Opinión

La paz y la justicia / Disenso

Ante un conflicto, hay básicamente tres formas de solución, a saber: la imposición por violencia, la resolución de un tercero y el acuerdo a través del diálogo. La idea de esforzarnos por llegar a soluciones a través de la tercera vía radica en tener menos pérdidas: la violencia implica un posible mal desenlace para al menos una de las partes, lo mismo que la resolución de un tercero. En cambio, el acuerdo representa pérdidas menores y equilibradas para ambas partes. Esto no quiere decir que las dos primeras no sean útiles o deseables. Y más: en ciertas ocasiones son ineludibles. Cuando no se establecen las condiciones necesarias para el diálogo -y por lo tanto el posterior acuerdo-, alguna de las dos primeras tiene que sobrevenir. Por más que cueste aceptarlo y que parezca políticamente incorrecto decirlo, hay veces que la violencia es una forma a la que tiene que recurrir.

Esta semana participé de una pequeña discusión sobre un video que circula en Facebook donde les preguntaron a las y los manifestantes de la marcha “En defensa de la familia” (natural dicen ellos, aunque nunca expliquen qué significa eso) por qué estaban ahí. Lo que viene es un extravío proverbial. Despropósitos y supina estulticia. Fantasías y conspiraciones de proporción inaudita: “Peña Nieto fue comprado por la ONU y busca justificar una agenda para acabar con la humanidad”. Me preguntaron si no me parecía violento que se exhibiera de esa manera a los manifestantes. Si no era un recurso “bajo” exhibirles así. Es posible que consideremos que es un recurso muy bajo: la ironía, el sarcasmo y la burla, son realmente muy formas muy débiles de argumentación. Sin embargo, tampoco creo que sea abusivo pues la exhibición se da por cuenta propia. No hay preguntas capciosas ni trampas abyectas, como cuando a bote pronto se le pregunta a alguien qué opina sobre los matrimonios heterosexuales. Las preguntas eran directas y transparentes: ¿por qué estás marchando? ¿por qué no quieres que los heterosexuales se casen?

La exhibición en este caso me parece una forma de mostrar el peligro de una agenda que carece de argumentos y que mueve a miles de personas, a veces con engaños y manipulación, con lo que detrás es una agenda de interés político. La curia católica busca repuntar en una injerencia en el estado que en primer lugar jamás debió haber tenido: los asuntos de fe son privados, los asuntos de la ley, públicos. No parece una acción pacífica, pero sí justa. Es una sutil forma de violencia el poner de manifiesto las carencias de un bando, pero es justo porque apenas así se dimensiona en todo su esplendor la ausencia de razones (en el sentido fuerte de la palabra).

Quiero decir entonces que la paz y la justicia no siempre aparecen en el mismo momento. Y que en todo caso se llega a la paz a través de la justicia. La paz -un estado de bienestar común- debe estar antecedida por una aplicación estricta de la ley. Imaginar un país en que a quien roba se le cortan las manos y a quien viola se le castra puede llevarnos a una disminución drástica de crímenes, pero difícilmente a una sociedad pacífica o justa, sino a una plenamente dominada por una violencia de estado. La tarea de quien gobierna es la posibilidad de usar la fuerza pública, el ejercicio de la violencia, con la contundencia necesaria para impartir justicia y con la sutileza necesaria para permitir la civilidad y la paz. En esa tensión el Estado debe construirse. Claramente en el México actual no encontramos ni lo uno ni lo otro.

Sucedió, ante la mirada incrédula del mundo, que ayer en Colombia la ciudadanía que dijo “No” aventajó a quienes luchaban por “la paz”. No es una situación sencilla de comprender. Probablemente a primera vista parecería evidente que terminar con una guerrilla de medio siglo que ha traído muertes y sufrimiento era lo más deseable. Pero vale la pena preguntarnos por qué se dio la negativa. Es posible que en el fondo las y los colombianos tengan reservas para llegar a un estado de paz (supongámoslo así) sin haber pasado por un proceso de justicia. Aún si alguien arguyera que sus reclamos son justos, sin duda alguna, los métodos de las FARC no lo fueron. La paz seguramente para ellos, es más deseable si se obtiene a través de que se juzgue y detenga, con los métodos que el estado debería tener en exclusividad, a los partícipes de esta negra historia. El terror que por más de 50 años han impartido estas células terroristas (si gusta puede colocar también la palabra revolucionarias) y los millones de víctimas que han dejado debieron ser apaciguadas por el gobierno sin que ello requiera una amnistía, ni escaños parlamentarios, sin recurrir pues, ni al perdón ni al olvido.

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Hablando de perdón y olvido, el día de ayer murió Luis González de Alba, en una increíble ironía del destino. Publicó (sin saberlo, como despedida) una columna ácida, casi reaccionaria, sobre el 2 de octubre y la perdida manera que, en su opinión, tenemos de abordarlo. Luis se definió (y también su historia) siempre como un hombre de izquierda, pero sus mayores batallas fueron justamente con esta postura ideológica. Fue, podría decirse, un fiero crítico de la forma en que se hace crítica al estado, de la forma en que se magnifica y mitifica a los que habitan estas coordenadas políticas. Probablemente algo de razón había en su lucha.

Más de doscientas mil personas (se dice) abarrotaron el zócalo para ver el performance de Waters con lectura de carta a Peña Nieto incluida. “Renuncia Peña” es una frase con la que es difícil no sentirse identificado, en cambio, si les preguntaran a los miles presentes por qué o para qué y qué consecuencias traería, sus respuestas no diferirían mucho en cuanto a extravío de quienes opinaron en la marcha de marras. ¿Justicia o paz? Acaso ninguna. Justicia: cuando se le juzgue con precisión sobre sus múltiples yerros. Paz: cuando como ciudadanos exijamos de manera correcta que el Estado imparta -cuando debe y como debe- justicia.
/aguascalientesplural

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Alejandro Vázquez Zuñiga

Alejandro Vázquez Zuñiga

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