Opinión

La izquierda zombi / El peso de las razones

La izquierda liberal y progresista ha cavado su propia tumba. La ha cavado hondo. El muerto será difícil de desenterrar y será complicado volverlo a la vida. ¿Exagero? Espero que sí. Pero el diagnóstico -pienso- es atinado.

La izquierda hoy defiende un relativismo abyecto y es dogmática en su relativismo. Cierto es que debemos a la izquierda algunos logros recientes en lo que se refiere a las libertades civiles. Logros culturales y sociales, algunos de ellos trasladados ya a leyes e instituciones. Su búsqueda de reconocimiento de un grueso esquema de derechos sin importar sexo, raza, preferencia sexual, etc., ha redituado en un mundo cada vez más justo. No obstante, esos logros se han petrificado en la sólida roca de lo políticamente correcto. La izquierda se ha convertido en un animal perezoso, puritano, mojigato y conservador. Se ha olvidado de las aulas y se ha recluido en las redes sociales. No sabe qué es un argumento pero diseña memes. No argumenta, pero se sube al tren del mame. Su zona de confort es su propia sepultura. Todos los conocemos: animales contradictorios, inconsistentes; que viven para vociferar en las marchas, pero son incapaces de escribir una sola línea; que están al minuto con la nota amarilla, pero no abren un libro; que conocen el último chiste de Stephen Colbert, pero nunca han leído a Rawls o a Sen; que veneran a Chomsky, pero no saben que es lingüista… Que, cuando les señalas esto, responden risueños con un meme y van al siguiente mame. Pero, sobre todo, que no son capaces de sostener una argumentación con quienes piensan distinto, que los aturden o acribillan, que para ellos el cambio (como señalaba un querido amigo) tiene una dirección punto org. Es la izquierda para la cual la libertad de expresión sólo tiene límites cuando no está cool; que condena a las etnias y religiones intolerantes ajenas, pero protege las locales por folclóricas; que ante un problema público complicado (y todos los son), responde con una frase ad hoc y una solución a todas luces absurda. Es una izquierda que nunca aceptará que los que piensan distinto habitualmente tienen buenas razones para pensar lo que piensan; una izquierda no empática, irracional y que rehúye contra todos sus principios al diálogo plural y argumentativo; que ha capitulado argumentativamente ante el disenso. Me lo señalaba el otro día un sujeto paradigmático de esta nueva izquierda: lo políticamente correcto no es exclusivo de la izquierda. Y tiene razón. Sin embargo, si a una posición política le son ajenos por principio el juicio a priori, el esquema, el prejuicio y la falta de pluralismo es a la izquierda liberal y progresista. Debería darnos vergüenza.

¿Acaso la argumentación puede salvarnos de los males al interior de la izquierda? Soy muy escéptico y más bien modesto con sus alcances. Escasean los ejemplos en los cuales, mediante la argumentación, podamos resolver polémicas. Habitualmente, los problemas nunca se resuelven ofreciendo razones y sopesando las contrarias. Lo más común es el ejercicio de la violencia: desde la sutil imposición, hasta los gritos, el chantaje, los golpes y las guerras. Quienes ven las cosas así (los sospechosistas y los teóricos del poder), creo, no obstante, que deben hacer zoom out a su mirada. Son cortos de miras. El poder de los argumentos es un lento pero letal veneno. Son acumulativos. En lo que nos hemos equivocado los simpatizantes de la izquierda es que el costal tiene un límite. Siempre es necesario idear razones y combatir con ellas nuestras discrepancias. Si no lo hacemos así, nuestros oponentes seguirán llenando su saco hasta igualarnos o superarnos. Mientras nuestro saco sea mucho más pesado, obligamos a nuestro oponente a enfrentarse ante una disyuntiva: o a darnos momentáneamente la razón o a actuar desde la arbitrariedad. Y la gran ventaja es que pocos gobiernos y gobernantes (sólo podemos excluir a los grandes totalitarismos y dictaduras), no desean ser arbitrarios. Siempre es más efectivo a largo plazo actuar con una justificación, aunque sea pobre. Pero cuando el saco del oponente es lo suficientemente pesado, y eso sólo se da con el tiempo, sólo queda capitular. Lo políticamente correcto y el esquema preconcebido correcto/incorrecto desde el que opera ahora la izquierda sólo ha vaciado nuestro saco. ¿Cuántos de los que dicen estar a favor de la despenalización del aborto son capaces de esgrimir argumentos sólidos contra sus oponentes?, ¿cuántos de los que apoyan el matrimonio entre personas del mismo sexo?, ¿cuántos de los partidarios de abrir las fronteras y recibir refugiados? ¿Cuál es la posición de la izquierda chaira sobre la prohibición del uso público de símbolos religiosos? ¿Cómo jerarquizan los derechos?, ¿o no los jerarquizan? ¿Cuántos creen, en suma, que su relativismo es también relativo? Mientras redactaba estas preguntas, lo confieso, sentí uno que otro escalofrío.

Aunque el peor enemigo de la izquierda es la propia izquierda, también la izquierda misma es su mejor aliada. La izquierda liberal y progresista no es monolítica. Todavía cuenta en sus filas con mujeres y hombres que no han sucumbido ante la impotencia chaira ni a la irracionalidad. Que ven el verdadero peso de la razones: su lenta pero contundente fuerza. En ellas y ellos habrá que poner nuestras esperanzas en las elecciones futuras. Y, sobre todo, en nosotros mismos: porque no hay otra función más fundamental y más básica de la argumentación: justificar las propias creencias.

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Mario Gensollen

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