Opinión

Navidad cumbianchera / Cinefilia con derecho

Mientras mi papá se recuperaba de una enfermedad, lo acompañé por unos días (él tiene una tienda de abarrotes) al emblemático Agropecuario, ese mercado donde prácticamente se surten todos los comerciantes al menudeo no sólo de Aguascalientes, sino de las zonas cercanas de Zacatecas; es un auténtico desorden… o lo que le sigue. Me sorprende la enorme cantidad de camiones y cajas de tráiler que impiden el paso; los cientos de chamuqueros que les importa poco ya no digamos los autos sino hasta los propios peatones, pero además muestran una increíble capacidad de maniobra que les permite pasar en los espacios más reducidos con un chamuco adaptado que puede cargar más de diez cajas de frutas o verduras. Y claro, la rica y gran variedad de productos que tanto deleitan la vista como el paladar.

En todas las bodegas o piedras que sean visitadas hay un par de elementos comunes: los empleados y cargadores con un buen sentido del humor basado en el albur, los chiflidos de ahí va el golpe y por supuesto el ritmo guapachoso de estaciones de radio, banda o grupera por regla general, ranchera en muchos casos, pero en todas nos recuerdan estos días lo mejor de la música navideña ad hoc con esta clase de cadencias: lo mismo canciones navideñas adaptadas como Mi burrito sabanero por La Arrolladora, que originales melodías tan chuscas como mi favorita de Los Mier, Santa Claus le dio un beso a mamá, historia de un niño que le cuenta a su progenitor que vio a su mamá poniéndole el cuerno con la gorda persona de rojo y larga barba blanca. Pero, no todo es alegría, las hay en sus versiones para los más depresivos, como Navidad sin ti de los Bukis o Amarga Navidad de José Alfredo Jiménez.

Mi niñez estuvo llena de los lugares comunes de cualquier colonia de clase media en Aguascalientes: pedir posada, adorar al Niñito Dios (si no, no te traería juguetes) tronar palomitas (esos antiguos fuegos artificiales consistentes sólo en unos triangulitos de periódico comprimido relleno de pólvora), tomar ponche con piquete o beber, para los adultos, brandy Presidente o Don Pedro y por supuesto, ya cumplidos el compromiso celestial de rezar el rosario, bailar al ritmo de las cumbias de moda y clásicas, que se veían cristalizadas para mayor comodidad en los LP’s de un grupo llamado Tropi rollo. Y es que, contextualicemos un mundo musical sólo de casetes o discos, cuando más ambientados estaban los bailadores se terminaba la rola o incluso el lado A o B del respectivo dispositivo y entonces se generaba un espacio incómodo que desanimaba la fiesta. Luego, a alguien se le ocurrió grabar un popurrí de los éxitos cumbiancheros que permitía que no parara la fiesta, y entonces fueron la música obligada de las post-posadas, al menos en mi barrio. Pues sí, mi familia es muy tradicional.

La navidad mexicana es una mezcla de elementos folclóricos y no folclóricos que la hacen tan extraña y divertida como la película Santa Claus de 1959, filmada por René Cardona, el director de cabecera de El Santo, y que enfrenta al viejo Claus en contra de Lucifer; el príncipe de la oscuridad manda a su principal demonio para que azuce a los niños en contra de papá Noel. Éste se entera de las maquiavélicas intenciones y comienza una lucha del bien contra el mal; tan estrambótica que un aliado del bien es nada más y nada menos que el mago Merlín. Papá Noel ve lo que sucede en la tierra a través de aparatos y dispositivos electrónicos propios de la iconografía del cine de ciencia ficción tan mexicano. La cinta cuenta además con la participación de Pulgarcito, Cesáreo Quezada, personaje icónico de la época de oro que grabó varias películas para público infantil pero que se alejó del cine desde los años setentas.

Así son las navidades mexicanas. Incluso cuando la modernidad nos alcanza e inunda de costumbres extranjeras, los rituales locales, toda la parafernalia, siguen siendo el pan nuestro de cada año. La Navidad, además de símbolo religioso, es la fecha en que, aunque sea por un día, se dejan de lado indiferencia y amarguras, y se desea paz a los hombres de buena voluntad. Felices fiestas.

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Rubén Díaz López

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