Opinión

El triunfo de la democracia / El peso de las razones

Cuando se habla o escribe de democracia suele restringirse el uso del término a un contexto político. En este sentido, la democracia es una forma de gobierno. En un sentido vago, la democracia es “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo” (según la célebre definición de Lincoln en el Discurso de Gettysburg, y después adoptada en el artículo 2 de la Constitución de la Quinta República Francesa). Pero la vaguedad de esta presentación pronto causa más problemas que aclaraciones: ¿quién es el pueblo?, ¿cómo se logra esta forma de gobierno o autogobierno?, ¿cuál es su justificación moral y política?, ¿es mejor o más deseable que otras formas de gobierno?, de serlo ¿por qué lo es?, ¿qué la distingue de ellas? Para clarificar algunas dificultades, en seguida surgen algunas distinciones.

La primera distinción es aquella que se realiza entre una democracia directa y una representativa. Las primeras democracias fueron directas. La democracia surgió en el contexto de la polis griega. Los ciudadanos pertenecientes en una ciudad-estado discutían y votaban las cuestiones públicas por separado. A la democracia se le oponían otras formas de gobierno: la de un pequeño grupo de ciudadanos (oligarquía) o la de uno solo (monarquía). No obstante, los obstáculos y los problemas prácticos de una democracia directa saltan a la vista: sólo es posible cuando el número total de integrantes del grupo (los ciudadanos) es pequeño y cuando los problemas a resolver son relativamente pocos. Para Aristóteles, el tamaño ideal de una polis debería permitir caminarla a pie de un extremo a otro, algo impensable en nuestras metrópolis y Estados-nación. Además, una democracia directa tampoco incluye a todos los pobladores de un territorio, por lo que deja abierta la pregunta sobre quiénes son los ciudadanos (¿qué ciudadanos tienen derecho a participar del gobierno y por qué ellos?). Aunque ninguna democracia ha permitido la participación política a todas las personas que viven en su territorio, una democracia no sería tal si no permite la participación política a una parte importante de su población.

Además de las dificultades prácticas a las que se enfrenta una democracia directa, surgen otras referentes a aplicaciones particulares de este modo de tomar decisiones políticas: ¿están los ciudadanos suficientemente informados para hacer buena política, por ejemplo mediante un referéndum?, ¿son lo suficientemente imparciales?, ¿acaso no la apatía política generalizada ocasionaría decisiones que no son representativas de la opinión pública?, ¿acaso no la democracia directa obstaculizaría la toma de decisiones poco populares pero necesarias? Woodrow Wilson, como presidente de la Universidad de Princeton, en la reunión anual de la Liga Cívica el 9 de marzo de 1909, resumió así algunas de las dificultades de la democracia directa en una conclusión contundente contra ella: “Ustedes saben que hemos escuchado recientemente muchas cosas sobre el gobierno del país por la gente del país, y debo decir que me parece que se han estado hablando muchas tonterías. Un gobierno puede ser democrático sólo en el sentido que es un gobierno restringido y controlado por la opinión pública. Nunca podrá ser un gobierno conducido por la opinión pública. Lo que quiero decir es que la iniciativa popular es una cosa inconcebible”. Otras críticas señalan su lentitud e ineficacia, que hace a los políticos tímidos y poco efectivos, que permite o facilita el gobierno de una minoría, que simplifica la política a un voto de sí/no, que vuelve vulnerables a las minorías no organizadas, que es muy costosa, y que de funcionar sólo lo hace a pequeña escala, como se ha mencionado.

Quizá para hacer frente, al menos en parte, a algunas de las dificultades prácticas de la democracia directa surgieron las democracias representativas. En una democracia representativa los ciudadanos eligen a unos representantes que tomarán decisiones políticas organizados también bajo principios democráticos. En algunos casos se exige la decisión mayoritaria (para ello algunos sistemas políticos habilitan mecanismos como las segundas vueltas en las votaciones), en otros casos basta con una mayoría relativa. Una cuestión que queda abierta también en la democracia directa, además de quiénes son los ciudadanos que pueden elegir representantes, tiene que ver con los principios democráticos: ¿cuáles son éstos?, ¿cuál es la característica metodológica relevante que distingue al método democrático en la toma de decisiones? En todo caso, y a pesar de sus ventajas frente a la democracia directa, la democracia representativa suele ser cuestionada por el riesgo que corre de ineficiencia y corrupción, así como por la poca representación que puede dar a las minorías (algo que también puede suceder, como se ha señalado, con la democracia directa).

A pesar de las distinciones y mecanismos que puedan ser implementados para remontar algunas dificultades de la democracia, la democracia como tal puede estar sujeta a tres críticas fundamentales, independientemente de su subtipo. Desde un punto de vista marxista, algunos han señalado que la democracia es una ilusión, pues los procedimientos electorales -dadas además las deficiencias y problemáticas que hemos señalado- no garantizan el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. Para los marxistas, las nuestras son democracias burguesas que reproducen las relaciones de poder derivadas de las relaciones económicas. Mientras sigan vigentes las relaciones de poder actuales -piensan- de poco sirve ofrecer a la población el derecho a la participación política. La democracia liberal también es paradójica. Es paradójica históricamente, en tanto proviene de dos tradiciones distintas, no relacionadas de manera necesaria y sólo articuladas por una contingencia histórica: el liberalismo, que defiende el estado de derecho, los derechos humanos y el respeto a la libertad individual; y la tradición democrática que está caracterizada por la igualdad, la identidad entre gobernantes y gobernados y la soberanía popular. La siguiente paradoja, derivada de esta contingencia histórica, tiene que ver con el compromiso con los principios democráticos y los personales. En una democracia, los individuos se ven constantemente en conflictos que surgen entre la decisión mayoritaria y la conciencia personal. Es ésa una de las razones por las cuales se ha debatido con suficiente detenimiento la justificación de la desobediencia civil. Por último, la democracia se enfrenta a un problema que tiene que ver con la falta de conocimiento, experticia y/o información relevante por parte de los ciudadanos que toman parte de las decisiones políticas. En una línea platónica, algunos afirman que la trascendencia de las decisiones políticas requiere de un conocimiento y experiencia de la que carecen los ciudadanos. Para los platónicos, una democracia -en particular, una directa- sería un sistema de gobierno pobre e ineficaz, en tanto dejaría al Estado en manos de personas poco preparadas e incapaces de dirigirlo. Pero sucedería lo mismo con la democracia representativa: ¿cómo es posible que la mayoría los votantes sepan hasta qué punto es adecuada una candidata o un candidato para cumplir las funciones políticas que le asigna la elección? Dado que la mayoría, en efecto, no son competentes para juzgar y evaluar un programa político eligen considerando factores poco o nada relevantes políticamente. Los resultados electorales muchas veces confirman esta limitación de la democracia: las mejores opciones muchas veces no son elegidas, y otras lo resultan por factores superficiales.

Hace un par de semanas escribía un texto en este espacio sobre la victoria de Trump. Argumentaba que el escenario sería malo, no el peor. Lo sigo creyendo. Lo que quise decir, y no dije, y puede entenderse a partir del marco que he esbozado ahora, es que su victoria indica el triunfo de la democracia. Que Trump sea el próximo presidente de Estados Unidos indica que la democracia -al menos la norteamericana- es exitosa. La reciente muerte de Castro -y algunos comentarios que han elogiado su figura en estos días- nos muestra la otra oscura cara de la moneda. Castro fue un dictador de la peor calaña. Ni sus miles de doctores graduados, ni su eficiente sistema de salud, ni la nula mortandad infantil en la isla justifican el pisoteo a las libertades civiles de millones de cubanas y cubanos. Siempre será mejor una democracia con un Trump como consecuencia, que un Castro y su ataque frontal a la libertad. La democracia no es perfecta, siempre será corregible, pero es el sistema que ha demostrado proteger de mejor manera nuestras libertades.

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Mario Gensollen

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