Opinión

Desigualdad por mérito / Disenso

 

Más interesante aún en el fondo que en la forma puede resultar la serie 3% estrenada recientemente en Netflix. Una obra brasileña con altísimos niveles de producción para la televisión latinoamericana. Cierto es que sus contenidos originales, pueden resultar innecesariamente alargados por un formato ya desgastado (sobre todo para quien no guste de sagas como The Maze Runner o The Hunger Games), pero que finalmente permiten una revisión y alguna aportación para el género.

El abordaje que se hace aquí de la desigualdad resulta interesante dado que, a diferencia de otras sagas, no soslaya la mera división entre clases (como vimos en Elysium de Blomkamp) ni da por sentado que una tiranía tomó por asalto el poder: no se desarrolla la idea de una teocracia o de una monarquía, menos de una tiranía. Se ensaya aquí sobre la desigualdad por mérito. Sin deseos de arruinar la trama para quien desee verla, lo que me interesa es más bien dedicar unas cuantas líneas a esta idea.

A diferencia de otros socialistas, yo no me siento escandalizado por la desigualdad. Varias razones abonan a ello: la primera, que no creo que sea la igualdad el valor más deseado por un estado, sino la libertad de sus miembros. Así las cosas, en un dilema donde debiera privilegiarse uno u otro, yo, por ejemplo -a diferencia del comunismo de Castro- apostaría por la libertad. Una igualdad económica que tiene como costo la libertad civil, moral, ideológica en general, no sirve de mucho, acorde al sistema de valores que defiendo. Evidentemente soy un liberal. No sólo en el sentido económico, sino, y mucho antes, en el sentido moral.

Creo que una sociedad sana debe tener una gran tasa de varianza: diversidad de pensamiento, diversidad de información, diversidad de competencias y diversidad económica, entre otras. Como naturalista y convencido de la teoría de la selección natural, pienso que es sano que las sociedades no estén estructuradas: un pueblo obligado a vivir en condiciones semejantes a costa de la “igualdad” es un pueblo menos preparado para amenazas diversas. Quien tiene algún interés en biología sabe que las especies con mayor flujo génico (y en caso de nuestra especie debemos agregar el cultura -o memético, podríamos decir-) son especies más exitosas. De hecho, dentro de la misma especie, aquellas poblaciones con mayor flujo genético y cultural suelen salir más fortalecidas.

Las ideas del nacionalismo, las políticas de puertas cerradas y la peligrosa aspiración a que todos sean iguales genera una peligrosa estructuración. Cuando hay una amenaza, de cualquier índole, por ejemplo, un dilema moral, tenderán a tener mejores soluciones aquellas comunidades con mayor tráfico de información, más abiertas a diferentes culturas, porque tendrás más herramientas para enfrentar esa amenaza en su propia diversidad. Así es como una cultura amplia, y una apertura de criterios con mayor inclusión generan mejores respuestas. A esta virtud podemos llamarla cosmopolitanismo.

La posibilidad de tener mayor acceso informático, educativo, económico no necesariamente genera ciudadanos más cosmopolitas, pero sí los acerca a dicha posibilidad. El problema de las sociedades desiguales no es per se la desigualdad, sino incluso la estructuración de una cúpula que terminará derrotada y cuestionada y puede ser que, aun así, aferrada al poder en un despótico cinismo.

El problema de la desigualdad es que en muchos países -entre ellos el nuestro- ésta se genera por una estructuración de la elite y porque muchas y muchos ciudadanos no tienen acceso o el respeto por derechos políticos y económicos, ni seguridad alimentaria y de salud. Lo interesante de la serie brasileña es el planteamiento de una sociedad en donde todas y todos pueden tener eventualmente el mismo derecho a forjar su futuro, basado exclusivamente en sus méritos. Generando una división de clases ya no por nivel económico o estético, ya no haber nacido en un grupo privilegiado, ya no por protección de estas camarillas de alcurnia, sino, simple y sencillamente porque tienen el incuestionable derecho a forjar su futuro a partir de su propio mérito.

Uno de los múltiples problemas de nuestra sociedad radica en la pérdida que tenemos de enormes talentos porque éstos jamás tuvieron posibilidad de integrarse a niveles productivos o gerenciales con un amplio ámbito de influencia, debido a las cerradas cúpulas que la manejan. Es sencillo entender que mantener una desigualdad como la que vivimos, en donde el 10% acumula el 90% de la riqueza y el poder, hace que nos perdamos de la diversidad de opiniones, soluciones y talentos que se acumulan en el 90% restante.

Permitir que más mentes tengan información, exigirnos que esas mentes puedan escalar en nuestra sociedad, sólo garantizaría, más allá de discusiones ideológicas, mayor oportunidad de solucionar problemas que no estamos solucionando. El problema de la desigualdad es que no está decantada por una competencia real. Necesitamos generar escenarios donde todas y todos puedan tener un piso parejo de competencia. Oportunidades básicas como salud y alimento, educación, participación política. Si no estamos luchando por esto aceptamos que estamos perdiéndonos de una sociedad donde los que tengan mayor injerencia sean efectivamente las y los mejores.
/aguascalientesplural


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Alejandro Vázquez Zuñiga

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