Opinión

Casas de Cultura, aportación latinoamericana / Tlacuilo

 

Si no podemos ser una potencia militar y económica, podemos ser, en cambio, una potencia cultural nutrida de nuestras más ricas tradiciones.

Benjamín Carrión

 

La Jornada Aguascalientes y la columna Tlacuilo acaban de cumplir ocho años; esta última se estrenó el primer viernes -5 de diciembre del 2008- con un artículo sobre el origen de las Casas de Cultura. Pensé que valdría la pena evocar el acontecimiento reescribiéndolo para enriquecerlo y actualizarlo.

Más que entrar en la complicación de elegir una entre las múltiples definiciones de cultura, me parece de mayor provecho mencionar fue el filósofo alemán Oswald Spengler el primer pensador en utilizarla con el propósito de referirse a “una civilización en su período creador”.

Visto así, el fomento de la cultura se ha dado en todo el mundo y en todas las épocas, de las más diversas formas y en todos los aspectos de la vida, para preservar, enriquecer y difundir sus mejores logros.

En Aguascalientes todavía conocemos poco de la época prehispánica; pero a fines de la colonia fue el filántropo Francisco de Rivero y Gutiérrez el primero en organizar un establecimiento de enseñanza pública y gratuita en 1773: la Escuela de Cristo; en los inicios de nuestra vida independiente (1825-1830), el jefe político José María Guzmán no solo concluyó su construcción, sino que introdujo el sistema educativo lancasteriano. Otro personaje de esta época dedicado a la enseñanza, Francisco Semería, fue probablemente el más antiguo promotor artístico en nuestra tierra al fundar una Academia de dibujo, escultura y arquitectura.

La Academia de dibujo continuó recibiendo el apoyo de los jefes políticos, principalmente Felipe Nieto (1844-1847) y Jesús Terán (1849, 1855 y 1857), quien la enriqueció con “una cátedra de geometría y mecánica aplicadas a las artes” que impartía el maestro francés Carlos Godefroy -uno de sus más importantes colaboradores- para los obreros que asistían a los cursos nocturnos que se crearon desde que fundó el Instituto Literario de Ciencias y Artes, del que también surgieron los primeros literatos; a fines del siglo XIX y principios del XX, nuestro estado fue cuna de intelectuales (Jesús Díaz de León el más distinguido) y de artistas de dimensión nacional e internacional; en la plástica, José Guadalupe Posada, el genio del grabado; Jesús F. Contreras, quien contribuye a forjar el nacionalismo con la estatuaria histórica; Saturnino Herrán, precursor del muralismo mexicano; en la literatura hay muchos autores distinguidos, pero destaca el zacatecano Ramón López Velarde, quien publicó sus primeras poesías siendo estudiante de nuestro Instituto de Ciencias; en la música, Manuel M. Ponce, Arnulfo Miramontes y Alfonso Esparza Oteo; etc.

Hacia la mitad del siglo XX, a raíz del Plan Nacional de Bellas Artes de 1946, fue fundada en Aguascalientes la Academia de Bellas Artes el 1 de Enero de 1947 a cargo de Alejandro Topete del Valle, que realizó una labor meritoria para los escasos recursos de que disponía (allí asistí en mi infancia al primer curso de dibujo, impartido por el profesor Miguel Romo González).

Pero no es sino hasta el inicio del régimen de un gobernante que reencauzó la vida política del estado con un enfoque popular, el del profesor Enrique Olivares Santana, que se da un salto de calidad: después de cuatro años de preparativos se concluye la remodelación de lo que fue la Escuela Primaria Federal Tipo “Dr. Jesús Díaz de León”, edificio al que se traslada la Academia de Bellas Artes.

En su planta baja se acondicionó un espacio para la Galería de la Ciudad y otro para la Biblioteca Enrique Fernández Ledesma -dentro de la cual se ubicó posteriormente el Pabellón Antonio Acevedo y Escobedo-; en la superior se instaló la Sala de la Plástica Nacional y la sencilla pero ilustre Sala Ponce, ambas ya desaparecidas.

Pero aquél no fue un simple cambio de domicilio. El anhelo del profesor Olivares consistía en dejar atrás el cenáculo solo artístico para privilegiados en la capital del estado, para llevar el mensaje cultural a todo el territorio estatal y a todas las clases sociales; es decir: pasar del arte para unos cuantos, a la cultura (que incluye el arte) para todos. Esa es la razón por la que también se cambia el nombre de la institución: de Academia de Bellas Artes a Casa de la Cultura, la cual fue inaugurada hace cincuenta años, en Septiembre de 1967.

El poeta Víctor Sandoval fue el encargado de armar esta obra que terminó por convertirse en prototipo para la organización de múltiples casas de cultura en el territorio mexicano, que contribuyeron a transformar el enfoque de la política cultural del Instituto Nacional de Bellas Artes dependiente de la Secretaría de Educación Pública, hasta llegar a la Secretaría de Cultura creada el año pasado.

Posteriormente, a esa Casa de la Cultura se le impuso el nombre de Instituto Cultural de Aguascalientes, al otorgarle una categoría administrativa superior en el organigrama estatal. Su tránsito hasta la fecha ha sido irregular y su nueva titular no solo deberá demostrar que está a la altura del cargo que se le ha conferido para levantarlo de la postración en que se encuentra, sino también, a la vez, celebrar dignamente su cincuentenario. Todo un reto.

Pero entremos al tema del origen de las casas de cultura.

Del 21 de junio al 30 de agosto de 1998 apareció en el suplemento dominical de El Sol del Centro un ensayo de mi autoría relacionado con la historia del Instituto Cultural de Aguascalientes bajo el título “Diagnóstico Cultural”, que escribí con el propósito de que pudieran ser de utilidad para el personal del Instituto, para las tareas estudiantiles y para el público en general, pero también con la intención de que, a futuro, le sirviera de base a algún investigador inquieto que deseara realizar una historia completa sobre el tema.

Encontré muchos escollos porque en general el archivo del Instituto fue manejado de manera inapropiada durante muchos años e, inclusive, incinerado el de su antecedente, la Academia de Bellas Artes del Estado, debido a las atroces medidas adoptadas por gobernantes ignorantes desde el más alto ámbito federal, seguidos por el local, destructores del valor de la memoria histórica.

Como no encontré evidencia escrita acerca de la razón por la que se le había impuesto el título de Casa de la Cultura, entrevisté a algunos de los más antiguos maestros y trabajadores pero no encontré una respuesta satisfactoria; solo la suposición de que el nombre “probablemente había sido tomado del sistema francés imitado posteriormente en los países latinoamericanos”, lo cual transcribí tal como lo escuché, pues en esos días me fue imposible verificarlo con Víctor Sandoval.

Ahondando en esa versión, encontré lo siguiente:

Antes de 1959, la enseñanza de las Bellas Artes en Europa estaba asignada a una Dirección dependiente de los Ministerios de Educación Pública, estructura imitada en México. A partir de ese año, Charles de Gaulle, presidente de la Quinta República Francesa, creó un Ministerio de Estado encargado de Asuntos Culturales -equivalente a la Secretaría de Cultura que México creó hasta el año pasado- independiente y al mismo nivel del Ministerio de Educación que incluyera no solo las artes, teatros y salas de concierto, sino también salas de conferencias, de proyecciones, museos, bibliotecas, archivos, medios de difusión, etc. y se lo encomendó al “escritor, aventurero, político e intelectual francés” André Malraux quien, para efectos prácticos, estableció en todo el país dependencias con el nombre de “Casas de la Cultura”. A partir de 1997, el nombre que lleva es: Ministerio de la Cultura y de la Comunicación.

Ahora confrontaré lo dicho hasta aquí, con las experiencias personales que tuve al respecto a partir de 1960 -ocho años antes de la creación de la Casa de la Cultura de Aguascalientes-: cuando llegué a Honduras, Centroamérica, comisionado por el Servicio Exterior Mexicano, encontré que existía una Casa de la Cultura que tenía bastantes años de existir; es decir, mucho antes del inicio de las francesas creadas, como dijimos, en 1959.

Posteriormente, durante el recorrido que realicé por América Latina durante el año de 1962, visité en Quito la sede nacional de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, que tenía dieciocho años de existencia y era una institución de sólida estructura.

Mi estimado amigo Carlos Andrade Marín, médico, embajador y en esa época director del Hospital del Niño, no solo me acompañó a recorrerla incluyendo su admirable Museo de Instrumentos Musicales, sino que también me presentó a su director y fundador, el célebre escritor Benjamín Carrión, a quien le dio mucho gusto recibir el emotivo saludo que le transmití de mi querido maestro el historiador Gabriel Saldívar y Silva. Charlamos ampliamente, quedándome claro que la filosofía sobre cuya base organizó su obra, puede sintetizarse en la frase “la cultura, para el pueblo”; es decir, tanto la propia como la ajena, porque la cultura es universal; y para todo el pueblo, porque su riqueza y disfrute no es solo para un sector privilegiado.

Cabe mencionar que el maestro Carrión me obsequió una valiosa colección de libros editados por la propia Casa. (Años después doné al Instituto de Ciencias, ahora Universidad Autónoma de Aguascalientes, un lote de cerca de 500 libros entre los que iba la mayor parte de la rica serie latinoamericana que fui recopilando durante mi viaje, incluida la colección de referencia).

La idea de crear la Casa de la Cultura Ecuatoriana surgió a raíz de un conflicto fronterizo con Perú en 1941, en el que Ecuador perdió gran parte de su territorio amazónico; la confianza del pueblo en su gobierno decayó severamente. Entre las medidas que se discutieron en 1942 para recuperar la moral, estuvo la propuesta de Benjamín Carrión sobre la conveniencia de crear una institución que permitiera revalorar la gran riqueza cultural del pueblo ecuatoriano y apoyar su creatividad y difusión para vigorizar los valores nacionales.

Iniciados los trabajos en 1943, el decreto presidencial que funda aquella institución que actualmente lleva el nombre de Casa de la Cultura Ecuatoriana Benjamín Carrión fue promulgado en 1944; entre los pensadores que consultó Carrión para establecer sus bases filosóficas estuvieron Mariano Picón Salas -escritor y diplomático venezolano e ilustre historiador de la cultura latinoamericana-; Arnold J. Toynbee -profundo pensador británico, filósofo de la historia- y el filósofo alemán Hermann Keyserling.

El éxito que obtuvo la Casa de la Cultura Ecuatoriana fue tan notable, que otros países latinoamericanos lo empezaron a reproducir. Queda claro, entonces, que no es América Latina quien imita sino al contrario, pues para cuando las estableció Francia en 1959, la Casa de la Cultura Ecuatoriana ya tenía 15 años de estar funcionando.

Esta pertinente aclaración no menoscaba en modo alguno la labor altamente meritoria de Malraux, quien aplicó la experiencia ecuatoriana a las condiciones particulares del pueblo francés de la posguerra.

Lo único que se pretende puntualizar es que la idea y la puesta en práctica del concepto “Casa de la Cultura” es una más de las muchas aportaciones de nuestra Patria Grande, América Latina, a la cultura universal.

Para concluir, considero que deberíamos tratar de contestarnos, con honradez, al menos dos preguntas: ¿la institución Casa de la Cultura creada en 1967 -ahora Instituto Cultural de Aguascalientes- está cumpliendo su propósito de nutrirse en la cultura del pueblo para fortalecer los valores nacionales y llevar la cultura universal -no solo el arte que, insisto, también es cultura- sin segundas intenciones demagógicas? y ¿Está el Instituto Cultural no solo presente, sino actuante en todos los ámbitos de nuestras ciudades y de nuestro Estado, o las Casas de Cultura sobreviven como cargas toleradas?

 

“Por la unidad en la diversidad”

Aguascalientes, México, América Latina

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Netzahualcóyotl Aguilera R. E.

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