Opinión

Un innecesario desarreglo de epitafios / El peso de las razones

Hace algunos años leí uno de los textos más absurdos entre los innumerables textos absurdos que pueblan la red. Si lo recuerdo bien, el autor del atropello conceptual se quejaba de los criterios de la Encuesta Nacional de Lectura. Su argumento era simple: dado que la encuesta sólo tomaba en cuenta la lectura de libros, y leer no sólo consiste en leer libros, la encuesta no funcionaba. El quejoso muchacho se lamentaba de que la encuesta no tomara en cuenta la lectura de los subtítulos de una película, las prescripciones médicas, las recetas de cocina y la tabla de los ingredientes de los Froot Loops. Mientras leía sus absurdos, falacias y despropósitos pensaba dos cosas: una simple y otra algo más elaborada. La simple: este sujeto ignoraba con pompa y pretensión la evidente diferencia entre el acto de lectura -y la función del libro como una extensión de la imaginación (Borges dixit)- y el proceso cognitivo general que nos permite identificar actos comunicativos a partir de signos convencionales. La algo más elaborada: la borrachera posmoderna hace un flaco favor a nuestra comprensión de la comunicación humana. Su queja contra el rígido corsé de la precisión conceptual lleva al chamaco posmoderno a flexibilizar términos y conceptos hasta hacerlos completamente inútiles.

Hace un poco más de tiempo estaba en un congreso en el que una de las grandes vacas sagradas del pensamiento mexicano nos iluminaba con la receta a todos nuestros problemas, inquietudes y dudas filosóficas: dado que el mundo es un gran libro, podemos leerlo. Para leerlo nos estorba tanto la rigidez de la univocidad como el pantano de la equivocidad. La solución: la analogía. Que a usted le preocupan los problemas de género, la justicia, el conocimiento, la libertad, la naturaleza humana, la mente…, no se preocupe más: todo es análogo. Recuerdo haber levantado la mano al final de su intervención y preguntar: ¿acaso no su teoría es de aquellas que por englobarlo todo termina sin explicar nada? Recuerdo sólo su ceño fruncido y una mueca de disgusto. Pero mi preocupación era honesta. Se sabe que una de las cualidades positivas de cualquier teoría es su simplicidad: explicar mucho mediante pocos recursos es elegante. Pero también peligroso. El peligro es evidente: quien mucho abarca poco aprieta. Pero también se corre otro peligro: las analogías son recursos cognitivos muy útiles. Conocemos, entre otras cosas, sus beneficios didácticos: explicar lo menos conocido mediante una analogía a lo más conocido ilumina los recodos más oscuros. También conocemos su utilidad estructural: las analogías de proporción son de suma importancia para la economía y las matemáticas. Usar el concepto de “analogía” para dar cuenta de todo hace que el útil concepto de “analogía” se vuelva completamente inútil.

La comunicación humana descansa en la estructura formal del lenguaje. Pero dicha estructura no basta. La comunicación es posible incluso a partir de yerros gramaticales: frases incompletas, frases hechas con un significado local o no habitual, monosílabos, neologismos, metáforas, bromas etc. El lenguaje es un lindo desarreglo de epitafios, pensaba Donald Davidson (haciendo un guiño a Shakespeare). “Lindo” en tanto permite la comunicación; “desarreglo” en tanto imposible de insertar a una estructura pulcra y refinada. Cuando normamos de más el uso de una lengua impedimos que fluya naturalmente y poco a poco nos alejamos más de su uso efectivo, cuando flexibilizamos de más su uso la volvemos inoperante. Los dos casos anteriores son lamentables ejemplos de la segunda posibilidad.

Y podría mencionar, adicionalmente, un tercer ejemplo; uno que ha caldeado de más los ánimos y el comentario rápido en las redes sociales: considerar la obra de Bob Dylan como “literatura”. Anticipo algunas molestias: no me interesa si Bob Dylan merece o no el Nobel de Literatura, no me interesan las razones por las cuales la Academia sueca suele premiar a los galardonados, no me interesa si ha otorgado el Nobel a Dylan por razones políticas o pensando en el posible mensaje que brinde en su discurso de aceptación, no me interesa si el Man Booker Internacional sea el premio a lo mejor de la literatura actual y no el Nobel, no me interesa si el Nobel lo merecían más Roth o DeLillo, mucho menos me interesa subirme a un tren que partió hace un par de semanas. Me interesa sólo la ampliación del concepto de “literatura” y me interesa por razones comunicativas. Ante las protestas enérgicas y encolerizadas de los policías de la lengua, ante los aplausos borrachos de los posmodernos, ante las sospechas del establishment literario, mi actitud más bien es escéptica. No termino por entender cuál pueda ser la justificación para ampliar y flexibilizar el concepto de “literatura”. La Academia lo ha hecho antes con buenos resultados: para no ir más lejos, el año pasado condecoró a una periodista. El mensaje era evidente: el periodismo, mediante la crónica, la entrevista profunda y la narración puede tener alturas literarias. Si la Academia pensaba hacer algo similar este año pudo hacerlo con la crítica literaria y el ensayo: seguramente George Steiner hubiese sido un buen candidato. Pudo hacerlo hace algunas décadas si pretendía ampliar el concepto al ensayo reflexivo y el artículo filosófico: Isaiah Berlin y Bernard Williams hubiesen sido grandes candidatos. Podría hacerlo con el género de la divulgación científica, que en Frans de Waal, Michael Gazzaniga y Carlo Rovelli alcanza actualmente cumbres literarias. En cualquiera de los casos anteriores habría escándalo, pero el mensaje sería claro y la utilidad comunicativa no se echaría de menos. Por el contrario, llamar “literatura” a la obra musical de un genio no deja claro el mensaje y mucho menos está justificado a priori. ¿En qué nos beneficia la ampliación del concepto de “literatura” en el caso de la obra de Dylan? Temo que la Academia y los posmodernos puedan estar cometiendo un innecesario desarreglo de epitafios.  

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Mario Gensollen

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