Opinión

Democracia y conocimiento / El peso de las razones

Nuestras movilizaciones políticas rebozan indignación justificada e ignorancia culpable: un binomio inflamable. Tanto en las marchas del Frente Nacional por la Estulticia, en las contramarchas, como en aquellas que piden la renuncia de Enrique Peña vemos seños fruncidos, ojos amenazantes, indignación que eriza los vellos de los brazos, también crasa ignorancia o simple y llana sandez. Algunos van sólo por gritar, pues cuesta menos caminar un rato y vociferar que pagar al psiquiatra. Otros son hijos de todas las causas, individuos irredentos e inconsistentes que ayer defendían la libertad de expresión y mañana censurarán una broma que les parece políticamente incorrecta. Por la noche tocarán trova en alguna peña y se sentirán moral y emocionalmente superiores al resto de los capitalistas insensibles. Otros son los líderes, siempre con algún arreglo político, siempre con intereses velados, siempre buscando el hueso o el recoveco. Los menos saben por qué lo hacen. A ellas y ellos no los vemos en todas las marchas. Para ellas y ellos la indignación no es pan de todos los días. No son activistas. No son beligerantes. No requieren la pertenencia a un grupo para fortalecer su identidad personal. Están indignados, sí, pero lo están como resultado de varios razonamientos cuidadosos e informados. Son los menos, y muchas veces son los ausentes.

Una de las peores amenazas a la democracia es la falta de conocimiento. Nos han hecho creer que la democracia implica la validez uniforme de todas las opiniones. Nos han hecho creer que mi opinión vale exactamente lo mismo que cualquier otra. Es falso. Ni la democracia lo implica ni es una situación deseable. Lo que sí implica una democracia liberal es que la libertad de conciencia y la libertad de expresión son bienes sociales primarios. Esto quiere decir que cada cual puede pensar y expresar lo que desee, por muy imbécil que sea, sin ser censurado o reprimido por ello. En pocas palabras, en una democracia liberal uno también es libre de ser idiota. Lo que no implica la democracia es que una opinión ignorante valga lo mismo que una informada. Tampoco implica que frente a decisiones sobre la res publica todas las opiniones deban ser tomadas en cuenta e integradas en la ecuación. La posibilidad de pensar y expresarse nunca deben ser confundidas con la evaluación de dichos pensamientos y expresiones. Lo primero es un asunto político y de libertades, lo segundo un tema normativo.

Cuando la democracia se aleja del conocimiento engendra disparates. Las personas, embebidas en su mito democrático, no tardan en opinar. Y opinan sobre cualquier tema. Creen que sus opiniones valen, deben ser tomadas en cuenta y deben determinar el curso de los asuntos públicos. Pueden pensar lo que quieran y pueden expresarlo, sin duda. Pero los asuntos públicos deberían decidirse por las razones con mayor peso. Son nuestras mujeres y hombres de ciencia, aquellas y aquellos que poseen conocimiento de manera paradigmática sobre los temas de su especialidad, quienes deberían determinar el derrotero social. Todos y todas opinan sobre impuestos, salarios, políticas públicas, energía, alimentación, educación, leyes. Casi nadie, no obstante, ofrece opiniones justificadas e informadas. La democracia sin conocimiento deja las decisiones de los asuntos públicos a los prejuicios, las intuiciones y las ideologías. Los hechos y sus evaluaciones cuidadosas no tienen lugar en la tierra de los opinólogos.

¿Qué hacer ante esta debilidad de la democracia? En primer lugar, un lugar común: educación. Ciudadanas y ciudadanos poco educados minan el propósito de la democracia: el gobierno viable de todas y todos. Es inconcebible que en los repartos presupuestales recortemos recursos a la educación. No sólo eso: no tenemos ni idea de en qué consistiría una reforma educativa de fondo. La izquierda mexicana está extraviada y con la derecha privatizadora nunca hemos contado. Las presiones de los grupos conservadores, que buscan reintroducir la educación religiosa en los colegios de un país laico, nos han hecho olvidar que los contenidos de la educación son públicos de suyo. También nos han hecho olvidar a mayor oferta educativa privada sobre la oferta pública generamos desigualdad educativa y cultural. Como nunca la izquierda debe recordar que una reforma educativa profunda debe comenzar por los contenidos de la educación: plurales, laicos y con una fuerte carga científica. Con pena y bochorno veo que los jóvenes de izquierda mexicanos han sido seducidos por la retórica rancia del marxismo de la vieja guardia: piensan que la reforma educativa es, ante todo, un tema sindical. ¡Supina imbecilidad!

En segundo lugar, un lugar muy poco común: divulgación científica. Veo con preocupación la poca importancia que tiene el hacer llegar a un público amplio información rigurosa y sustentada que podría dirimir muchas discusiones empantanadas. Sabemos muy poco sobre lo que discutimos en la esfera pública y la democracia es imposible con una ciudadanía ignorante. Cualquier palurdo afirma que su posición está sustentada “científicamente”, y la ignorancia ciudadana poco puede hacer para desenmascarar de inmediato a los charlatanes. La culpa es doble. Por un lado, mujeres y hombres de ciencia rehúyen de su responsabilidad ciudadana: los vemos alejados de los diarios, de las columnas de opinión, de los programas de debate y, sobre todo, de las escuelas de educación básica y media. Por otro lado, el gobierno hace muy poco por impulsar la difusión del conocimiento a grandes sectores de la sociedad. Los productos de divulgación tienen un menor peso que los de investigación para la comunidad académica. Necesitamos con urgencia políticas públicas que impulsen de manera decidida la difusión del conocimiento científico.

Al margen y ni tan al margen: lo he escrito en otras ocasiones en este mismo espacio, el peor enemigo de la izquierda es la izquierda misma. Necesitamos una izquierda fuerte, culta, informada. Para ello, el ejercicio de la crítica de la izquierda a la izquierda misma es necesario. Hace un par de días perdimos a uno de sus representantes y críticos más lúcidos, con el cual casi nunca compartí puntos de vista, pero siempre admiré y respeté su actitud escéptica, ácida y autocrítica. Requiescat in pace, Luis González de Alba.

 

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Mario Gensollen

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