Opinión

Joder a México / Disenso

 

Hace algunos años, cuando el entonces candidato Enrique Peña Nieto visitó la FIL y le preguntaron sobre sus tres libros favoritos de la vida y él no pudo sino balbucear (Edilberto Aldán tiene la teoría de que nos pasaría así más o menos a quienes nos preguntaran) se armó un escándalo enorme arguyendo que claramente un presidente así de inculto no podía representarnos. En su momento escribí (y lo he repetido cuando se da el tema) que para mí el centro de la cuestión no tenía qué ver sobre lo culto o no de Peña Nieto (mucho menos sobre el tema de si el mexicano promedio lee más o lee menos y si por ello se tenía o no derecho a exigírselo) sino con lo grave que me parecía que su equipo no hubiera preparado adecuadamente el escenario en donde se anticipara que, en el evento de libros más importante del país, una de las posibles preguntas versara sobre… libros.

Era, por aquellos entonces, un hecho bien conocido y repetido entre los círculos de la polaca, que el señor Peña Nieto tenía una disciplina tremenda y un equipo de asesores formidable. Aquella lejana experiencia traumática en la FIL sólo anticipó otros muchos tropiezos que tuvo el ahora presidente al “salirse del guión”. El teleprompter parece ser su fiel aliado y cuando no hay notas a la mano ni guión cerca, el presidente falla de manera clara. Ante la situación su equipo ha hecho intentos por demostrar su frescura, su rapidez mental, su capacidad de improvisación y argumentación. Los intentos han sido más bien desafortunados.

Sucedió en la triste despedida de López Dóriga, cuando, a modo, le hicieron una entrevista “banquetera” a Peña para hablar con “inusitada frontalidad” sobre el infame departamento de su esposa en Miami: preguntas “temerarias” a modo que buscaban una legitimación que no se dio ni para uno ni para otro. Sucedió en su reinvención del informe (gurú del PRIennial) cuando en una triste reunión con jóvenes mexicanos, se armó una performance que fue de la loa lagrimera a la confrontación simulada. Y sucedió hace unos días cuando, otra vez, fuera del script, Peña Nieto dijo (en una suerte de plural mayestático) que los presidentes jamás se habían levantado por la mañana pensando en cómo joder a México.

El suceso es revelador en muchos sentidos. Hasta ahora yo sostuve que era probable que el equipo del presidente tuviera un cerco tan robusto que éste no se diera cuenta del índice de molestia y desaprobación que tenía, estaba equivocado. Su desliz demuestra que lo sabe y que se siente ofendido e incómodo con ello. La confesión acerca de que “no lo hace de adrede” es en realidad trivial. Si bien es cierto hay un montón de circunstancias que le rebasan incluso en facultades y atribuciones (como la depreciación del peso mexicano frente al dólar), el presidente precisaría de un nivel alto de sociopatía para no entender que nos molesta cómo se enfrentó el escándalo de la Casa Blanca y cómo se disculpó después, que nos molesta que haya presumido a Duarte como uno de los símbolos del nuevo PRI y que no tomara cartas en el asunto cuando el nivel de corrupción y violencia en Veracruz eran insostenibles, que nos molesta que su estrategia para resolver problemas en el gabinete sea dándole la vuelta a sus colaboradores, o que insista en colocar en niveles importantes (y en instituciones que deberían ser ciudadanas) a personajes cercanos a él.

La declaración de Peña Nieto puede leerse como cinismo -a menos que él no entienda que con intención o sin intención muchas de las decisiones que toma efectivamente joden a México-; como declaración de incapacidad: porque reconoce que, aunque él no lo haga de adrede, México está jodido; como reclamo: donde nos tacha de malpensados y quejosos, cosa que no sería nueva. Pero sobre todo puede leerse como un signo más del terrible cansancio y el terrible desgaste que tiene esta presidencia en relación con la ciudadanía y de que su equipo sigue sin anticipar escenarios o él sigue sin sujetarse, con esa casi mítica disciplina, a sus señalamientos.

Cada vez que pienso que esta vez hemos tocado fondo, de alguna u otra manera, factual o simbólicamente, en una insospechada decisión o en una imprevista declaración, el presidente sorprende. La mala: faltan dos larguísimos años. La buena: dos años para realmente pensar qué decisión tomaremos, porque no creo que ningún mexicano se levante pensando cómo joder a México.

/aguascalientesplural

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Alejandro Vázquez Zuñiga

Alejandro Vázquez Zuñiga

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