Opinión

Carta a inquisidores y unicornios en guerra / Piel curtida

Cuando tenía 11 años de edad, me ofrecieron acudir a un retiro de preselección de admisión al seminario menor de León de los Legionarios de Cristo, por lo que mi madre empacó feliz mudas de ropa y accesorios. No haré hincapié en la opulencia que observé y de la cual puedo decir que carecen incluso varias universidades privadas del país, sino en dos sucesos que, de haber sido consciente a esa edad, me hubiesen hecho llamar de inmediato a casa.

Tengo que decir que provengo de una familia con un rezago sociocultural y económico para explicar el porqué mi madre, cuando le solicitaron que llevara un traje de baño, sólo me envió con calzones. Las duchas del seminario eran al aire libre y sin puerta, pero sin empacho me quedé en trusa blanca. Después de unos minutos llegó el sacerdote encargado del grupo de aspirantes para regañarme por no usar bañador y preguntarme si traía algo más pues era algo muy provocativo: “muy provocativo”. Yo simplemente no entendía. Los dormitorios eran comunitarios, y sí… tampoco llevaba pijama, ni pronunciaba la jota como ye; y durante una de las noches de ese fin de semana tuve ganas de ir al baño, de nuevo no había privacidad, así que me paré frente a un inodoro y oriné. Llegó un sacerdote, otro, a mirarme desde la puerta, creía que era un tipo de aviso para indicarme que no podía levantarme de madrugada. Terminé, fui al catre que me habían asignado y mi vigilante me acompañó sentado junto a mí hasta que quedé dormido; pensé que sólo trataba de evitar que volviera a causar disturbios. Si a los 11 años de edad hubiese recibido una educación sexual integral y científica hubiese llamado a casa.

Este 10 de septiembre los grupos conservadores y religiosos organizan una manifestación bajo los nombres de “No te metas con mis hijos” o “Defiende a tu familia” con el argumento de evitar la congelada iniciativa del Gobierno Federal en favor del reconocimiento del matrimonio igualitario, que de acuerdo a sus otras preocupaciones como la “esterilización masiva” de niñas y el “fomento a la homosexualidad”, hablan del terror a no tener nietos, que no perpetúen el linaje de su élite, y por otro lado que tal vez alguno de sus hijos o hijas sea no heterosexual, que la “abominación” a la que tanto repudian bajo el eufemismo de un enfermo que necesita de un médico se encarne en uno de los suyos.

El matrimonio igualitario se trata de un contrato civil por la voluntad de dos personas para protegerse mutuamente y brindar protección a los suyos, incluso por adopción, ¿en verdad esto amenaza a las familias ya conformadas? Creo que sólo se trata del repudio mal dirigido, del odio que podría destinarse irónicamente contra los que, en esta marcha, suponen defender. En suma, marcharán contra “la destructora ideología de género”, aquella que ha visibilizado la violencia de muchas mujeres, que les ha liberado, que les ha permito a veces hasta salvar su vida. Y esto lo traigo a colación porque varias de las personas que organizan esta medieval movilización son mujeres.

Durante toda mi niñez y adolescencia estuve inmerso en la Iglesia católica: el colegio de monjas, la Acción Católica de Adolescentes y Niños (ACAN), Seminaristas en Familia (Semfam), la Escuela Secundaria de Formación Católica (ESFC), no hablo al aire. Cuando estuve en ACAN una de las coordinadoras, una joven mayor a los 20 años, se embarazó siendo soltera, por lo que durante un tiempo acudió a las sesiones dominicales con un semblante de tristeza y preocupación, hasta el momento en que la parroquia y el grupo le informó que no podía seguir, estaba manchada con la letra escarlata. Paria, como muchas otras mujeres, como muchas otras familias “distintas”, simplemente se fue sin despedirse. De vez en cuando pasaba por el barrio y le saludaba, le abrazaba, le decía que no hiciera caso de lo que dijesen las personas, que también María, la madre de Cristo había sido una madre soltera, menor de edad, pues José sólo aparecía en la biblia como un personaje accidental, de reparto, en suma, una familia “disfuncional”, distinta. Hace poco la recordé y busqué su nombre en Facebook para encontrarme con fotos de perfil y de portada que indicaban su apoyo al “diseño original”, al “hombre y mujer”, a “la familia natural” -que se podría reducir a sólo un acto de reproducción sexual-. ¿Cuántas mujeres no marcharán contra aquellas otras formas de coexistencia de las cuales también son parte?, ¿cuántas mujeres no desfilarán contra “la destructora ideología de género” que les podría salvar de la violencia, de la muerte?, ¿cuántos niñas no serán llevadas al frente gritando en busca del príncipe azul para dejar en segundo término su realización personal y profesional?, ¿cuántos niños no caminarán reforzando ideas de que puto y joto son palabras por excelencia para retar y agredir?

Esto me recordó otro caso de una mujer que sufría violencia por parte de su esposo, por lo que buscó consejo con el párroco de su iglesia, el cual tras llamarle hija sólo manifestaba que era una cruz que debería soportar y entregar su sacrificio a dios, hasta el día en que la vio tan golpeada que por fin le parecía pertinente sugerir el divorcio… desintegrar una familia que era más nociva estando unida. ¿Será tan difícil pensar en el fondo, en una mejor convivencia y en el desarrollo pleno de cada individuo antes que en la forma y la apariencia?

Además de esta manifestación se ha organizado una contramarcha para denunciar el discurso de odio del Frente Nacional por la Familia y buscar el respeto a las distintas formas de unión familiar, y en algún punto del centro de la ciudad se encontrarán. Al observar las mantas de grupos conservadores en las iglesias, en la catedral del estado, sólo puedo pensar en una declaración de guerra, y lo preocupante es que este sábado se materialice este choque derivado de un Estado que no ha asumido su responsabilidad de laicidad y se ha rezagado ante el desarrollo social de otras naciones.

Los unicornios son la patología y la amenaza para los inquisidores, por lo que el contingente en favor de la diversidad deberá tomar precauciones, demostrar solidaridad y la capacidad de organización, ser prudentes y documentar cualquier altercado, pues todo tipo de ataque o incluso defensa podrá ser capitalizada por una masa con mayores recursos y conexiones. En este momento es necesario que los “activistas” se unifiquen bajo una sola consigna, hacer la mayor presencia posible donde se requiere, donde aún se violenta, donde aún no se reconocen nuestros derechos, en vez de separar fuerzas para que en el Día del Orgullo algunos vayan a la Ciudad de México, a la capital, al centro, donde ya son más.

En este momento de tensión es necesario visibilizar el daño que ha generado la homofobia, el dogma, el fanatismo religioso, y sería sorprendente que aquellas personas que viven su identidad en la clandestinidad, por el miedo o por otro tipo de intereses, se enfrentaran a sí mismos en busca de congruencia. Sería sorprendente que nuestros amigos y amigas nos acompañasen, como lo han hecho en otros momentos, aunque la exposición pública seguramente detendrá a varios, pero es tiempo de llamarles, de unificar esfuerzos, pues más allá del “matrimonio gay”, nos enfrentamos a una batalla por un Estado laico, por una sociedad que busque su desarrollo con base en la ciencia, en la convivencia, la inclusión y el respeto del otro.

Este 10 de septiembre marcharé gracias a la “familia natural” que tanta violencia generó en mi hogar, por ese “diseño original” que a mi madre le costó tantos años de no reír, de no bailar, de no vivir plenamente. Me sumaré a un grupo que tal vez será pequeño -y el cual espero no sea adjudicado a los conservadores- para fortalecer esa polifonía que enarbolará el derecho de voluntad, el derecho a un hogar donde se puede ser y coexistir sin miedos, que busca dar cabida a niñas y niños que están en las calles o en orfanatos, que desea evitar el pensamiento suicida de jóvenes que llegan a repudiarse por su esencia, por su existencia.

Marcharé por esas marcas en mi muñeca izquierda; por aquellas amigas y amigos que fueron recluidos en centros de rehabilitación “espiritual” para destrozar su identidad, por aquellas personas que por miedo al abandono familiar y el hambre prefieren buscar parejas ficticias, por aquellos hombres que buscan sentir a otro mientras están cansados de su esposa, por aquellos niños y niñas que por el silencio y la buena moral no saben que han sufrido acoso o violencia sexual, por aquellos amores que no se permiten encontrarse en las calles, por esa familia que tanto deseo forjar, por las hijas a las que tanto sueño y que cuando nos encontremos sabré que siempre fueron los amores de mi vida y que sólo era necesario un poco de tiempo, un poco de lucha, pero que voy en busca de ellas lo más rápido que puedo.

 

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Juan Luis Montoya Acevez

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