Opinión

No sé si reír o llorar / El peso de las razones

Piense por un momento en un buen chiste, uno que le haga reír horrores, de esos que nos parten por la mitad y terminamos con dolor de cabeza y estómago. Reír es algo claramente placentero. Nuestro organismo nos premia: la historia evolutiva de nuestra especie se hace patente recompensándonos por hacernos un bien, como cuando nos alimentamos o tenemos relaciones sexuales. Lo cierto es que no queda claro cuál es la historia evolutiva del humor -por qué nuestro cuerpo nos recompensa con dopamina cuando reímos-, y tampoco queda claro qué es el humor -por qué algo nos parece gracioso y otras cosas no tanto-. Quisiera detenerme sólo en la segunda pregunta y atisbar su relación con la vida pública.

Desde la antigüedad los filósofos se ocuparon del humor así como de lo trágico. Tanto para Platón como para Aristóteles que algo nos causara gracia requería de una explicación. Fueron ellos los que desarrollaron lo que ahora se denomina la “teoría de la superioridad”. A grandes líneas, ellos pensaron que algo nos causa gracia cuando lo consideramos inferior. Por ejemplo, Platón -siguiendo el ejemplo de su maestro Sócrates- consideraba superiores moralmente a los seres humanos que seguían el mandato délfico de conocerse a sí mismos: es decir, aquellos que si eran altos se sabían altos, bajos si eran bajos, listos si en verdad lo eran o torpes si eran limitados. En este sentido, para los griegos nos reímos de aquellos que -siguiendo el ejemplo- no se conocen a sí mismos: personas que se creen más listas, agraciadas o fuertes de lo que son en realidad. Thomas Hobbes, el gran politólogo inglés, suscribía esta explicación: para él la risa era la gracia repentina que sentimos cuando alguien es inferior en comparación nuestra, cuando creemos que somos superiores a esa persona. No obstante, algo hay de contraintuitivo en esta posición. Fue durante la ilustración escocesa que algunos filósofos -Francis Hutcheson y James Beattie, en particular- argumentaron en contra de ella: pues abundan los contraejemplos de cosas que consideramos inferiores y no nos causan gracia.

En la actualidad, debemos a Noël Carroll -entre algunos otros- una explicación mucho más consistente del humor: la “teoría de la incongruencia”. En términos simples, lo que sostiene esta explicación del humor es que la fuente del entretenimiento cómico es la percepción de algo que nos parece incongruente. El ejemplo de Carroll es ilustrativo: “Un irlandés de nombre Pat entra a un bar en Nueva York y ordena tres tragos de whisky. ¡Colócame los tres a la vez ahora mismo! El cantinero se los coloca y Pat los bebe. Pat ordena otros tres y luego otros tres. Finalmente, el cantinero le pregunta a Pat ‘Por qué siempre ordenas tus tragos de tres en tres?’, Pat le responde ‘Bueno, es que tengo dos hermanos, uno en Sídney y el otro en Dublín, y me gusta pensar que los tres estamos bebiendo juntos’. Pat se vuelve cliente habitual del bar y cada que entra el cantinero le coloca inmediatamente tres tragos de whisky. Un buen día Pat entra al bar y le dice ‘No, hoy sólo dos tragos’. El cantinero lo mira y dice ‘Lamento enterarme de tu pérdida’. Pat pregunta ‘¿Qué pérdida?’. A lo que el cantinero contesta ‘Como ordenaste sólo dos tragos pensé que uno de tus hermanos había fallecido’. A lo que Pat responde ‘No, para nada, soy yo, qué no sabes que ya voy por el camino del bien’”. Aquí la incongruencia, la que nos hace reír y divierte, tiene que ver para Carroll con el hecho de que Pat piensa que es congruente ir por el camino del bien y ordenar ya sólo tragos de whisky de dos en dos. Una de las ventajas de la teoría de la incongruencia sobre la teoría de la superioridad, adicionalmente, radica en que la primera explica la mayoría de los casos en los que parece que es la superioridad lo que causa gracia. Por ejemplo, la mayoría de los chistes raciales o étnicos fundamentan su gracia en una incongruencia que se piensa es propia del grupo al que se alude en el chiste.

La teoría de la incongruencia, no obstante, requiere dos acotaciones. Por un lado, hay incongruencias que nos causan ansiedad (Aristóteles mismo había visto esto: para él no podía haber destrucción verdadera en la comedia). Para que una incongruencia sea humorística no debe causar ansiedad. Una segunda acotación tiene que ver con que ciertas incongruencias adquieren la forma de rompecabezas intelectuales, y cuando esto sucede no son graciosas. Por ello, la comedia donde la incongruencia es simple y clara suele causar gracia a más personas.

Pensar que el humor radica más en las incongruencias que en la superioridad ilumina otro hecho interesante: el humor no tiene que ver con la celebración de la superioridad sino con el reconocimiento de nuestras limitaciones, con la humildad. El ejemplo de Carroll es nuevamente ilustrativo: “Un gordo entra en una pizzería y ordena una pizza completa. El que le atiende le pregunta ‘¿Le gustaría que rebanáramos su pizza en cuatro o en ocho porciones?’. A lo que el gordo responde ‘En cuatro, estoy a dieta’”. En este caso la incongruencia revela las limitaciones de las heurísticas de las que disponemos para actuar cotidianamente: aunque cuatro es menos que ocho, en este caso la heurística no funciona de un modo estándar, lo que lleva a la incongruencia del panzón. Quizá, como insinúa Carroll, esta teoría además ilumine la respuesta a la primera pregunta con la que inicié: quizá la evolución nos recompensa cuando detectamos fallas en nuestro funcionamiento racional, por lo que el humor sería de vital importancia para nuestro bienestar cognitivo.

Los griegos pensaron que la diferencia entre lo cómico y lo trágico radicaba en la distancia. “No sé si reír o llorar”, esa expresión tan mexicana que ahora cotidianamente refiere al malestar social que sentimos ante los traspiés del gobierno, los servidores públicos y las instituciones podría tener una respuesta a la luz de la teoría de la incongruencia sobre el humor: reír. El humor es un bálsamo social y un instrumento crítico insustituible de la vida pública: exhibe los fallos del sistema y a la vez nos permite tomar suficiente distancia. Si el humor nos ha permitido progresar cognitivamente quizá logre hacernos progresar socialmente. Así que a reír más y a llorar menos.

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Mario Gensollen

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