Opinión

Pato Herido / Debate electoral

En otras partes del orbe, los patos son conocidos con el nombre de ánades. Hay quienes confunden a los patos con los gansos -también conocidos como ánsares-, por ser de la misma familia, una familia extensa que incluye cisnes, eíderes, cauquenes o hasta los tarros. Hay patos (o anátidas) en todo el mundo, excepto en la Antártida.

Existe un dicho muy famoso respecto a los patos, que curiosamente se popularizó en la comunicación política. En 1950, el embajador norteamericano en Guatemala, acusó al entonces dirigente nacional Jacobo Arbenz Guzmán de ser comunista con estas palabras, que recoge la enciclopedia electrónica mundial por excelencia: “Suponga que usted ve un pájaro caminando por una granja. Este pájaro no tiene una etiqueta que ponga ‘pato’. Pero el pájaro ciertamente parece un pato. También va al estanque y usted denota que nada como un pato. Entonces abre su pico y parpa como pato. Bien, pues en ese punto usted puede deducir claramente que es un pato, lleve una etiqueta o no la lleve…”. Cuando de las características por separado, podemos inferir el resultado, que es un todo, es cuando utilizamos esa expresión que empieza con la frase “Si camina como pato…”.

Las costumbres de los patos también nos dan otra lección política, sobre todo en lo que se refiere al pato herido. Si los mamíferos andan en manada, las aves andan en bandada o en parvada, es decir, actúan conjuntamente de modo homogéneo mientras se alimentan o se desplazan. Entre más juntos estén y más numerosa sea la parvada, más seguridad les brinda, y los patrones de movimiento se van desarrollando ya sea que se cohesionen o se separen más los integrantes de la bandada.

Así, para permitir o evitar que más patos se unan, los que ya forman parte de la bandada se separan y se unen en sus patrones de vuelo, de tal manera que se repelen o se atraen. De la misma manera la posición en “v” en la que tradicionalmente vuelan, les permite tener cierta aerodinámica que les ayuda en la velocidad y distancia durante su desplazamiento.

¿Qué pasa con un pato que no puede seguir el ritmo de la bandada por estar herido? Sencillamente por causa de selección natural, el pato herido se desplazará más lentamente y será presa fácil de los predadores. La analogía del pato herido en la política, se da cuando a una persona en un cargo de elección popular se acerca la fecha en que debe dejar el cargo y ya se ha elegido a su sucesor.

El término fue acuñado en la política norteamericana, designando lame duck (pato rengo o herido), para quienes perdían la nominación a la reelección o no se presentaban a las nuevas elecciones, por decisión o por haber cumplido los mandatos legales. En el caso del presidente de los Estados Unidos, se convierte en lame duck forzosamente al término de su segundo mandato, si es que fue reelecto, pues no puede aspirar a un tercer periodo.

Ese periodo de tiempo en que conviven el funcionario electo próximo a concluir, y el que ha sido electo en vísperas de tomar posesión, implican cuestiones dignas de ser observadas desde el punto de vista del análisis político.

Es un hecho que el pato herido debe continuar con su mandato hasta el final, pero carece de poder político en nombramientos o en el manejo de presupuestos, por ejemplo. Es probable incluso que el recién electo ni siquiera se muestre interesado en un afán de cooperación. Hasta aquí, podemos dejar el análisis en la medida en que nuestra historia política, en donde cada sexenio hay patos heridos por necesidad, nos ha dejado acciones o frases que han logrado trascender al paso de los años.

Ejemplos como “yo digo cualquier cosa, al fin que ya me voy” o la aprobación de actos administrativos al filo del término del mandato, sin la posibilidad de afrontar las consecuencias, nos permiten identificar como caso de estudio este periodo en el que virtualmente existen dos funcionarios, uno muy próximo a salir y otro igual de próximo a entrar.

La diferencia en muchos casos, de este fenómeno, es su duración. Mientras en el proceso electoral local, el fenómeno inicia en junio con la emisión de resultados de los nuevos cargos de elección, termina con las tomas de posesión de los nuevos cargos en los meses de noviembre, diciembre, e incluso para los ayuntamientos, el primer día de enero. Es decir, seis meses tortuosos de una figura en la que se suceden impugnaciones, declaraciones, descalificaciones, algunos aciertos, algunos errores. Este fenómeno, por ejemplo, en la recién concluida votación para presidente de los Estados Unidos, transcurrirá del segundo martes de noviembre al 20 de enero, día de la toma de posesión. Setenta días (incluyendo muchos festivos) en donde se deberá dirimir cualquier controversia, y finiquitar la entrega-recepción de la administración.

Imaginemos un desgaste natural, posterior a la elección de gobernador, en donde la elección fuese en junio y la toma de posesión fuera a mediados de septiembre. Definitivamente habría patos heridos, pero también menos espacio para la zozobra y el desasosiego, con el tiempo justo para una resolución final judicial y la entrega-recepción.

@LanderosIEE /LanderosIEE

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Luis Fernando Landeros

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