Opinión

No toda ignorancia es por elección / Piel curtida

 

Se dice acertadamente que el conocimiento hace infelices a las personas, al visibilizar y hacerles conscientes de una serie de relaciones, situaciones y hechos de injusticia, que violentan o, al menos, producen malestar, pero en ocasiones esa misma visión -aparentemente- panorámica puede generar un distanciamiento de la realidad, llevando al observador únicamente a lo hipotético, a lo utópico, en vez de seguir por la vía de las alternativas. Por supuesto que hay actos que nunca serán justificados, derechos que no deben someterse a “la mayoría” de una democracia maniquea; pero también existen momentos en que la soberbia llega a violentar a otras personas, cuando la ignorancia que ofende no es por elección, sino que es muestra del rezago y la desigualdad.

Con la reducción de los costos de Internet, de los dispositivos electrónicos y la telefonía móvil, se presentó una supuesta democratización de la información que exigió a la sociedad en su conjunto el estar actualizada y conectada entre sí. Sin embargo, al igual que en otros tantos fenómenos y sucesos, las personas con rezago educativo, social y económico son las más afectadas, a las cuales se les ratifica su posición en desventaja, a la par de que se amplían las brechas de desigualdad con un mayor número de requerimientos frente a aquellos quienes están más cercanos al centro de los privilegios; pues más allá de contar con un aparato, ya sea computadora de escritorio, laptop, smartphone o tablet, la capacidad de ser funcional en la era digital se sustenta en las habilidades de búsqueda, transmisión e interpretación de datos entre plataformas y de manera inmediata; es así que las diferencias de clase y educativas se amplifican. Esto se puede ejemplificar con la frase: “En Facebook apenas…”, lo cual marca una distinción entre quienes interactúan de manera fluida en Twitter en comparación con los usuarios de la interfaz de Zuckerberg, considerada como una muy vulgarizada.

Algunas personas se preguntan por qué algunos usuarios sólo se enteran de Lady Wuu y de los XV de Ruby, mientras que no conocen los logros de mexicanos en olimpiadas internacionales de ciencia; o por qué se indignan por el asesinato de un embajador ruso, en vez de reconocer los sucesos en Palestina, Zurich, Turquía y Siria, esto último en contraste con los atentados de París de noviembre del 2015 cuando varios internautas colocaron filtros automatizados de banderas francesas sobre sus fotos de perfil en Facebook. Sin discutir sobre geopolítica o economía-política, las plataformas digitales son una extensión de lo presencial, por lo que los medios sociales están acotados por las formas en que se desarrollan redes interpersonales, es así que aquellos sectores con rezago y en desigualdad, en caso de acceder a estas tecnologías, recurrirán únicamente a tareas básicas circunscritas en sus interacciones cotidianas, hasta el momento en que algo se hace tan viral que llega de manera similar a un efecto dominó.

El indignarse por la falta de conciencia, el hacer mofa de quienes no logran traspasar sus espacios cotidianos o vilipendiarles por su ignorancia también es una forma de replicar los actos a los cuales se les expone como ofensivos en la frialdad de la pantalla. La crítica a los activistas de sofá es válida, pero cuando se presentan estos escenarios, en los que más allá de compartir información para invitar a la reflexión o en espera de que llegue el mensaje a otros tantos por extensión, se asume una posición privilegiada de conocimiento, ratificando la desigualdad en la sociedad y agrediendo la ignorancia contingente, que es resultado del conjunto de acciones y omisiones que se denuncia en la red.

La ignorancia por elección de algunos integrantes del Congreso de Aguascalientes es ofensiva, pues a pesar de no tener conocimiento del tema de una comisión aceptan su incorporación y hacen declaraciones premeditadas antes de intentar capacitarse; pero no es posible señalar de manera punitiva la ignorancia de quienes no consultan información política por Internet o en los diarios, pues están más ocupados en sobrevivir y  buscan un momento de respiro al ver la televisión que sólo les hace reír, con todo y sus contenidos estereotipados o sus nocivas apologías.

El acceso a Internet permitiría mayores oportunidades de desarrollo, pero sólo es posible cuando una persona tiene las herramientas para desplazarse entre diferentes espacios educativos, sociales y de información. Por ejemplo, si un usuario acota sus interacciones digitales únicamente a sus gustos particulares y a su círculo de personas cercanas en un grupo social muy constreñido, sólo se allegará de su experiencia inmediata; pero si otro contacto en conexión logra estar en interacción con diferentes “perfiles” y sectores, posibilitará una mayor diversidad de información, al menos de manera extensiva.

Por ello, quienes pasan del activismo de sofá a la movilización, deben reconocer que además de la denuncia deben desarrollar empatía, conexiones, interacciones, hablar de manera común y buscar incidir en los espacios que parecen resistentes al cambio, sin dejar de lado a aquellas personas que por afinidad seguirán compartiendo información y apoyándoles.

En el gran flujo de datos de Internet, de Facebook, Twitter, la selectividad nos aleja del mundo, debemos permitirnos una mayor movilidad, una mayor consciencia del otro, antes de asumir un juicio sobre lo bueno y lo malo, sobre los ilustrados y los ignorantes, pues entre el negro y el blanco hay miles de matices.

[email protected] | @m_acevez

 


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Juan Luis Montoya Acevez

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