Opinión

El cabo Cristian y Mario Almada / Cinefilia con derecho

 

¿Por qué la muerte de soldados que dan la vida por la patria pasa tan desapercibida? ¿Por qué no vemos publicaciones en Facebook, trending topics en Twitter? Nuestra sociedad hace muchos años que muestra una visión sesgada sobre las injusticias, de un lado los chairos e izquierdosos cuya lucha de batalla son las malas acciones del gobierno (su caballito de batalla fue el estado que hasta Roger Waters en actitud complaciente replicó) del otro los apólogos e idólatras del narcocorrido, la narcocultura alabando a criminales mediante series de televisión, videoclips, cientos de discos. ¿Y los verdaderos ciudadanos dónde quedan? ¿Por qué son tan pocos los que se atreven a no ser sensacionalistas?

Una parte considerable de las cintas del hoy fallecido Mario Almada se centran en la apología del criminal: aquel que nació en la pobreza, o que fue orillado al crimen por una injusticia, o que trafica para mantener a su familia. En todas las cintas de esta naturaleza el eje común es una justificación moral a las malas acciones de aquellos que hacen el mal; en el corrido mexicano subyace esta necesidad de descargo que en el fondo encierra una identificación con aquellos que violan la ley, el que no tranza no avanza, el dicho popular que engloba todo este pensamiento.

A Mario Almada yo lo conocí en sus westerns de sheriff que veía mi papá, recuerdo sobre todo la delirante y estrambótica Siete en la mira (1984) policías (Mario y su hermano Fernando) contra punketos asesinos en motocicleta (su jefe, el Vikingo, interpretado por el hidrocálido Jorge Reynoso). Pero uno de los últimos largometrajes en que participó en un papel estelar (los últimos años sólo hacía papeles secundarios de muy corta duración) es El Gavilán de la Sierra una cinta con reminiscencias del western mexicano filmada por Juan Antonio de la Riva en el 2002.

En esta película se plasma la idea tradicional del criminal, unos jóvenes cansados de ser explotados en el aserradero donde trabajan, deciden formar una banda de asaltantes dirigida por el Gavilán de la Sierra, asolan la región, hasta que son cazados por un grupo de policías judiciales. El hermano del cabecilla es un acordeonista que dejó su pueblo, en la capital ha buscado el éxito tocando y cantando corridos, pero apenas le alcanza para interpretarlos en autobuses o taquerías. Al enterarse de la muerte de su hermano, decide regresar al pueblo y componerle un corrido, para ello se reúne con aquellos que vivieron la transformación a criminal de los cuatreros, encontrando siempre versiones contradictorias o decepcionantes. Mario Almada hace el papel del padre del músico y el bandolero.

La cultura popular tiende a trivializar al criminal, encuentra un pretexto de defensa; uno de tantos testigos con quien se entrevista el músico, dibuja al Gavilán de la Sierra como un Robin Hood, o mejor dicho su versión mexicana, Chucho el Roto, afirma el entrevistado “Como dicen que dijo Juanito Menchaca: ‘no es vergüenza ser bandido, si se roba al que es ladrón’”. Este olor a western con el que filma De la Riva, hace que la banda sea integrada por cuatro y que anden a caballo, como en los mejores tiempos, no en balde Durango (la cuna de este género en México) es el leitmotiv de buena parte de la película.

Me parece que desde hace muchos años el verdadero revolucionario, el políticamente correcto, el ciudadano de verdad, no es el que protesta por todo, el que se indigna por las matanzas, por los errores, sino el que día a día lucha por el Estado de Derecho, desde el ama de casa que lleva a sus hijos a la escuela, el burócrata que hace bien su trabajo, el que exige que no se transmitan series de narcos en horario familiar, el que escribe y dice la verdad aunque sea despreciado por la izquierda y los intelectuales (ay, González de Alba, cómo te vamos a extrañar) y sí, los soldados que dieron su vida por el Estado de Derecho, como el cabo Cristian, tratando de salvar a un criminal, el mismo cuyos cómplices terminaron con su vida.

Lo único que puedo decir desde estas líneas es: Gracias, cabo Cristian, gracias a todos los soldados que han muerto por este país, mi reconocimiento al Ejército en lo general y a la 14/a zona militar en Aguascalientes en lo particular. Al final de la película, el hermano parece decepcionado, todo apunta a que no terminará de componer el corrido, se da cuenta de que en verdad el Gavilán de la Sierra no es un héroe, sino un criminal, espero seriamente que la narcocultura se extinga y aquellos que la fomentan descubran quiénes son los justicieros y quiénes los villanos.
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Rubén Díaz López

Rubén Díaz López

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