Opinión

El poder acumulativo de las razones / El peso de las razones

Tengo pretensiones más bien modestas con respecto a la argumentación. El ejercicio de dar y ofrecer razones no suele resolver los conflictos. Las más de las veces nuestros conflictos se resuelven mediante un tono del amplio espectro cromático de la violencia: desde una sutil imposición hasta un conflicto armado. No obstante, también creo que la argumentación siempre gana al final. El poder de las razones es acumulativo. Al final, u optamos por la arbitrariedad, u optamos por las creencias o los cursos de acción que están mejor respaldados por las razones de las que disponemos. En este espacio, en otras ocasiones, he dado por supuesta esta creencia. Creo que vale la pena ahora defenderla explícitamente.

Siempre que argumentamos apoyamos enunciados a través de otros enunciados. Y hacemos esto con distintos y variados fines: poner en claro cuáles son nuestros presupuestos, organizar nuestro sistema de creencias, reforzar lazos humanos, cooperar en la exploración de un tema, deliberar, debatir para juzgar mejor los méritos de posiciones encontradas, polemizar con otras propuestas, etcétera. Sin embargo, todos estos usos son derivados de apoyar una afirmación sobre la base de otras; pues nuestra forma de hacer todo lo anterior es haciendo justamente esto.

Recientemente, los teóricos de la argumentación -como suele llamárseles a quienes se dedican a estudiar los argumentos y los intercambios argumentativos- han coincidido en que la argumentación sólo se da cuando hay desacuerdo, y que su única función consiste en resolver diferencias de opinión. Ésta es una visión sesgada: en efecto, la argumentación tiene propiedades dialécticas, pues se da en diálogo (ya sea con uno mismo o con otro u otros individuos). También, sin duda, una argumentación puede ser buena o mala atendiendo a los movimientos dialécticos de cada una de las partes que dan y reciben razones. No obstante, para que podamos llamar argumentación a un intercambio lingüístico entre dos o más personas, éstas deben apoyar un enunciado mediante otro u otros enunciados. Si olvidamos esta característica básica de todo argumentar seríamos incapaces de distinguir una riña, una perorata, un sermón… de una argumentación propiamente dicha.

En primer lugar, la mayoría de las veces argumentamos con propósitos distintos a resolver diferencias de opinión. En segundo lugar, si el rasgo distintivo de la argumentación fuese la resolución de conflictos, deberíamos reconocer que casi siempre fracasamos argumentando. Es muy difícil y poco común convencer a la otra parte de nuestro punto de vista simplemente argumentando. Por ello, la mayoría de las veces nos decantamos por violencias que difieren en grado: desde una guerra hasta una imposición poco violenta. Piensa en nuestras democracias: donde el voto de la mayoría decide políticas públicas. Dicho voto, sin duda, refleja más las opiniones anteriores al debate y los intereses de grupo de quienes votan que una ponderación de las razones expuestas en el debate. A nuestros políticos poco les importa dónde está el peso de las razones. No obstante, argumentan, y nosotros argumentamos.

Nuestros sistemas políticos son aún inmaduros. Las decisiones pocas veces se toman atendiendo a los mejores argumentos. Sin embargo, dichas decisiones buscan justificarse argumentando. A pesar de que la decisión que se toma tiene que ver más con intereses grupales e individuales, y con la cantidad de personas que comparten los mismos intereses, habitualmente se ofrecen razones para respaldar una u otra decisión. Por tanto, cuando argumentamos con otras personas que opinan distinto, no tratamos siempre de llegar a una posición común, tampoco buscamos persuadir siempre a nuestra contraparte de que piense o haga algo determinado: buscamos justificar nuestra posición. Con justificar nuestra posición me refiero a dar razón de ella o apoyarla: buscamos, en otras palabras, que nuestras creencias y acciones no reflejen arbitrariedad.

Violencia explícita, imposición y argumentación son tres formas para enfrentar nuestros conflictos. No son formas excluyentes: la imposición es una forma de violencia y cuando argumentamos también podemos ser violentos. Y, desde otro punto de vista, también cuando resolvemos nuestros conflictos de manera violenta podemos justificar nuestra posición argumentando (como cuando el juez dicta sentencia ofreciendo razones). De entre estas opciones, argumentar hará menos violenta nuestra manera de enfrentar conflictos. Piensa un segundo en un ejemplo: una discusión entre un padre y su hijo. Imagina que el hijo es menor de edad y desea ir a una fiesta a las afueras de la ciudad. El lugar es peligroso, no hay policías cerca del lugar, ni se ha contratado a un grupo de seguridad privada. La mayoría de las personas que van al evento también son menores y los pocos adultos no rebasan los veinte años: cualquier padre pensaría que no es una buena idea que su hijo asista. Ponte ahora en los zapatos del hijo: desea ir a la fiesta, en ella estará la chica que le gusta y quedaría mal con los amigotes si no asiste. El padre tiene la potestad de imponerse: “¡No vas, y punto!”. También puede dar razones, como las que pasan por la cabeza de los padres cuando no desean que su hijo asista a una fiesta de estas características. La diferencia es clave: la simple imposición -“¡No vas, y punto!”- es violenta en tanto que exige que el interlocutor -su hijo- simplemente ceda. Cuando una imposición, además, es argumentada -“No vas porque es inseguro, está alejado y no hay personas responsables en la reunión”- no exige simplemente ceder, sino reconocer, aceptar, deliberar, juzgar, etcétera. Siempre que damos juego a la argumentación en nuestra forma de resolver conflictos minimizamos la violencia.

Incluso si nuestras sociedades no toman decisiones de interés público atendiendo sólo a las mejores razones, algo logramos con argumentar de cualquier forma. Sentamos un precedente que dicta: “las decisiones, aunque impuestas, se tomaron por estas razones”. Cuando derrumbemos dichas razones, la única manera de sostener las decisiones es mediante la arbitrariedad. Sin embargo, nuestros sistemas políticos no son tan inmaduros como para aceptar que las decisiones se toman arbitrariamente. Queda clara ahora cuál es una de las funciones actuales, y no de poca importancia, de la argumentación pública.

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Hace unas semanas La Jornada Aguascalientes celebró su octavo cumpleaños. Yo cumplí un año de colaborar semanalmente en estas páginas. Quiero decir algo al respecto: pocas veces en mi vida he colaborado en un medio de comunicación en donde la pluralidad y el ejercicio de dar y ofrecer razones estén en el centro de las preocupaciones cotidianas. LJA celebra ocho años, y nosotros, ciudadanas y ciudadanos, deberíamos celebrar la existencia de un medio de estas características. Quiero extender mis felicitaciones a Edilberto Aldán y a todo su maravilloso equipo, pues así como creo que el disenso es condición de posibilidad para el progreso moral, creo que la existencia de medios como LJA es condición de posibilidad para una sociedad más democrática, mejor informada y más plural. ¡Enhorabuena y muchos años más para LJA!


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Mario Gensollen

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