Opinión

Esencia de la Libertad de Expresión / Debate electoral

Sé bien que hay médicos de cuerpos, de esos que no importa si es de día o de noche, cerca o lejos, anhelan la salud del enfermo y están permanentemente al pendiente de su cuidado, aún a costa de su propia salud. Luego también hay quienes se han ganado el título de médicos de almas. Creo que todos conocemos a esa persona que, tan solo verla, nos reconforta, nos tranquiliza, nos hace sentir calidez, y sobre todo, esa paz interior, ese equilibrio espiritual que, ¡Vaya que, a veces, cómo nos hace falta!

Cualquiera de los dos ejemplos merecería más que una columna: tratados enteros, litros de tinta y kilos de papel no bastarían para reconocer su loable labor en beneficio de la salud de sus congéneres.

Hoy hablaré de un médico quien, desde mi punto de vista, no ha sido suficientemente honrado por la historia (y esta columna es apenas mi humilde aportación), que seguramente salvó vidas, salvó almas y, lo más importante, dejó un legado de valentía como cimiento en donde se erige una columna que sustenta a nuestra nación.

En ocasión de que un día como hoy, pero de 1913, siendo senador de la República fue asesinado, y con el afán de que su aportación a la cultura política no se olvide, es que estas líneas van dedicadas al Dr. Belisario Domínguez Palencia.

Vivió 50 años en este mundo, viendo la primera luz en Comitán, en el estado de Chiapas. Nieto de Quirino Domínguez, un vicegobernador que entraba en funciones para suplir al entonces gobernador Joaquín Gutiérrez, e hijo de Cleofas Domínguez, un hombre liberal, Belisario estudia la primaria en Comitán, y sus padres deciden que estudie bachillerato en San Cristóbal de las Casas, para posteriormente estudiar medicina en una de las universidades de mayor prestigio en el orbe, La Sorbona de París.

Una vez obtenido el título de médico cirujano, Domínguez regresa a su pueblo natal a brindar apoyo profesional. Siendo recibido por su familia luego de una década fuera, en la fiesta de bienvenida conoce a la que será, tiempo después, su esposa Delina Zebadúa.

Por azares de la vida, su esposa enferma, teniendo que trasladarse a la Ciudad de México para su tratamiento. Inevitablemete fallece, a pesar de los cuidados a que es sometida, y en una mala racha para nuestro personaje, también mueren su padre, su madre y su hermana Carlota.

Hombre versado en la medicina, con la seguridad de que la muerte es lo único seguro que existe en vida, afronta su duelo fundando El Vate, un periódico donde empezaba a dejar de manifiesto la veracidad de sus palabras y el encanto que poseía para tratar las injusticias que se reflejaban en los gobiernos de Porfirio Díaz en la capital y de Rafael Pimentel en su patria chica.

A principios del Siglo XX, regresa a Chiapas a dedicarse a la iniciativa privada y a la construcción de su carrera política, misma que inicia como presidente municipal de Comitán, elección que gana fácilmente. Su fama se extiende a todo el estado y gana la elección de Senador lo que le lleva de nueva cuenta a la Ciudad de México.

En los albores de la democracia, es testigo del episodio conocido como La decena trágica, por medio del cual Victoriano Huerta usurpa la Presidencia de la República legítima de Madero y Pino Suárez. Asumido senador, todas sus decisiones legislativas tomadas iban en contra del dipsómano dictador: baste destacar su primera reacción al llegar, oponiendo férreos argumentos contra el autorizar un permiso para que las tropas americanas permanecieran en aguas nacionales, en plena guerra americana de invasión, y así, cada una de sus intervenciones.

Es obvio mencionar que esta actitud era demasiado molesta, por decir lo menos, para el usurpador.

El 23 de septiembre, el médico subió a la tribuna del Senado para llamar “asesino y desequilibrado mental” a Huerta, en un discurso reproducido y distribuido de manera masiva. Sin embargo su discurso pronunciado el 29 de septiembre es el que lo ha llevado a la inmortalización:

“¿Qué se diría de la tripulación de un gran navío que en la más violenta tempestad y en un mar proceloso nombrara piloto a un carnicero que sin ningún conocimiento náutico navegara por primera vez y no tuviera más recomendación que la de haber traicionado y asesinado al Capitán del barco?” Han pasado a la historia los nombres de sus captores y asesinos: Márquez, Quiroz, Hernández y Huerta. También dejaron constancia del lugar de su martirio, el cementerio de Xoco, y ha trascendido la anécdota de que su lengua fue cortada y enviada de regalo al presidente.

Curioso que, quizá como lo soñó, nunca callaron su voz, pues aún en el Senado se escuchan fuertes sus palabras llevando la proclama de la responsabilidad de un dicho y sostenerlo con la verdad, esencia de la libertad de expresión. Esa libertad de la que hoy muchos todavía hacemos uso, sin tener conciencia plena de lo que ello significa.
/LanderosIEE | @LanderosIEE

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Luis Fernando Landeros

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