Opinión

Pensamiento y lenguaje / El peso de las razones

Para Alejandro y Jonatan

Después de una seguidilla de asuntos que no podían ser ignorados -el plagio de Peña, la visita de Trump, las pifias de Peña (¿cuál de todas?), los reclamos a Peña y las marchas del Frente Nacional por la Estulticia- me permito esta semana volver a un tema menos ampuloso y dependiente del trajín cotidiano. Pensé escribir esta columna hace unas cinco semanas, pero más vale tarde que nunca.

Todo comenzó con un diálogo nada común en un post de Facebook. Un amigo preguntaba sobre la relación entre el lenguaje y el pensamiento, en particular sobre la prioridad cronológica entre uno y el otro. ¿Pregunta ininteligible y aburrida? Quizá para algunos. Lo cierto es que la discusión se puso sabrosa y divertida, y me gustaría ampliar un poco más mi respuesta y posición al respecto, también me gustaría hacer notar que la pregunta, en apariencia grandilocuente, toca más de lo que podríamos creer lo cotidiano.

Empiezo -al grano y directo- con mi respuesta: el pensamiento es imposible sin el lenguaje. A nivel conceptual, el concepto ‘lenguaje’ es más amplio que el de ‘pensamiento’. Usamos el lenguaje para muchas cosas: para felicitar, advertir, jurar, prometer, insultar, preguntar, absolver, enjuiciar…, y cuando hacemos todo lo anterior muchas veces también lo hacemos comunicando pensamientos. Pero no usamos el lenguaje sólo para ello. Y aquí inicia el primer punto sobre el que quiero llamar la atención: de todos nuestros estados mentales, los únicos que podemos compartir son los pensamientos. Piensa en dolores, placeres, emociones. Nada de ello te lo puedo compartir en sentido estricto. No puedo traspasarte mis dolores, tampoco el placer que siento ante un bello paisaje ni cuando bebo una cerveza oscura, tampoco mi ira, felicidad ni mi sorpresa. Pero lo que pienso, si lo comunico bien, te lo puedo compartir sin ningún problema. Puedo decirte: “Enrique Peña es el peor presidente de la historia de México”. Si lo pienso (y lo pienso), te he compartido mi pensamiento. Si está bien expresado, entiendes que yo pienso que de todos y cada uno de los individuos que han sido presidentes de México yo pienso que Enrique Peña es el peor. Puedes creerlo o no creerlo, puede que el pensamiento que te expresé sea verdadero o falso (mucho dependerá de qué entendemos por “peor”, aunque dudo que sea falso en cualquier definición), pero te he compartido mi pensamiento. Gracias a nuestro lenguaje, al lenguaje específicamente humano, podemos compartir pensamientos. Esto ha hecho que nuestra especie logre lo que ninguna. Le debemos al lenguaje nuestros mayores logros y quizá una que otra de nuestras mayores pifias.

El segundo punto sobre el que quiero llamar la atención es que la claridad del pensamiento y del lenguaje son indisolubles. Wittgenstein lo pensó con su usual rigor en el Tractatus: si algo puede pensarse con claridad, puede decirse con claridad. Es falsa la letanía de frases hechas con las que muchos indican que entienden algo pero no saben explicarlo, que lo tienen claro en la cabeza pero no saben comunicarlo. Si algo puede pensarse, puede decirse. Recordemos, nuestros pensamientos están hechos de lenguaje. El lenguaje es la carne, los músculos, los huesos y la sangre del pensamiento. Si deseamos pensar con claridad, deberíamos atender con cuidado y paciencia al lenguaje; así como el escultor lo hace con la arcilla o el mármol. La pulcritud lingüística es síntoma de una mente clara.

El tercer punto al que quiero atender tiene que ver con la vaguedad. Nuestro lenguaje no es una ciudad construida con unos planos previos, sólo con calles rectas y manzanas perfectamente rectangulares. Nuestro lenguaje tiene barrios nuevos y viejos, ondulaciones y pendientes. Aunque con nuestro lenguaje podemos comunicar pensamientos, a estos los amenaza la vaguedad. Nuestros conceptos, materia prima de los pensamientos, no están todos bien delimitados. No todas nuestras frases tienen condiciones de verdad transparentes, es decir, no siempre sabemos cómo averiguar si el pensamiento expresado es verdadero o falso. Incluso, no siempre sabemos cómo tomar las palabras de otra persona. “Vendré mañana” puede ser una descripción simple de un pensamiento, pero también un juramento, una promesa, una ironía o una amenaza. La coloración también enturbia las aguas: no es lo mismo decir que “El viaje fue una odisea” que “El viaje fue un calvario”.

Por último, ¿acaso los animales no humanos carecen de pensamiento? Es en este punto donde las discusiones se empañan. Dado que los animales carecen de un lenguaje como el nuestro, si lo dicho anteriormente es verdadero, tendríamos que concluir que los animales no humanos no piensan. No obstante, los matices son importantes. Aunque en sentido estricto no podemos saber si los animales tienen pensamientos, y aunque lo supiéramos no podríamos desentrañar sus contenidos -si un león hablara no lo podríamos entender, afirma Wittgenstein en las Investigaciones filosóficas-, lo que sabemos es que tienen muchos otros estados mentales. Sabemos que sienten dolor y placer, sabemos que muchos tienen emociones básicas por sus expresiones faciales (las cuales Darwin descubrió que comparten con nosotros), y sabemos que realizan operaciones cognitivas simples (hacen algunas inferencias) y complejas (muestran razonamiento causal). Así, estudiar al lenguaje humano, qué lo posibilitó y cómo se desarrolló, también es en parte estudiar qué nos hace humanos.

Bueno, es suficiente por esta semana. La siguiente habrá seguramente otra pifia en el país o en la ciudad que sea imposible ignorar. Hasta el siguiente despeñadero.

 

[email protected] | /gensollen | @MarioGensollen

 

The Author

Mario Gensollen

Mario Gensollen

No Comment

¡Participa!