animal. A mi parecer, Kant no estaba equivocado al privilegiar lo sublime, que encontramos en la inmensidad de la naturaleza, a lo bello que encontramos en el arte humano. Recientes estudios han demostrado las bondades de la convivencia con la naturaleza: mientras la metrópoli atrofia la restauración cognitiva, las temporadas en el campo y la provincia la restablecen. Vivimos en la ciudad tan al pendiente de salvar el pellejo que hacemos todos los días un flaco favor a nuestro cerebro.

Mientras en el campo y la provincia nos es fácil habitar, nos es fácil recorrer los espacios a pie, nos es fácil perdernos sin extraviarnos por sus ondulaciones y recovecos, en muchas ciudades nuestra relación con el espacio se atrofia. El agotamiento que produce el tráfico, las distancias, los estancamientos, la contaminación ambiental y sonora nos privan de tiempo y paz mental para habitar en verdad. Quien habita un espacio genera hábitos imposibles para un turista así como para alguien que vive en un espacio inhóspito e inhabitable. ¿Cuántas veces en una metrópoli podemos ir a tomar el café que amamos para leer con calma un sábado la novela que descansa en nuestro buró a un parque?, ¿cuántas veces salimos a caminar sin tener una meta fija?, ¿cuántas veces la confianza que nos genera el espacio nos hace disfrutar las calles, los callejones y los lugares públicos de nuestra ciudad?

La sobrepoblación hace muy poco por sanar nuestra relación con el espacio. Sus efectos son claramente nocivos. Tampoco disponemos de especialistas que se ocupen de planear nuestras ciudades o de rehabilitarlas. Los urbanistas, esos artistas y científicos del habitar, están extraviados. Nuestros gobiernos hacen muy poco por lo importante. Pocas campañas políticas ponen atención en la necesidad de habilitar y rehabilitar nuestras ciudades. No hace falta descubrir hilos negros. Sabemos que requerimos descentralizar nuestros países, pero también nuestras ciudades. Sabemos que debemos poner atención en las periferias. Richard Sennett ha sido claro al respecto: los lugares de convivencia común deben llevarse a las zonas alejadas del centro de las ciudades. Deben crearse muchos más parques y zonas deportivas. Nuestras ciudades deben culturalizarse: para ello, debe llevarse la cultura a la calle y fuera del museo. Experimentos en este tenor han tenido éxito y han sido abandonados en los cambios de administración. Necesitamos rehabilitar zonas riesgosas incentivando el comercio y la vida nocturna consciente. Debemos facilitar los permisos para comercios de recreo y comida: hace falta que las personas vuelvan a salir a la calle. Los espacios cobran vida cuando las personan los ocupan y los transitan. Y antes que todo esto, hace falta mejorar el transporte público. Debemos hacer rutas más eficientes, debemos poner atención en los horarios que requieren las personas. Debemos hacerlo confiable, puntual y seguro. Debemos atender a las necesidades de los grupos vulnerables: rampas, elevadores, señalizaciones. Las calles deben ser caminables, bellas, atractivas. Una ciudad debe estar primero al servicio del peatón y del ciclista, al final al del conductor de automóvil. Sin un transporte público eficiente y suficiente las ciudades están condenadas, como sugería Teodoro González de León en su última entrevista a Letras Libres.

Temo que muchas de nuestras ciudades están al borde del colapso. La Ciudad de México es un ejemplo paradigmático. No obstante, no hace falta estar al borde del colapso para que nuestras ciudades no sean habitables. Veo, con tristeza, lo poco que nuestros gobiernos locales hacen por sanar nuestra relación con el espacio que ocupamos y deberíamos habitar.

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Mario Gensollen

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