Opinión

El olvido y la futilidad / A lomo de palabra

All people know the same truth.

Our lives consist of how we choose to distort.

Woody Allen

¿Recuerdan aquella anécdota que Milán Kundera (Brno, Checoslovaquia; 1929) narra en el capítulo inicial de El libro de la risa y del olvido? Seguramente quedará como una de las estampas más representativas del siglo XX. El novelista cuenta en apenas cuatro párrafos cómo el poder estatal totalitario checo desapareció a un hombre de la memoria colectiva. El episodio inicial ocurrió en febrero de 1948, cuando Klement Gottwald, el hombre fuerte del comunismo estalinista checoslovaco, dirigía una arenga a los miles y miles de sus conciudadanos que abarrotaban la Plaza de la Ciudad Vieja de Praga. El aguerrido líder se encontraba acompañado por sus principales colaboradores, entre otros, junto a él, Vladimir Clementis. “La nieve revoloteaba, hacía frío y Gottwald tenía la cabeza descubierta. Clementis, siempre tan atento, se quitó su gorro de pieles y se lo colocó en la cabeza a Gottwald. El departamento de propaganda difundió en cientos de miles de ejemplares la fotografía del balcón desde el que Gottwald, con el gorro en la cabeza y los camaradas a su lado, habla a la nación. En ese balcón comenzó la historia de la Bohemia comunista. Hasta el último niño conocía aquella fotografía que aparecía en los carteles de propaganda, en los manuales escolares y en los museos”. Pero los acontecimientos dieron algunas volteretas y cuatro años después Clementis caería en desgracia; sería acusado de desviacionismo y poco después de algo mucho más grave: nacionalismo burgués y trotskismo. Sería ejecutado en la horca el 3 de diciembre de 1952. Kundera no cuenta aquí que el cadáver fue calcinado y que sus cenizas fueron esparcidas en una carretera. En cambio, el narrador registra lo que ocurrió con sus rastro: “El departamento de propaganda lo borró inmediatamente de la historia y, por supuesto, de todas las fotografías. Desde entonces Gottwald está solo en el balcón. En el sitio en el que estaba Clementis aparece sólo la pared vacía del palacio. Lo único que quedó de Clementis fue el gorro en la cabeza de Gottwald”.

Hoy no es necesario borrar a nadie de las fotografías -cosa que además sería imposible, dada la explosión de imágenes que se ha experimentado en los últimos años-, todo indica que basta con desconocer el pasado o sencillamente minimizar la importancia o trascendencia del hecho o personaje que hoy resulten una molestia. Claro, hay un ejemplo reciente: el 23 de mayo de 2012, siendo candidato del PRI a la Presidencia de la República, Peña Nieto declaró en un programa de Televisa que Javier Duarte de Ochoa, hoy prófugo de la justicia -es un decir- era un ejemplo -bueno, se entiende- de la sangre nueva de su partido. Entonces no sólo se refirió a quien ya fue expulsado del PRI por corrupción, sino que presumió en la mesa un póquer de correligionarios modelo: “es un PRI que ha venido renovándose en su interior donde hay presencia de las nuevas generaciones… jóvenes o actores de la nueva generación política… el gobernador de Quintana Roo, Beto Borge; el gobernador de Veracruz, Javier Duarte; César Duarte, el gobernador de Chihuahua; el gobernador de Campeche…, todos son parte de una generación nueva que ha sido parte de este proceso de renovación del partido”. Sin embargo, hace unos días, en el marco de un foro organizado por el grupo El financiero-Bloomberg, al ser cuestionado si aún consideraba a Duarte como un priista ejemplar, el hoy presidente contestó: “No recuerdo yo la alusión, pero seguramente en algún momento la hice, si es la referencia que hacen…” Peña no opta por esquivar la pregunta, no se enoja ni reprende. Ni siquiera se trata de una negación contundente -“¡Eso no es verdad, es usted un mentiroso!”-. El mandatario tampoco adopta la postura del amnésico  -“¡¿Yo?! ¿Está usted seguro de que yo dije eso…?! ¡No, no puede ser! No recuerdo nada-. La respuesta minusvalora no sólo la pregunta sino el hecho referido: “no lo recuerdo porque no es importante, quizá así haya sido, y eso porque usted lo menciona, pero no tiene caso que lo traiga a cuento, no es relevante…”

En el primer caso, el gobierno totalitario de Gottwald en Checoslovaquia apostó al olvido, y perdió. Por la publicación de El libro de la risa y del olvido (1981), el gobierno comunista de Checoslovaquia rescindió a Milán Kundera su ciudadanía. Él, desde 1975, vivía en Francia. Hoy, el escritor checo tiene 87 años de edad, sigue viviendo en Francia y desde 1993 dejó de escribir en su idioma natal. También en 1993, Checoslovaquia dejó de existir; de la escisión de lo que fue su territorio surgieron Chequia y Eslovaquia. Hoy cualquiera puede teclear en Google “klement gottwald and clementis”, para encontrar de inmediato la fotografía, la original y la purgada.

En el segundo caso, la apuesta no es por el olvido sino por la futilidad, y al parecer lleva las de ganar. Las palabras dichas en el pasado ya no importan. La verdad va perdiendo peso y los hechos dejan de ser la carga definitoria de los argumentos.

@gcastroibarra


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Germán Castro

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