Opinión

La izquierda mojigata / El peso de las razones

Me considero una persona ideológicamente cercana a la izquierda. Creo, como muchos, que la seguridad, la educación y la salud no son cuestiones de mérito sino de derecho. Pienso que todas y todos tenemos derechos económicos y sociales que están reconocidos en nuestra Carta Magna y deben hacerse valer en la práctica. Es también responsabilidad del Estado brindarnos a todas y todos una plataforma igualitaria de oportunidades para desarrollarnos según nos guíe nuestra conciencia en libertad. Es en este último punto donde la izquierda se vincula de manera importante con el liberalismo. Izquierda y liberalismo por su cuenta crean monstruos. Se necesitan mutuamente para funcionar con equilibrio y prudencia. Uno de los principales ejes del liberalismo lo constituyen nuestras libertades civiles: entre ellas, la libertad de conciencia y la libertad de expresión son sostén esencial del liberalismo moderno. No en vano John Stuart Mill dedicó varias páginas de su más célebre ensayo –On Liberty– a la libertad de prensa. Una izquierda que atente contra nuestras libertades que promueven y salvaguardan la pluralidad es una izquierda mojigata e inconsistente.

El primer problema que enfrenta la izquierda actual tiene que ver con su tendencia a lo políticamente correcto. Las redes sociales hacen, además, un flaco favor a la izquierda. Ahí, hordas de mojigatas y mojigatos lincharon (metafórica y no tan metafóricamente) a Nicolás Alvarado la semana pasada. Aclaro desde un inicio: no comparto, en este caso particular, los gustos de Nicolás. Para mí Juan Gabriel es un ícono de la música mexicana contemporánea. Nunca lo escucho solo en casa, pero a media borrachera El Divo ameniza la sensiblería que surge después de algunos tragos (“Juan Gabriel, en un país atestado de machos, nos enseñó a llorar”, leí en un tweet). En plena pachanga escuchar Radiohead, Sigur Rós, Beirut, Pearl Jam o REM me parece como usar un smoking en la playa. No obstante, Nicolás tiene derecho a tener sus gustos. Y a expresarlos: sea como ciudadano e, incluso, como director de una dependencia universitaria. ¿A qué punto hemos llegado que la expresión sencilla de un gusto o disgusto personal merece ofrecer en sacrificio a una de las personas más cultas y brillantes de México? Puede o no caerles bien Nicolás a nuestros rojos mojigatos, puede parecerles pedante (lo es a veces), snob (él mismo se burla en su columna de esta característica de sí mismo), pretencioso (no me lo parece), que se viste horrible (en gustos se rompen géneros), pero acribillarlo con insultos insulsos y pedir su destitución del cargo que ostentaba me parece un exceso. Nicolás, con la elegancia verbal que suele caracterizarlo, lo dijo en su comunicado: su renuncia responde también a su deseo de poder expresar sus gustos y disgustos en paz y libertad. Me parece paradójico para la izquierda que el propio Nicolás sienta menos censura en los foros de Televisa que de parte de la izquierda mojigata. Al principio pensé que se había equivocado: no le costaba nada -razoné con equivocación- sustituir la frase “Me irritan sus lentejuelas no por jotas sino por nacas” por “Me molesta su atuendo no por estrafalario sino por su mal gusto”. No obstante, ¿cuánto cuesta a nuestra débil democracia censurar coloraciones verbales? Ya no sólo condenamos los discursos de odio (que de por sí son definibles con vaguedad), sino declaraciones irónicas que hieren burdas susceptibilidades. Espero que todos se percaten de la indiscutible pendiente resbaladiza.

El segundo problema que amenaza a la izquierda es su carencia absoluta de jerarquías. Las redes sociales vuelven a hacer un flaco favor a la izquierda. En las redes, cualquier problema es un problema más. La importancia de una nota o un evento tienen poco que ver con su trascendencia. La ley que impera es la de la tendencia (un eufemismo para referirnos a la moda acrítica). La semana antepasada inició con un evento de cierta gravedad: el plagio del presidente Peña en su tesis de licenciatura. La siguiente inició con el deslinde timorato y tibio de la Universidad Panamericana del incidente. Poco después, las redes olvidaron el asunto dándole espacio completo a la muerte del divo de Juárez. Inmediatamente después, nuestro país cayó a uno de los puntos más bajos de su historia, y seguramente al más bajo de su historia reciente: la visita del xenófobo, racista e ignorante Donald Trump a México. Este incidente cedió su lugar a la brevedad a una nueva pifia de Peña: “Hillary Trump” se volvió la nueva tendencia. Me parece indignante que la izquierda de redes (la izquierda mojigata e insulsa) renuncie a sopesar los acontecimientos. El post y el tweet son formas fáciles de subirse al tren de la estulticia. Deberíamos seguir hablando de las consecuencias catastróficas de la visita de Trump, también de los errores de protocolo (se le trató como mandatario, cuando es un candidato), de comunicación (nos enteramos por Trump y no por la presidencia de nuestro país de que vendría), de cálculo político (Hillary es la ganadora más probable, con un 80% de probabilidades al día de hoy, y tenerla de enemiga no es una buena apuesta) y diplomáticos.

La izquierda mexicana, en suma, no sólo se ha vuelto mojigata, se ha vuelto acrítica. Lejana al liberalismo, y cercana ahora al marxismo rancio de mitad del siglo pasado, se complace más en hablar de sindicalismo que de educación de calidad, se concentra más en acribillar opiniones y gustos personales que en ofrecer formas de pensar y dialogar con altura intelectual, se aloja más en el parcial anonimato de las redes sociales y no en las aulas universitarias, está armada más con la ironía y el sarcasmo bobo que con argumentos. El peor enemigo de la izquierda es la izquierda misma.
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Mario Gensollen

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