Opinión

Valdivia, Capital Americana de la Cultura / Esencias viajeras

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Hay algunas veces, muy pocas, en las que es posible sentir la insignificancia de la existencia, una levedad escalofriante, de golpe la naturaleza nos recuerda que somos un simple habitante más del planeta y se nos presenta enorme, imponente, poderosa, ilusoriamente con la ciencia y la tecnología creemos que controlamos nuestro destino, cuando nuestro destino siempre estará en los caprichos del azar y el caos del hermoso mundo natural. Detrás de una ventana a diez mil metros de altura observo durante kilómetros interminables la cordillera de los Andes, está ahí, majestuosa y magnífica, escoltando el recorrido, interminable hasta el horizonte una montaña sigue a otra y esta a su vez a otra como en una secuencia de brotes que se levantan hacia el cielo, del otro lado la inmensidad del mar Pacífico, con todas sus historias y todos sus misterios, montañas y bosques se aproximan al descender, se asoman lagos que resplandecen con el sol y árboles amotinados entre páramos y cerros. Así se llega a una ciudad única, a una ciudad mágica, así se llega a Valdivia.

Valdivia ubicada al sur de Chile -a unos 750 kilómetros de Santiago- es la capital de la Región de Los Ríos, un territorio austral de paisajes hermosos y en relación directa con la naturaleza como aliada, pero también como enemiga. Fundada bajo el nombre de Santa María la Blanca de Valdivia, en 1552 por el conquistador Pedro de Valdivia militar español que formó parte del grupo de Francisco Pizarro, gobernador del Perú, que bajo el mando de este encabezó la colonización y conquista del actual territorio de Chile, fundando a su paso las ciudades más antiguas como Santiago, Concepción, La Serena y Valdivia, en su afán de conquista fue despiadado contra la resistencia indígena de la región y particularmente ensañado contra el pueblo Mapuche en la llamada Guerra de Arauco, la ciudad lleva su nombre y este año fue denominada la Capital Americana de la Cultura.

Otorgar esta denominación anual a diversas ciudades se originó a finales del siglo pasado con el fin de contribuir al intercambio entre las diversas culturas del continente con miras a mostrar la diversidad y el crisol que América representa en cada una de sus regiones con sus costumbres y patrimonios, la iniciativa atiende también a visibilizar las ciudades elegidas proyectándolas en el plano internacional generando turismo y cooperación. Más allá del título -que a muchos valdivianos les ha parecido anecdótico- la denominación ha dado la oportunidad a los extranjeros y hasta los propios chilenos de conocer una de las ciudades más hermosas del continente -sin exageraciones-, “la llave del mar sur” como se le consideraba durante la época colonial por ser un territorio estratégico para las mercaderías traídas de diversas partes del mundo que abastecían el territorio y que eran el primer punto de contacto en el sur del continente, por ello los españoles construyeron un conjunto de fuertes -el más importante el Fuerte de Niebla- para detener los ataques de piratas y enemigos de la corona, así como de los pueblos originarios de la zona, la ciudad estuvo particularmente aislada con respecto del resto del país incorporando en sus habitantes un fuerte sentido de arraigo, orgullo e identidad.

La región después de la independencia de Chile recibió una gran cantidad de inmigrantes europeos, esto debido a políticas del gobierno por estimular el asentamiento para poblar las tierras y ejercer soberanía nacional en el sur del país con la llamada Ley de Colonización (1845) así el entonces presidente Manuel Bulnes encargó una misión a Alemania a fin de estimular la colonización, otorgando tierras y recursos para generar emprendimientos por parte de los nuevos habitantes, esto cambiaría para siempre el paisaje sureño y la idiosincrasia de los lugareños en convivencia con decenas de familias alemanas que se instalarían con sus costumbres, su religión, su modo de vida y la manera de entender el desarrollo social y económico. Así los colonos desembarcados y de acuerdo al plan esperado desarrollaron pequeñas industrias entre curtiembres, aserraderos, astilleros, agricultura, actividades fabriles y artesanales, y si bien la prosperidad y el desarrollo alcanzaba a los habitantes de la región el impacto de la colonización a finales del siglo XIX se evidenció de manera nociva para los antiguos pueblos originarios de la zona, principalmente Huilliches y Mapuches, el aumento de la población generó la necesidad imperiosa de expansión tanto de tierras de cultivo como para industrias y residencias familiares en una economía principalmente agraria, las comunidades originarias se vieron forzadas a desplazarse y tener una lucha territorial en el lugar que había sido su hábitat ancestral, esta apropiación de los colonos sobre tierras mapuche se dio bajo un sistema de desregularización e impunidad, el conflicto afectaría profundamente la unidad organizacional comunitaria del pueblo mapuche y generaría hasta estos días dificultades en la región. La inmigración disminuiría con el fin de la política de colonización y debido a crisis económicas, sin embargo, el sello alemán sería y es un punto referencial en la educación, el comercio, la arquitectura, la gastronomía y aportaría a la ciudad uno de sus rasgos más distintivos y disfrutables; la cerveza.

La cerveza elaborada en Valdivia debido a sus fuentes de agua -consideradas de las más cristalinas y blandas del mundo- y a los ingredientes locales para su producción, el tipo de suelo, el clima y las técnicas artesanales heredadas de los alemanes fue durante muchas décadas un motor de la economía, producción destinada prioritariamente a los mercados de consumo en el norte y centro del país. Una de las cervezas más tradicionales es Kunstmann, con un linaje que se remonta a 1516 cuando en Alemania, Guillermo IV duque de Baviera dictaría la Ley de pureza indicando que la cerveza debería elaborarse a partir de cuatro ingredientes esenciales; agua, lúpulo, cebada malteada y levadura, los colonos adaptaron las técnicas y los procesos de la cerveza en las nuevas tierras australes llegando a ser famosas en todo el país por su sabor y calidad, la industria cervecera en Valdivia se desarrollaba con potencia y tradición, sin embargo la naturaleza tan integrada al desarrollo y la vida de la región recordaría a sus habitantes el carácter de lo impredecible.

El terremoto del 22 de mayo de 1960 cambiaría radicalmente a Valdivia, la cervecería Kunstmann quedaría totalmente destruida junto a las más importantes edificaciones de la ciudad y los hogares de miles de personas afectados irreparablemente, miles de personas fallecidas, desaparecidas y damnificadas, se perdieron estructuras patrimoniales, comercios,  pequeñas industrias y fábricas, uno de los principales ríos se desbordó inundando gran parte del centro, el puerto más cercano sufrió el impacto de tsunami que arrastró parte de la urbanidad del lugar, las flotas marítimas quedaron varadas, los campos de cultivo inutilizados y las vías de comunicación con la capital colapsadas, esto ocasionaría un fuerte retroceso económico, el terremoto de una magnitud de 9,5 (MW) es el más potente en la historia de la humanidad desde que se registran instrumentalmente, se le ha denominado el Gran Terremoto de Chile.

Sin embargo, el espíritu de emprendimiento y voluntad que caracteriza a los valdivianos reconstruyó paulatinamente la ciudad integrándola nuevamente con el hermoso entorno natural, generando también consonancia y un modo de vida particular en constante rescate de sus tradiciones, rescate que se ha acentuado en los últimos años y que es fuertemente impulsado por sus ciudadanos, motor indispensable es la Universidad Austral -que proporciona a la ciudad un atractivo polo para estudiantes de todo el país-  enclavada en la isla fluvial Teja, con sus maravillosas aulas con vista al río y al bosque que integra dentro de sus instalaciones el Jardín Botánico con más de diez hectáreas de extensión, a su vez la Universidad es el gran núcleo de actividades académicas y de investigación aportando una visión crítica acerca de temas relacionados con la expansión de proyectos inmobiliarios que afectan los entornos naturales, la contaminación de los ríos por el asentamiento de papeleras, la sobreproducción para la tala de madera y la sustentabilidad ecológica de las industrias, entre otros temas los cuales, junto a la movilidad de la sociedad civil y gestores culturales, generan discusión y debate en pro de preservar la calidad de vida de sus habitantes.

Un espectáculo aparte es la Feria Fluvial, un típico mercado ubicado a un costado del río, en él se puede encontrar gran variedad de mariscos, pescados, vegetales y alimentos de la región, rodeado de un entorno abierto de áreas verdes y la vista panorámica ha logrado ser un punto referencial junto a otros como los Torreones de Defensa, el ex Hotel Schuster, la Plaza de la República, el puente Pedro de Valdivia -que une el centro de la ciudad con isla Teja-, la casa Prochelle, el Centro Cultural El Austral, entre otros referentes, todos ellos envueltos por el bosque valdiviano, el único bosque templado lluvioso de América del Sur que abraza a la ciudad y la envuelve en un halo único dependiendo la estación del año, lúgubre y denso en invierno en contraste diametral a lo alegre y exuberante que se presenta en verano, etapa del año en que el turismo se incrementa exponencialmente y es factor clave en la economía local.

Valdivia es una ciudad para ser contemplada, para caminarla, para perderse cualquier tarde y huir de la autoridad del tiempo, sentarse a beber una cerveza artesanal de tradición familiar en una vieja casa alemana contemplando la quietud del misterioso bosque mientras el sol reflejado ilumina el río, aún en el mundo hay ciudades mágicas que nos hacen repensar que la naturaleza y el hombre pueden coexistir en armonía y tal vez casi filosóficamente encontrar el significado de la existencia, una de ellas sin lugar a dudas es la ciudad austral de Valdivia.

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