Opinión

Masturbadores navideños / Esencias viajeras

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Jalarle el cuello al ganso, urdir justicia por propia mano, hacerse una chambrita, un solitario, una maniobra, una paja, una chairita, acariciar el muñeco, sobar el salame, darle a la manivela, la cepillada, pulirle el casco al soldadito, azotar el mono, volar el papalote, jugar al cubilete, tocar el charango, poner el freno de mano, lavar la ropa a mano, hacer cantar al canario u onanismo (para los más refinados y bíblicos).

En estas semanas abundan en las calles, en las plazas, en las oficinas, en los centros comerciales y hasta en la iglesias los onanistas decembrinos, aquellas personas perturbadoramente contentas (al menos en apariencia). Ahí van luciendo elocuentes sonrisas, generalmente estimuladas por rebosantes bolsas de regalos que llevan en sus manos. Estas personas son una plaga, salen felices de las tiendas, les autoerotizan las compras, el derroche, la posesión, se estimulan más en estas fechas que en otras, ya que socialmente es permitido. Generalmente el resto del año estos seres no están contentos, la mayoría del tiempo son más bien descontentos a tiempo completo, pero diciembre les permite el alivio de tocarse sin culpas públicamente en la voluptuosidad del consumismo y la eyaculación efímera de la realización personal.

Hay que andar con mucha precaución últimamente porque estamos en la temporada en que los onanistas decembrinos (para no decirles los pajeros de Navidad o cosas más burdas) se muestran aún más activos, jubilosos y felices por obligación, se masturban con la idea del optimismo, la ilusión, la esperanza y cuánta imagen mental necesiten para autosatisfacerse, para gozarse. Estos regocijados histéricos practican este peculiar arte autoamatorio de recompensa y satisfacción desde la infancia -según Sigmund Freud, el descubrimiento de la masturbación es algo común a temprana edad- eran esos pequeños que creían que los regalos que aparecían en el arbolito eran traídos por seres fantásticos como Los Reyes Magos -para los chilangos- el Niño Dios -para los creyentes- y Papa Noel -para los más globalizados- y que ahora siguen creyendo en cualquier cosa que se les oferte y que pueda consumirse distrayéndolos de la realidad agobiante, cambiándola a una irrealidad superficial consumible, irrealidad que asocia la felicidad al consumo.

La estimulación de obtener placer y felicidad en estas fechas -y todo el año- por medio de la compra de objetos está siempre generada por el mercado y la sociedad capitalista -masturbación mutua- en donde el sujeto puede alienarse con los bienes materiales, lo material como forma de tangibilizar un sentimiento, corrompiendo en el acto ese sentimiento que no puede materializarse, y que debido a la impotencia del sujeto para expresarlo, el mercado le facilita su demostración mediante la adquisición de todo tipo de productos y servicios en los cuales pueda depositar la idea de la realización personal; el objeto es sinónimo de estatus, de calidad de vida, de poder de compra, de poder. Así el onanista decembrino alcanza mayor placer a mayor consumo hasta lograr mitigar por un tiempo corto el ansia compulsiva del orgasmo consumista. Es permitido mostrar el acto erótico en sociedad, exhibe orgulloso su felicidad, pero los objetos al ser temporales son inestables y efímeros, la felicidad mantiene también estas características.

El sujeto que consume, autoestimulándose para ser feliz -o peor aún, para intentar hacer feliz a los demás- está tan ocupado con maratónicas jornadas laborales que le aseguren sus impulsos de éxito social, que le queda muy poco tiempo para pensar, para dilucidar que la felicidad nos plantea problemas importantes ¿esto que compro me hace feliz; puedo ser feliz yo solo habiendo a mi alrededor tanta gente que sufre; puedo ser feliz haciendo el mal; a las personas a las que les hago regalos, cómo entienden la felicidad; qué es la felicidad?

Si el chaqueteador navideño pudiera darse un tiempo para pensar alejado de los medios, la publicidad, el agobio social de la compra, dejar de estar sobre estimulado, y fantaseando todo el día en aquello que no posee y por lo cual trabaja hasta conseguirlo; podría darse cuenta de que aquello que posee materialmente no es nada más que tiempo. Un objeto es el tiempo que invierte trabajando para poder adquirir un bien material, si tal vez -sólo lo supongo- pudiera invertir un mínimo de ese tiempo para pensar en la felicidad desde diversos ángulos y formarse así su propio criterio y dejar de ser pensado, dejar la pasividad de que el sistema piense por él, de ser interpretado, de ser capaz de parar y reflexionar, si tan sólo el sujeto tuviera un poco más claro qué es para él la felicidad tan ofertada en estos días.

Para Sócrates la felicidad pasa por el desarrollo del saber, por el progreso del intelecto, la expansión del conocimiento, buscar en el conocimiento las respuestas para saber quiénes somos, conocernos a nosotros mismos, no engañarnos, y de esa forma alcanzar la felicidad. Pero sería imposible quedarse con este concepto, ya que una de las características del onanista decembrino es la búsqueda de la satisfacción, la recurrencia al cambio, ya que el consumir perpetuamente lo hace un ser ávido que vive en la exterioridad que le dicta la moda, las tendencias, los nuevos objetos y posesiones que le ayuden a soportar la insignificancia de no tener respuestas para los vacíos internos que atiborra con la materialidad externa que puede consumir con el dinero como único valor de cambio que conoce. No es su culpa, es una víctima de la modernidad, en donde la felicidad se transformó en un asunto de carácter individual y privado, donde cada uno dentro de su hogar construye su propia felicidad sin importar el bienestar colectivo o social, el masturbador navideño generalmente es aquel que cree en la idea del crecimiento personal traducido en crecimiento económico, este apetito le hará buscar otro concepto de felicidad.

Tal vez a nuestro sujeto Aristóteles le venga bien, en donde las cosas tienden a una finalidad, cada uno de los objetos que consume tendrán un fin y una justificación. Sobre esta base se ha ido construyendo la sociedad de consumo, sin embargo si se sigue por este camino tarde o temprano se llegará a la preguntas ¿cuál es la finalidad de consumir, qué justifica mis actos, cuál es la finalidad del hombre? Según Aristóteles para alcanzar la felicidad, el hombre debe desarrollar la virtud de pensar y dominar los instintos naturales, llegar al equilibrio, nunca estar en los extremos.

O qué tal Kant que plantea que la felicidad está en la naturaleza de la ética, en el deber y las reglas que lo garanticen, en la construcción social de no romper las reglas y la responsabilidad asumida por el grupo antes que la individualidad o las ideas que desestabilicen las normas acordadas. En contraparte podrá escogerse el cinismo, en donde nada hace más infeliz al hombre que la civilización y sus normas, su moral, por ello el ser cínico retorna a las costumbres más animales del hombre, los instintos básicos que le dan plenitud, ser Diógenes también puede ser un camino heterodoxo a la felicidad.

Pero también al ser en búsqueda de la felicidad podría ofertársele el Hedonismo, el culto al placer por las pequeñas cosas, como el apunte de Carl Jung en cuanto a que “Las cosas más pequeñas con significado valen mucho más que las inmensas que no significan nada”, aunque claro, cada vez hay más cosas-objetos pequeñas por consumir (les llaman celulares). Un hedonista en estas fechas habrá regalado un atardecer o un vaso de agua en pleno calor, o bien con el paso del tiempo se habrá regalado el placer de sentir la existencia misma. Otra alternativa distante a la anterior sería la felicidad utópica, aquella que pone al sujeto en acción para transformar la realidad colectiva ejerciendo un compromiso social, de esta manera se vuelve un ciudadano participativo que ya no busca la satisfacción momentánea ni el placer inmediato, sino que pone sus energías en la construcción de un mundo venidero que probablemente ni siquiera él comparta.

El sistema de consumo sin embargo también se ha encargado de ofertarle al masturbador navideño opciones de felicidad light pulcras y empaquetadas, desde conceptos pseudo filosóficos y psicológicos, hasta terapias corporales y libros de autoayuda. Tal vez el ser que consume esto es el más peligroso porque ayuda a perpetuar la idea de la felicidad como objetivo unívoco y se asume como el ser pro-felicidad de la tribu, la felicidad a toda costa y buscándola en todos lados, este ser sataniza la soledad, estigmatiza la tristeza y la depresión, le parecen vomitivas aquellas vidas -las más reales- hechas a base de esfuerzo, desilusiones, miserias y sueños rotos. Este ser pro-felicidad trata de contagiar su concepto ofreciendo su mejor versión de que su vida es memorable y exhibible, para poder así tener seguidores que les levanten el pulgar por cualquier tontería que hagan o no hagan, aquí el ser invierte su tiempo en la virtualidad del show unipersonal –otra forma de fuga de la realidad-.

Al final todos somos masturbadores navideños en búsqueda del placer de la felicidad, unos más otros menos, la felicidad debiera asumirse como consecuencia y no ser planteada como un fin, nada sería más sombrío que un mundo sólo de idiotas contentos por nada, nadie tiene la definición exacta de qué hay que consumir o no, cómo se llega a la felicidad o qué sistema nos hará estar más cerca. Sin embargo, tal vez un camino a ella es la búsqueda por resolver nuestras propias limitaciones, ir construyendo un modo distinto de pensar el bienestar individual y colectivo, de conectarnos con la naturaleza y el mundo animal, valorizar las relaciones antes que los símbolos de estatus, superando así el modelo cultural del consumo como relación de felicidad, aclarar que el problema no es la posesión de bienes sino la insaciabilidad y la irracionalidad de la compra como un imperativo de superación, habrá que participar en nuevas construcciones de valores normativos que surjan desde la autorreflexión y se compartan en sociedad, aceptar que la condición humana es que no lo podemos todo y de que estaremos hasta nuestra finitud en una búsqueda perpetua sin respuesta. ¡Que viva la chaqueta!

1 Comment

  1. rubenesco

    01/01/2017 at 16:37

    que confesion ,tuya ,propia. indecente tu reporte.

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