Opinión

Pachucos, pochos y chicanos / Cinefilia con derecho

Durante diciembre, se calcula que al país regresan más de tres millones de mexicanos desde los Estados Unidos, y basta salir a las carreteras para constatar la gran cantidad de trocas cargadas de maletas que transitan en especial por la ruta que viene desde el norte y que pasa por Zacatecas y Aguascalientes rumbo al centro y sur de nuestro país. Muchos de ellos nacidos en México, muchos otros oriundos de EUA, ambos casos prácticamente ya con su vida afincada en el otro lado, pero con una añoranza de lo mexicano.

Los norteños, braceros o mojados, múltiples formas de identificarlos, pero todas hablan del mismo tipo de inmigrante, aquel que sólo va al gabacho por temporadas, trabajo temporal que les permite no desvincularse de su patria; pachucos, chicanos o pochos para aquellos que ya nacieron en Estados Unidos, americanos pero con una gran cantidad de rasgos y costumbres nacionales, o al menos hábitos con características tan peculiares, que recuerdan a todo aquello que está al sur del río Bravo.

Nuestro pachuco por antonomasia es Tin Tan: en El hijo desobediente (1945) hace debut en largometraje el estereotipo del gran pachucote: traje huango, sombrero de ala ancha, el spanglish como léxico y novedad cultural -wacha, troca- un rústico inglés cuyo acento más que denotar la falta de pericia significa una reivindicación de lo mexicano en Estados Unidos. Esta comedia nos muestra a Tin Tan en un debut espléndido, a pesar de las deficiencias de la cinta; un cómico y cantante que llega de las carpas al séptimo arte. Recién regresado a Chihuahua, ante las presiones del papá para que trabaje (cuando lo único que quiere es cantar) decide dejar el hogar paterno e irse a la capital. El gran director Humberto Gómez Landeros (artífice también de Ahí está el detalle) retrata a un personaje doblemente discriminado, no sólo pocho (como despectivamente se les llama), sino además por provinciano. En el DF es confundido con un millonario al que sus familiares quieren asesinar, comenzando una serie de enredos que permiten explotar las capacidades del histrión y que además nos da a conocer a uno de los duetos cinematográficos más icónicos del cine nacional: Tin Tan y su carnal Marcelo.

Conocí en nuestro país a uno de estos pochos o chicanos. Hablaba el mínimo español (prácticamente nada), toda la conversación tuvo que ser en inglés, y un detalle llamó mi atención: un enorme tatuaje que abarcaba todo el antebrazo, entre otras imágenes un Emiliano Zapata; al cuestionarle porqué del insurgente del sur en su piel, argumentó principalmente con relación a no olvidar sus raíces, no conoce prácticamente nada de la revolución, pero tenía muy claro que lo poco que le quedaba de ser mexicano era eso, un tipo bigotón con carrilleras y sombrero. Y no lo quería perder, supongo que justamente su poca relación con sus parientes mexicanos y el abandono del idioma materno, lo orillaba a encontrar un anclaje a su cultura, y lo encontró en una figura perenemente adherida a su piel.

Esta forma de sentir lo mexicano estando en Estados Unidos, trae una serie de aspectos culturales ricos e interesantes, pienso por ejemplo en el famosísimo Lalo Guerrero, padre de la música chicana, sus canciones famosas La minifalda de Reynalda (más conocida en nuestros tiempos por la versión del grupo El Tiempo) y Pancho López (la historia de un mexicano valiente, matón y entrón, que a los cinco años bebía mezcal), pero en nuestro país es definitivamente más popular por sus canciones de las Ardillitas (Demetrio, Anacleto y el tremendísimo y con gran sentido de humor Pánfilo). Menos conocidas son otras obras fundamentales, como el soundtrack de la espléndida Zoot Suit (1981) o su participación en el álbum Chavez Ravine de Ry Cooder.

El ser pocho, chicano o pachuco, con todas sus connotaciones muy especiales, es entender a México, pero desde los Estados Unidos. Por el contrario, nosotros, desde dentro, vemos en ellos una realidad inamovible; casi me atrevería a asegurar que todo mexicano tiene un pariente en EUA, y esta vinculación nos lleva de facto a dejar atrás aquel viejo apotegma de “pobre de México, tan lejos de dios y tan cerca de los Estados Unidos”. Nuestro vínculo con el vecino es muy fuerte, aun cuando no le guste a Trump o a los chairos nacionales; está por encima de muros y de chauvinismos ramplones.
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Rubén Díaz López

Rubén Díaz López

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