Opinión

Ni una menos

 

Una injusticia hecha en perjuicio de uno solo, es una advertida amenaza contra todos

Emerson

 

La violencia física o síquica contra las mujeres por el solo hecho de serlo, es un rasgo característico de casi todas las sociedades de todos los tiempos, dadas las estructuras falocéntricas, patriarcales y machistas sobre las que todavía se asientan los imaginarios y las identidades en muchas regiones y países del mundo, aún en pleno siglo XXI.

Pero otra cosa son las numerosas bestias sueltas que pululan por todos los rincones del mundo y que de cuando en cuando nos horrorizan con sus absurdos crímenes de odio.

Hace años que el valiente periodista Sergio González Rodríguez nos enseñó la piel de la bestia en su inquietante libro Huesos en el Desierto (2002), donde además dio una clase magistral de la función social de un periodismo comprometido, donde funde reportaje, crónica e investigación. Huesos en el Desierto es una obra excepcional, de un pundonor a toda prueba, aun a costa de la propia integridad física del periodista, que fue amenazado y luego salvajemente golpeado por investigar el tema in situ (En Juárez y El Paso). Para entonces, se documentaban más de 400 asesinatos de mujeres sin resolver siguiendo patrones similares. Todos contra mujeres jóvenes.

Así que cuando decimos “feminicidios” y “las muertas de Juárez” aludimos a la oscura suma de cientos de asesinatos que se vienen cometiendo en esa ciudad fronteriza de Chihuahua, al menos desde enero de 1993 y en medio de la más vergonzosa impunidad.

Para el año 2012, el número estimado de mujeres asesinadas en Juárez ascendía a más de 700. Todas son víctimas femeninas, mujeres jóvenes y adolescentes de entre 15 y 25 años de edad que abandonaron sus estudios para trabajar en las “maquiladoras” de Ciudad Juárez. Antes de ser asesinadas, las mujeres suelen ser violadas y torturadas.

La población juarense ha acusado reiteradamente de pasividad y algo más a las espurias autoridades locales y nacionales, puesto que en la gran mayoría de los casos no se esclareció la responsabilidad de dichos delitos. Tanto que hasta la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) considera al Estado Mexicano como uno de los principales responsables de estos hechos. Véase al respecto la histórica sentencia Caso González y otras (Campo Algodonero) vs. México”, de 16 de noviembre de 2009. Para un resumen de este y otros casos relevantes: www.cladem.org.

En Juárez y en el estado de Chihuahua, se han sucedido por años gobiernos de uno y otro partido, demostrando una vez más que por lo menos allí han sido la misma cosa, porque la mayor parte de los crímenes contra éstas jóvenes trabajadoras permanecen sin resolver e impunes.

Pero la palabra feminicidio no logra transmitir la estupidez y el horror que tipifica penalmente el homicidio de una mujer, sino que alude a una “epidemia” que afecta a miles de mujeres. Si bien no existen cifras oficiales, es posible afirmar que cada año son víctimas mortales no menos de cinco mil mujeres y niñas en los países de Iberoamérica.

Todo esto viene al caso porque, por ejemplo, hace pocos días encontraron a una mujer violada y asesinada en un descampado de La Matanza (Argentina), y a otra jovencita de 16 años, Lucía, asesinada en Mar del Plata (Argentina). Luego encontraron a Florencia en Coyhaique, que tenía 9 años, según la confesión de su padrastro. Ahorro al lector o lectora los sórdidos detalles de dichas muertes y diré mejor que, sin embargo, a la hora de descalificar a las mujeres que se organizan para defenderse y exigir justicia no se escatiman las palabras. Dicen que son violentas por sus métodos de protesta o intervención, pero cabe preguntarnos con ellas: ¿en qué tipo de categorización entran los métodos de quienes torturan, violan y asesinan mujeres? Tal parece que se comparten reclamos civilizatorios y de justicia, pero no la forma de visibilizarlos, porque graffitear una pared parece más ultrajante que meter a una mujer en una bolsa de basura. Exhibir la desnudez en una manifestación como protesta simbólica contra estereotipos y opresiones, no es decente ni digno, porque tenemos para eso lugares reservados en “zonas de tolerancia”, en la televisión y en las campañas publicitarias de grandes firmas nacionales o multinacionales, para que los cuerpos de las mujeres sirvan también como reclamo publicitario y justifiquen el lucro mercantil. Y claro, las mujeres tienen sus casas, sus cocinas y sus maridos en caso de que quieran conocer algún tipo de libertad.

Pero ya sean casi seis por día en México o casi una por día en Argentina, nuestros gobiernos han fracasado y nuestras sociedades también. El consuetudinario estado de discriminación, violencia y muerte contra las mujeres no se va a resolver con meras declaraciones de buena voluntad o con cursitos de capacitación a empleados públicos. Debe existir un compromiso firme y transversal de todos los gobiernos, de todos los colores y a todos los niveles, orientando el aparato estatal y el compromiso social para poner fin a una de las más grandes y masivas violaciones de derechos humanos en el mundo actual.

Para poder decir ni una menos, dejemos por ejemplo, de llamar “piropo” al celebrado acoso callejero, o amor a los celos patológicos. Dejemos de preguntarle a la víctima como iba vestida cuando la violaron, o dejemos de prohibir cosas a nuestros hijos varones porque son de “nenas”. Eduquemos en la igualdad de derechos y obligaciones y formemos sexualmente sin sesgos a nuestras niñas y niños, tanto en casa como en la escuela. Y éste es solo el principio. Otras masculinidades son no solo posibles, sino urgentes.

Tanta violencia cansa. Pero imagine el lector o lectora si ellas no están cansadas de salir a la calle y no saber si van a terminar violadas y muertas en un campo algodonero o en una caja de cartón.

De parte de todas: “Violencia es tener miedo por ser mujer. Pedimos sinceras disculpas por las molestias ocasionadas, pero es que nos están asesinando y se nos hace urgente gritar: ¡ni una menos!”

@efpasillas


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Enrique F. Pasillas

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