Opinión

Muertos, patrimonio e idiosincrasia / Cinefilia con derecho

No hay evento más maravilloso ni de mayor dignidad que pueda ser capturado por una cámara como lo es el Día de Muertos en México

Sergei Eisenstein

Uno de los principales problemas del derecho a la cultura es definir el sustrato concreto del mismo, el inconveniente se agrava cuando la legislación federal se concreta en la defensa del patrimonio, entendido como el “conjunto de bienes y manifestaciones tangibles e intangibles, presentes o pasadas, producto de la acción conjunta o separada del hombre y la naturaleza, que tienen una relevancia histórica, estética, arquitectónica, urbanística, económica, social, tradicional, etnológica, antropológica, científica, tecnológica e intelectual para un pueblo” (José Ernesto Becerril Miró) y a la estructura administrativa de los entes promotores, pero no traducirlo en derechos subjetivos.

La anterior es una primera crítica al derecho cultural mexicano: su enunciación teórica y legislativa se reduce a la protección de los bienes histórico-artísticos, es decir, estamos realmente en presencia de un derecho administrativo y no de la idea de derechos humanos. Por ello es importante que la normatividad hidrocálida, a diferencia de la federal, sí desarrolla facultades desde el punto de vista de la persona. En este sentido, se fortalece aún más la materia con decretos como el emitido por Carlos Lozano de la Torre donde declara a nuestro Festival de las Calaveras como patrimonio inmaterial de los aguascalentenses dando derechos concretos a cada uno de los habitantes de estas tierras.

Las festividades de los santos difuntos y su parafernalia son un referente que da a México fama internacional, regada por todas las regiones del país, la visión de la muerte materializada en mito a través de la Garbancera de Posada. Eisenstein captó esta esencia plástica de la fiesta de la muerte, otro cineasta que supo amalgamar toda la esencia de la tradición, es el magnífico Roberto Gavaldón, quien la llevó al clímax de la pantalla grande en la inmortal Macario (1960) una obra a blanco y negro que retrata con belleza inexplicable nuestra esencia en relación con la muerte: un pobre diablo sumido en la más absoluta pobreza que, cansado de compartir su comida, huye al bosque con un guajolote (robado por su esposa) para poder comer por primera vez en su vida sin compartir con nadie, ahí hacen su aparición dios, al demonio y a la muerte, quienes le piden compartir el banquete; con los tres entabla interesantes diálogos que desencadenarán en una tragedia donde la calaca será la inevitable protagonista.

Cada uno de los estados de este país le da al día de muertos su propio enfoque e incentivo, los hay tradicionales como Michoacán, pero también quienes, como Aguascalientes, plantean una fiesta moderna anclada en la tradición. El decreto publicado en el Periódico Oficial del Estado muestra una vez más una vocación de Gobierno del Estado por llevar los derechos culturales más allá de su simple enunciación normativa, el referido instrumento legal busca dotar de contenido y proteger la realización de un festival que tiene muchas connotaciones, pero siempre enfocado al disfrute de los hidrocálidos.  

Macario tiene una fotografía de diez, es una imagen del colectivo nacional la escena de las grutas de Cacahuamilpa, en su interior cientos de velas, cada una simbolizando una vida, el blanco y negro hacen a esta estampa un clásico del cine y de la iconografía nacional. La maestría que conjugó uno de los mejores directores de cine mexicano, la llevó a ser nominada al Óscar como mejor película extranjera. Gavaldón es un artista cuya preocupación es la sique del mexicano oprimido, el retrato de un abrumado que busca liberarse y que en esa emancipación encuentra su perdición, en ello estriba la mayoría de sus mejores películas (El Gallo de Oro es otro excelente ejemplo).

Macario niega compartir su banquete con dios y con el diablo, solamente lo hace con la muerte, ella aparece personificada como un indio, Macario ve en ella a su igual, de ella nadie escapa, por eso decide dar un trozo de pavo. Esta fatalidad está afianzada en el mexicano, nadie puede escabullirse de ella, más aún, no queremos escapar, la esperamos inevitablemente, sin miedo, solo recordemos algunos versos de un clásico popular Un puño de tierra: “a mí no me importa nada pa’ mi la vida es un sueño” “yo sé que la vida es corta al fin que también la debo”. Creo que es justamente por eso que los mexicanos nos tomamos tan festivamente a la muerte, en su democrática igualdad, nos permite cantar, sea cual sea nuestra clase social: “el día que yo me muera, no voy a llevarme nada, hay darle gusto al gusto, la vida pronto se acaba, lo que pasó en este mundo, nomás los recuerdos quedan, ya muerto voy a llevarme, nomás un puño de tierra”.

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Rubén Díaz López

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